Triada Ecologica en el Medio Ambiente Prohibido
El sol se colaba entre las hojas gigantes de la selva veracruzana, pintando rayas doradas en mi piel sudada. Yo, Sofía, bióloga de veintiocho años, acababa de llegar a esta reserva ecológica en las entrañas de Los Tuxtlas. El aire olía a tierra húmeda, a flores silvestres y a ese perfume salvaje que solo la medio ambiente triada ecologica podía ofrecer: la tierra fértil, el agua cristalina de los riachuelos y el viento juguetón que mecía las copas de los ceibos. Neta, este lugar era un paraíso, pero lo que no esperaba era encontrar mi propio equilibrio pasional aquí.
Mi jefa me había mandado con dos colegas para un proyecto de monitoreo: Ana, la experta en hidrosistemas, con su cuerpo curvilíneo que parecía fluir como el agua que estudiaba, cabello negro largo y ojos verdes que te miraban como si te desnudaran el alma. Y Luis, el tipo de suelos y flora, alto, moreno, con músculos forjados por años de trepar árboles, sonrisa pícara y una voz grave que vibraba en el pecho. Órale, Sofía, no seas pendeja, me dije mientras descargaba mi mochila del camión destartalado. Solo veníamos a trabajar, a mapear la triada ecologica del medio ambiente: componentes vivos, no vivos y sus interacciones. Pero desde el primer saludo, sentí esa chispa.
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¡Ey, wey! Bienvenida al infierno verde —dijo Luis, extendiendo su mano callosa, áspera como corteza de árbol.
Su toque me erizó la piel, un calor que subía desde los dedos hasta mi entrepierna. Ana se acercó, oliendo a jazmín y sudor fresco, y me abrazó con fuerza.
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Ya era hora de que llegara otra morra. Aquí los machos nos vuelven locas de aburrimiento.
Su aliento cálido en mi cuello me hizo tragar saliva. Ese primer día armamos el campamento junto a un arroyo: tienda de campaña grande, hamacas tejidas y una fogata para las noches. Mientras clavábamos estacas en la tierra blanda, charlábamos de la selva, de cómo la triada ecologica se desequilibraba por la deforestación. Pero mis ojos se desviaban a los glúteos firmes de Ana al agacharse, o al sudor resbalando por el torso desnudo de Luis. Esa noche, alrededor del fuego, el crepitar de las ramas secas y el canto de los grillos tejían una tensión palpable. Bebimos pulque fresco, que sabe a piña fermentada y fuego en la garganta.
Al día siguiente, salimos al campo. Caminamos por senderos embarrados, el lodo chapoteando bajo mis botas, el sol quemando mi nuca. Ana lideraba, su short ajustado marcando cada curva, gotas de sudor perlando su espalda. Luis me ayudaba a cruzar un tronco caído sobre el río, sus manos en mi cintura, fuertes, seguras. Siento su calor a través de la camisa, neta me moja las calzones. Tomamos muestras: yo recolectaba hojas de orquídeas fragantes, Ana medía el pH del agua con olor a minerales, Luis cavaba hoyos oliendo a humus rico. En un claro, nos sentamos a comer tacos de cochinita que trajimos de Catemaco, el picante del axiote haciendo que el sudor brotara más.
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Esta medio ambiente triada ecologica es perfecta aquí —dijo Ana, lamiendo salsa de sus labios carnosos—. La tierra nos da fuerza, el agua nos refresca, el aire nos libera.
Luis la miró con hambre, luego a mí.
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Pero falta el fuego, ¿no? El que nos une a los tres.
Mi corazón latió fuerte, como tambor de son jarocho. Esa tarde, una lluvia torrencial nos sorprendió. Corrimos al campamento, empapados, riendo como niños. Nos quitamos la ropa mojada frente a la tienda, sin pudor. Vi los pechos firmes de Ana, pezones oscuros endurecidos por el frío, el monte de Venus con vello negro rizado. Luis, su verga semierecta colgando gruesa, venosa, oliendo a hombre y lluvia. Yo, mis tetas medianas con areolas grandes, mi panocha depilada reluciendo húmeda.
Entramos a la tienda, el aire denso de nuestros aromas: almizcle, tierra mojada, excitación. Ana se acercó primero, sus labios suaves rozando los míos, lengua dulce de pulque invadiendo mi boca. Sabía a fruta madura, a deseo. Luis nos observaba, su mano acariciando su pinga que crecía dura como tronco. No mames, esto es real.
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¿Quieren formar nuestra propia triada? —susurró Ana, su mano bajando a mi chochito, dedos fluidos separando labios hinchados.
Gemí, el toque eléctrico, jugos chorreando. Luis se unió, besando mi cuello, mordisqueando oreja, su verga presionando mi muslo, caliente, pulsante. El sonido de la lluvia en la lona era hipnótico, como un ritmo primal. Nos tendimos en las colchonetas, cuerpos entrelazados. Yo lamí los pezones de Ana, salados, duros, mientras ella gemía bajito, ay, cabrón. Luis chupó mi clítoris, lengua experta girando, aspirando mi néctar que sabía a mar y miel. Olía a sexo puro, a sudor mezclado con el aroma terroso de la selva.
La tensión crecía como tormenta. Ana montó mi cara, su concha abierta, jugosa, goteando en mi boca. La devoré, lengua hurgando pliegues, bebiendo su esencia salada mientras ella se mecía, tetas rebotando, uñas clavándose en mis hombros. Luis me penetró despacio, su verga gruesa estirándome, llenándome hasta el fondo. ¡Chingado, qué rico! Cada embestida era un latido, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando mi culo. El calor de su cuerpo sobre mí, músculos tensos, aliento jadeante en mi oído.
Cambiámos posiciones, la triada ecologica en acción: yo de rodillas, Luis atrás follándome duro, verga saliendo y entrando reluciente de mis jugos; Ana debajo, lamiendo donde nos uníamos, lengua en mi clítoris y sus bolas. Gemidos se mezclaban con truenos lejanos, el olor a sexo denso, almizclado, embriagador. Sudor corría por espaldas, pechos, gotas saladas que lamíamos. Luis gruñó, acelerando, mi orgasmo building como ola.
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¡Ya, wey, córrete conmigo! —jadeé.
Ana frotaba su botón, ojos vidriosos. Explosamos juntos: yo convulsionando, chocho apretando su verga, chorros calientes llenándome; Ana gritando, squirt en mi muslo; Luis rugiendo, semen espeso brotando dentro y fuera, chorreando blanco cremoso. Colapsamos, cuerpos temblando, pulsos acelerados latiendo al unísono. El afterglow era paz pura, como el medio ambiente restaurado.
Después, bajo la luna filtrada por nubes, nos acurrucamos desnudos. El aire fresco secaba nuestro sudor, grillos cantando victoria. Ana trazaba círculos en mi vientre, Luis besaba mi frente.
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Esta es nuestra triada —murmuró él—. Equilibrio perfecto.
Sentí plenitud, no solo física, sino del alma. La selva nos había unido, recordándonos que en la medio ambiente triada ecologica, todo fluye si hay armonía. Mañana seguiríamos el trabajo, pero ahora sabíamos: el verdadero fuego estaba en nosotros. Neta, este viaje cambió todo.