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El Ritmo Sensual de la Música del Tri

6620 palabras

El Ritmo Sensual de la Música del Tri

Entras al bar de la colonia Roma, el aire cargado de humo de cigarro y ese olor a tequila fresco que te pica en la nariz. La música del Tri retumba desde los bocinas, esa rola clásica de "Abuso de Autoridad" que hace que el piso vibre bajo tus pies. Órale, piensas, esta noche va a estar chida. Llevas una chamarra de cuero gastada, jeans ajustados que marcan lo justo, y sientes el pulso acelerado solo por el riff de la guitarra eléctrica que te eriza la piel.

Te acercas a la barra, pides un ron con cola, y mientras el hielo choca en el vaso, tus ojos se clavan en ella. Ahí está, bailando sola cerca de la pista, una morra de unos veintiocho, con curvas que se mueven como olas al ritmo de la música del Tri. Su falda corta negra sube y baja, dejando ver muslos morenos y firmes, el sudor brillando en su escote bajo una blusa escotada. Neta, es un pinche imán. Su cabello negro suelto ondea, y cuando gira, sus ojos cafés te atrapan. Sonríe, como si supiera que la estás viendo.

¿Qué pedo, carnal? ¿Vas a quedarte ahí como pendejo o la invitas? te dices, mientras das un trago largo. Te levantas, el corazón latiéndote como el bajo de la canción. Te paras frente a ella, el calor de su cuerpo ya rozando el tuyo en la multitud.

—Órale, güey, ¿bailas con la música del Tri así de chido?

Ella ríe, una risa ronca que te calienta las entrañas, y se pega más. —Neta que sí, carnal. Esta rola me prende. ¿Tú qué, nomás miras?

Sus manos suben a tus hombros, y sientes su aliento mentolado mezclado con el dulzor de su perfume, algo floral y picante. Bailan pegaditos, sus caderas girando contra las tuyas, el roce de su vientre suave contra tu erección creciente. El sudor de su cuello te llama, y rozas tus labios ahí, probando sal en su piel. Ella gime bajito, un sonido que se pierde en el estruendo de la guitarra.

La tensión crece con cada acorde. Sus dedos recorren tu espalda, clavándose un poquito, y tú bajas las manos a su cintura, apretando esa carne tibia que cede bajo tus palmas. Pinche delicia, esta morra me va a volver loco, piensas, mientras la canción cambia a "Triste Canción de Amor", más lenta, más íntima. Sus pechos se aprietan contra tu pecho, los pezones duros como piedritas bajo la tela fina. La besas entonces, un beso hambriento, su lengua juguetona saboreando a ron y deseo puro.

—Vámonos de aquí —susurra ella contra tu boca, sus ojos brillando con esa hambre que sientes en cada fibra—. Mi depa está cerca.

No lo piensas dos veces. Salen tomados de la mano, el aire fresco de la noche CDMX golpeándolos como una caricia. Caminan rápido por Insurgentes, riendo, tropezando un poco por el pedo del alcohol y la adrenalina. Su risa es música, mejor que la del Tri.

En su depa, un lugar chiquito pero chulo en la Narvarte, con posters de rockeros en las paredes y velas ya encendidas que llenan el cuarto de olor a vainilla y jazmín. Cierra la puerta, y te empuja contra ella, sus manos desabrochando tu chamarra con urgencia. Sientes su aliento caliente en tu cuello mientras te besa el pecho, bajando despacio, lamiendo el sudor salado de tu piel.

—Quítate todo, wey. Quiero verte entero.

Te desnudas rápido, tu verga ya dura como piedra, palpitando al ritmo de tu pulso acelerado. Ella se quita la blusa, revelando tetas perfectas, redondas, con pezones oscuros que se endurecen al aire. La falda cae, y ahí está en tanga negra, su coño depilado asomando húmedo, el aroma almizclado de su excitación invadiendo el cuarto. Te arrodillas, besas sus muslos internos, sintiendo el temblor de sus piernas. Lamés despacio, probando su jugo dulce y salado, mientras ella gime y agarra tu pelo.

Ay, cabrón, qué rico... no pares —jadea, sus caderas moviéndose contra tu boca.

La lengua explora cada pliegue, chupando su clítoris hinchado, el sabor de ella volviéndote loco. Sus jugos corren por tu barbilla, y el sonido de sus gemidos se mezcla con el eco lejano de la ciudad. La subes a la cama, king size con sábanas de algodón fresco, y te acuestas encima, piel contra piel, el calor de su cuerpo fundiéndose con el tuyo. Tus manos amasan sus nalgas firmes, mientras ella te masturba lento, su mano suave apretando justo lo necesario.

La penetras despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su coño caliente y apretado te envuelve, succionándote. Ella arquea la espalda, clavando uñas en tus hombros, un dolor placentero que te hace empujar más hondo. El ritmo sube, como la música del Tri en un solo de guitarra, embestidas fuertes y profundas, el slap de carne contra carne, sudor chorreando, sus tetas botando al compás.

—Más duro, pendejo, dame todo —gruñe ella, mordiendo tu oreja, su aliento entrecortado.

Cambian posiciones, ella encima ahora, cabalgándote como amazona salvaje. Sus caderas giran, su coño apretándote en espiral, mientras tú agarras sus tetas, pellizcando pezones, lamiendo el sudor que cae de su cuello. El olor a sexo llena el cuarto, almizcle y sudor, el sabor de su piel en tu lengua. Sientes el orgasmo construyéndose, una ola en tu vientre, pero aguantas, queriendo que ella llegue primero.

La volteas a cuatro patas, embistiéndola desde atrás, viendo cómo su culo perfecto rebota, tus bolas golpeando su clítoris. Ella grita, un grito ronco y liberador, su coño contrayéndose en espasmos, ordeñándote mientras se corre, jugos chorreando por sus muslos. Eso te lleva al límite: empujas una última vez, profundo, y explotas dentro de ella, chorros calientes llenándola, el placer cegador haciendo que veas estrellas, el mundo reduciéndose a ese pulso compartido.

Caen exhaustos, cuerpos enredados, respiraciones jadeantes sincronizándose poco a poco. Su cabeza en tu pecho, escuchas su corazón latiendo fuerte aún, sientes el cosquilleo de su pelo en tu piel húmeda. El cuarto huele a sexo y velas apagadas, la ciudad murmura afuera.

—Neta, carnal, esa fue la mejor noche con música del Tri de fondo —murmura ella, trazando círculos en tu abdomen con el dedo.

Tú sonríes, besando su frente salada. Pinche vida chida, quién iba a pensar que una rola del Tri me traería esto. Se quedan así, platicando pendejadas sobre conciertos pasados, riendo bajito, el deseo saciado pero con esa chispa que promete más. La madrugada los envuelve, y sabes que esta conexión, nacida del ritmo rockero, va a perdurar más que una noche.

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