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Mi Esposa en Trío con Nuestro Amigo

6269 palabras

Mi Esposa en Trío con Nuestro Amigo

Todo empezó una noche calurosa en nuestra casa de Polanco, con el aire cargado de ese olor a jazmín que sube del jardín. Yo, Javier, estaba recargado en el sofá de cuero, con una cerveza fría en la mano, viendo cómo Ana, mi esposa, se movía por la sala como si fuera dueña del mundo. Llevábamos diez años casados, pero su culo redondo y esas tetas firmes todavía me ponían la verga dura con solo mirarla. Esa noche traía un vestido negro ajustado que dejaba ver sus curvas, y el escote profundo me hacía salivar.

¿Y si hoy le decimos a Marco que se una? Neta, la idea de ver a mi esposa en trío con nuestro amigo me ha estado dando vueltas en la cabeza semanas.

Marco llegó puntual, como siempre, con su sonrisa pícara y esa camiseta que marcaba sus pectorales. Es mi carnal de toda la vida, desde la prepa, y siempre hemos sido bien unidos. "¡Qué onda, wey!", me dijo dándome un abrazo, y luego besó a Ana en la mejilla, pero yo noté cómo sus ojos se clavaron en sus chichis. Cenamos tacos de arrachera que Ana preparó con su sazón especial, con cilantro fresco y cebolla morada que crujía en la boca. La conversación fluyó con chelas y tequilas, hablando de todo y nada, hasta que Ana soltó la bomba.

"Oigan, ¿han pensado en esas fantasías locas que uno tiene en la cama?" Su voz era ronca, juguetona, mientras se lamía los labios rojos. Marco y yo nos miramos, y el ambiente se cargó de electricidad. El sudor perlaba su cuello, y yo olía su perfume mezclado con el aroma de su piel caliente. "Yo sí", admití, sintiendo mi pulso acelerarse. "Ver a mi esposa en trío con nuestro amigo... suena chingón". Ana rio bajito, y Marco tragó saliva, sus ojos brillando.

La tensión creció como una tormenta. Ana se paró y se sentó entre nosotros en el sofá, su muslo rozando el mío y el de él. Sentí el calor de su cuerpo irradiando, y el roce de su piel suave contra mi pantalón me endureció al instante. Marco puso su mano en su rodilla, tentative al principio, y ella no se apartó. Al contrario, giró la cara y lo besó. Fue un beso lento, húmedo, con lenguas que se enredaban y un gemido suave que escapó de su garganta. Yo los vi, hipnotizado, el sonido de sus labios chupándose como música prohibida.

Acto dos: la escalada

Ana se volteó hacia mí, sus ojos nublados de deseo, y me jaló para un beso salvaje. Sabía a tequila y a su saliva dulce, mientras Marco besaba su cuello, lamiendo esa piel salada. "Sí, wey, hagámoslo", murmuró ella contra mi boca. Nos quitamos la ropa como posesos. Su vestido cayó al suelo con un susurro de tela, revelando sus tetas perfectas, pezones duros como piedritas rosadas. Marco gimió al verlas, y yo le cedí el turno. Él las tomó en sus manos grandes, masajeándolas, pellizcando suave hasta que Ana arqueó la espalda, jadeando.

Yo bajé a su entrepierna, oliendo su excitación, ese musk almizclado que me volvía loco. Su panocha estaba empapada, labios hinchados y jugosos. Lamí despacio, saboreando su néctar salado-dulce, mientras ella gemía "¡Ay, Javier, qué rico!". Marco se sacó la verga, gruesa y venosa, y Ana la miró con hambre.

Mi esposa en trío con nuestro amigo... esto es real, carnal, y me encanta verla así de puta y mía a la vez.
Ella la tomó en su mano suave, masturbándola lento, el sonido de piel contra piel llenando la sala.

Nos movimos al cuarto, la cama king size crujiendo bajo nuestro peso. Ana se arrodilló entre nosotros, mamando mi verga primero, chupando la cabeza con labios carnosos, lengua girando alrededor. El calor de su boca era un horno húmedo, succionando hasta la garganta. Luego se pasó a Marco, comparando con los ojos, gimiendo alrededor de su grosor. Yo la vi tragar, saliva goteando por su barbilla, tetas rebotando. El olor a sexo nos envolvía, sudor y fluidos mezclados con el aroma de las sábanas frescas.

La puse de rodillas, yo atrás, penetrándola despacio. Su coño apretado me envolvió como terciopelo caliente, resbaloso de jugos. "¡Chíngame fuerte, amor!", rogó, y empecé a bombear, nalgas chocando con un clap-clap rítmico. Marco se puso enfrente, y ella lo mamó mientras yo la taladraba. Sentía sus paredes contraerse, ordeñándome, y sus gemidos vibraban en la verga de él. Cambiamos: Marco la entró por atrás, sus embestidas potentes haciendo temblar la cama, y yo en su boca, follando su garganta suave.

La tensión subía, pulsos latiendo en mis sienes, pieles resbalosas de sudor. Ana gritaba placer, "¡Sí, pendejos, así, no paren!". Le dimos la vuelta, yo debajo, ella cabalgándome, tetas saltando en mi cara. Chupé un pezón, mordisqueando suave, mientras Marco la penetraba el culo, lubricado con su propia saliva. Doble penetración, su cuerpo temblando entre nosotros, llena hasta reventar. El sonido era obsceno: squish de coño, slap de nalgas, gemidos roncos. Olía a sexo puro, a crema y almizcle.

Acto tres: la liberación

El clímax llegó como avalancha. Ana se corrió primero, convulsionando, chorros calientes empapando mi verga, gritando "¡Me vengo, cabrones!". Su coño se apretó como puño, ordeñándome. Marco gruñó, sacándose y pintando sus tetas de leche espesa, chorros blancos que olían a sal. Yo la volteé, embistiéndola misionero, piel contra piel ardiente, hasta que exploté dentro, semen caliente llenándola, pulsos interminables.

Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones agitadas, corazones tronando. Ana entre nosotros, piel pegajosa, besándonos perezosos. "Eso estuvo de pinche madre", susurró ella, riendo suave. Marco nos abrazó, "Gracias, carnales, neta inolvidable". Yo acaricié su cabello húmedo, oliendo su esencia post-orgasmo, satisfecho hasta los huesos.

Mi esposa en trío con nuestro amigo no rompió nada; al contrario, nos unió más, con un fuego nuevo que arde chido.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando fluidos, manos explorando todavía. En la cama, envueltos en sábanas limpias, Ana se acurrucó en mi pecho, Marco a su otro lado. Durmió plácida, y yo sonreí en la oscuridad, sabiendo que esto era solo el principio de aventuras calientes.

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