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Acordes Sensuales de Canción de Amor El Tri

6453 palabras

Acordes Sensuales de Canción de Amor El Tri

La noche caía suave sobre la terraza de mi depa en la Condesa, con ese aire fresco de la Ciudad de México que huele a jacarandas y tacos de la esquina. Yo, Alex, acababa de llegar de un pinche ensayo con la banda, con la guitarra aún colgada al hombro como si fuera parte de mi cuerpo. Me serví un mezcal puro, de esos que queman la garganta y avivan el alma, y me senté en la mecedora vieja que heredé de mi abuelito. La luz de las velas parpadeaba, iluminando las cuerdas de la guitarra que brillaban como promesas.

De repente, recordé cancion de amor el tri acordes. Neta, hace rato había estado buscando en mi cel los acordes de esa rola de El Tri, esa que siempre me pone melancólico y caliente al mismo tiempo. "Canción de Amor", con su ritmo rockero y letras que hablan de pasiones que no se apagan. Afiné la guitarra rápido, mis dedos rozando las cuerdas con esa familiar caricia áspera. Empecé a tocar: Am, Dm, E, los acordes simples pero potentes que fluyen como un río de deseo. La melodía llenó el aire, grave y sensual, con el eco de la voz de Alex Lora en mi cabeza.

Entonces la vi. Mariana, mi vecina del piso de arriba, asomada en la barandilla con una cerveza en la mano. Llevaba un vestido flojo de algodón que se pegaba a sus curvas por el viento, sus pechos subiendo y bajando al ritmo de la canción. Sus ojos oscuros brillaban bajo la luna, y su piel morena parecía saborear la noche.

¿Qué chingados haces tocando eso tan chido a estas horas, güey?
gritó riendo, su voz ronca como un tequila añejo.

Le guiñé el ojo. Vente pa'cá, carnala, y te canto la rola completa. Bajó las escaleras con pasos juguetones, sus caderas balanceándose como si ya supiera el final de la noche. Se sentó a mi lado, tan cerca que sentí el calor de su muslo contra el mío, y el olor de su perfume mezclado con sudor fresco, como tierra mojada después de la lluvia.

Seguí tocando los acordes de canción de amor el tri, mi voz uniéndose a la guitarra en un susurro íntimo. Ella se recargó en mi hombro, su cabello negro rozando mi cuello, enviando escalofríos por mi espina. Pinche Alex, siempre con tus trucos musicales para ligar, pensó ella, pero sus dedos ya trazaban círculos en mi rodilla, subiendo despacio, probando el terreno.

La canción terminó, pero el silencio estaba cargado de electricidad. Nuestras miradas se cruzaron, y ahí estaba la chispa: deseo puro, sin palabras. La besé primero, suave, probando sus labios carnosos que sabían a cerveza y a miel. Ella respondió con hambre, su lengua danzando con la mía, manos enredándose en mi pelo. Esto es lo que necesitaba, un cabrón que sepa tocar no solo la guitarra, leí en sus ojos.

Nos levantamos, tropezando un poco con la risa nerviosa, y entramos al depa. La puerta se cerró con un clic que sonó como el inicio de algo inevitable. Sus manos bajaron mi chamarra, dedos hábiles desabotonando mi camisa, rozando mi pecho con uñas pintadas de rojo que dejaban rastros de fuego. Yo levanté su vestido, sintiendo la suavidad de sus muslos, la tela húmeda entre sus piernas que delataba su excitación.

La llevé a la cama, esa king size con sábanas de algodón egipcio que crujen como suspiros. Nos desnudamos mutuamente, piel contra piel, el olor de su arousal mezclándose con el mezcal en el aire. Sus tetas firmes, pezones duros como piedras preciosas, se presionaban contra mí. La besé el cuello, lamiendo el sudor salado, bajando hasta sus pechos, chupando con devoción mientras ella gemía bajito,

¡Órale, pinche rico!

En el medio de la noche, la tensión crecía como una tormenta. Mis dedos exploraron su concha, húmeda y caliente, resbaladiza como miel de maguey. Ella arqueó la espalda, sus uñas clavándose en mis hombros, dejando marcas que dolían chido. Quiere más, la siento temblar, neta esta morra es fuego puro, pensé mientras introducía un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía jadear. Su clítoris hinchado bajo mi pulgar, frotándolo en círculos lentos, acelerando el pulso de su corazón que latía contra mi pecho.

Mariana me volteó, montándose encima con una sonrisa pícara. A ver si aguantas mis acordes, cabrón, murmuró, guiando mi verga dura como acero hacia su entrada. Se hundió despacio, centímetro a centímetro, su calor envolviéndome, apretándome como un vicio perfecto. El sonido de su carne chocando contra la mía, húmedo y rítmico, llenaba la habitación junto con nuestros jadeos. Sus caderas giraban, cabalgándome como una amazona, tetas rebotando hipnóticas.

Yo la agarré de la cintura, embistiéndola desde abajo, profundo, sintiendo sus paredes contraerse alrededor de mi pija. ¡Chingado, qué prieta y qué caliente! El sudor nos unía, resbaloso, el olor almizclado de sexo impregnando todo. Cambiamos posiciones: ella de rodillas, yo detrás, penetrándola con fuerza controlada, una mano en su clítoris, la otra jalando su pelo suave. Sus gemidos subían de tono,

¡Más duro, Alex, no pares, pendejo!
rogaba, su voz quebrada por el placer.

La tensión llegaba al pico, mis bolas apretadas, su cuerpo temblando al borde. La volteé de nuevo, misionero para vernos a los ojos. Nuestros cuerpos se movían en sincronía perfecta, como los acordes de esa canción que nos unió. Ella se corrió primero, un grito ahogado, su concha pulsando, ordeñándome, jugos calientes empapando las sábanas. Yo la seguí segundos después, explotando dentro de ella con un rugido gutural, el placer cegador, oleadas que me dejaban sin aliento.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón que aún galopaba. El aire olía a nosotros, a sexo satisfecho y promesas. Esto fue más que una noche, fue como tocar el alma con acordes, pensé mientras le acariciaba la espalda.

Mariana levantó la vista, sonriendo perezosa.

La próxima, tócanos otra de El Tri, pero con más acordes sensuales.
Reí bajito, besándola de nuevo, suave. La luna se colaba por la ventana, testigo de nuestro afterglow. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero aquí, en este nido de pasiones, todo era perfecto. La guitarra descansaba en la esquina, lista para más noches como esta.

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