El Telefono de Triara
Estaba en el tianguis de La Lagunilla, rodeado de ese olor a fritanga y chatarra vieja que siempre me pone nostálgico. Buscaba un teléfono barato para mi carnal, porque el pendejo se le había caído al piso y quedó hecho mierda. Ahí lo vi: un iPhone reluciente, pero con rayones que contaban historias. El vendedor, un viejo con cara de listillo, me dijo que era el teléfono de Triara, como si fuera un trofeo. "¿Triara quién, wey?", le pregunté. "Una morra chida que lo dejó de garantía por unos tenis. No regresó, así que es tuyo por quinientos varos". Neta, sonaba a chisme de barrio, pero el chingado aparato tenía buena pinta. Lo compré sin pensarlo dos veces.
Llegué a mi depa en la Roma, con el corazón latiéndome un poco fuerte de la emoción de la ganga. Lo encendí en la cocina, mientras el aroma del café recién hecho me llenaba las narices. La pantalla se iluminó y, ¡órale!, no tenía pin. Fotos, videos, todo abierto. La primera imagen que saltó fue de una chava guapísima: curvas que quitaban el hipo, labios carnosos pintados de rojo fuego, ojos cafés que te miraban como diciendo ven y hazme tuya. Se llamaba Triara, por las notas en la agenda. Su foto de perfil era ella en lencería negra, posando frente a un espejo empañado, con gotas de sudor resbalando por su piel morena. Mi verga se paró al instante, dura como piedra.
¿Qué chingados? ¿Esta morra dejó su teléfono con estas fotos?pensé, mientras pasaba las imágenes. Había más: ella tocándose los pechos, mordiéndose el labio, un video corto donde gemía bajito, con la mano entre las piernas.
No pude resistir. Marqué el número de su WhatsApp, el que aparecía como "Yo". Sonó una vez, dos, y de pronto su voz, ronca y sensual como miel caliente: "Hola, ¿quién habla?". Tragué saliva, el pulso me retumbaba en las sienes. "Eeeh, soy... encontré tu teléfono en un tianguis. Tiene tus fotos, wey. ¿Vienes por él?". Silencio. Luego una risa baja, que me erizó la piel. "Ah, el teléfono de Triara. Pensé que lo habían botado. ¿Y qué, te gustaron las fotos, cabrón?". Su tono era juguetón, provocador, con ese acento chilango que me volvía loco. "Neta, estás cañona", admití, sintiendo el calor subirme por el cuello. "Pues ven por él mañana en un café en Condesa. Te invito un café y me lo das. O... ¿qué tal si me das algo más?". Colgué con la polla latiendo, imaginando su cuerpo desnudo contra el mío.
Al día siguiente, el sol pegaba duro en las calles de la Condesa, con ese olor a jazmín y tacos al pastor flotando en el aire. Llegué al café temprano, nervioso como pendejo en primera cita. Ella entró como huracán: falda corta que marcaba sus caderas anchas, blusa escotada dejando ver el valle de sus tetas firmes, cabello negro suelto oliendo a vainilla. Triara. Me sonrió con dientes perfectos y se sentó frente a mí, cruzando las piernas despacio, rozando mi rodilla con su piel suave. "Entonces, ¿te gustó mi teléfono?", preguntó, lamiéndose los labios mientras pedía un latte. Su perfume me invadió, dulce y almizclado, haciendo que mi entrepierna se apretara.
Platicamos horas. Era de Iztapalapa, pero con clase, estudiaba diseño y modelaba en sus ratos libres. "Dejé el teléfono porque me mudé rápido, pendeja yo", dijo riendo. Yo le conté de mi curro en una agencia de anuncios, de cómo odiaba la rutina. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental. Su mano en mi brazo, tibia y eléctrica.
Quiero besarla ya, carajo. Sentir su boca húmeda, su lengua jugando con la mía, pensé, mientras el café se enfriaba. "Sabes, esas fotos... me pusieron como loco", confesé bajito. Ella se acercó, su aliento cálido en mi oreja: "Pues imagínate lo que siento yo ahora, viéndote". Su pie subió por mi pantorrilla bajo la mesa, lento, torturándome.
No aguantamos más. Salimos del café, caminando rápido hacia un hotel boutique a dos cuadras. El lobby olía a sándalo, luces tenues. Subimos al elevador y ahí explotó: la empujé contra la pared, besándola con hambre. Sus labios suaves, sabían a café y gloss de fresa, su lengua danzando con la mía, húmeda y ansiosa. Gemí en su boca mientras sus uñas se clavaban en mi espalda. "Te quiero adentro, ya", susurró, frotando su coño contra mi verga dura a través de la ropa.
En la habitación, king size con sábanas de algodón egipcio, nos desnudamos con urgencia. Su cuerpo era un sueño: tetas grandes con pezones oscuros erectos, cintura estrecha, culo redondo que pedía ser azotado. La tiré en la cama, besando su cuello salado, bajando a sus pechos. Chupé un pezón, duro como cereza, mientras ella arqueaba la espalda gimiendo "¡Ay, cabrón, sí!". Su piel olía a sudor limpio y excitación, ese aroma almizclado que me volvía bestia. Bajé más, lamiendo su ombligo, hasta su monte de Venus depilado. Abrí sus labios rosados, jugosos, y metí la lengua en su clítoris hinchado. Sabía a sal y miel, sus jugos empapándome la cara mientras ella gritaba, jalándome el pelo. "Más, pendejo, hazme venir". La chupé fuerte, dedos adentro curvados tocando su punto G, hasta que tembló, convulsionando, chorros calientes en mi boca.
Me subí encima, mi verga goteando precum rozando su entrada húmeda. "Cógeme despacio primero", pidió, ojos vidriosos de placer. Entré centímetro a centímetro, su coño apretado envolviéndome como terciopelo caliente. Qué chingón, pensé, sintiendo sus paredes pulsando. Empecé a bombear, lento, profundo, nuestros cuerpos chocando con sonidos húmedos, sudor resbalando. Ella clavaba uñas en mis nalgas, urgiéndome: "Más rápido, vergaso". Aceleré, la cama crujiendo, sus tetas rebotando hipnóticas. El olor a sexo llenaba la habitación, mezclado con su perfume. Cambiamos: ella encima, cabalgándome como amazona, su culo subiendo y bajando, yo azotándolo suave, rojo. Gemía mi nombre, "¡Sí, así, no pares!", su clítoris frotándose en mi pubis.
La puse a cuatro patas, admirando su espalda arqueada, coño chorreando. La penettré desde atrás, profundo, bolas golpeando su clítoris. Agarré sus caderas, embistiendo fuerte, el slap-slap resonando. Ella se tocaba el clítoris, gritando obscenidades: "¡Métemela toda, cabrón, hazme tu puta!". Sentí el orgasmo subiendo, bolas tensas. "Me vengo", avisé. "Adentro, lléname", rogó. Exploté, chorros calientes llenándola, mientras ella se corría otra vez, coño ordeñándome hasta la última gota. Colapsamos, jadeando, piel pegajosa de sudor, abrazados.
Después, en la cama revuelta, fumamos un cigarro –el olor a tabaco mezclándose con el de nuestro sexo–. Triara apoyó la cabeza en mi pecho, su pelo cosquilleándome la piel. "Gracias por encontrar el teléfono de Triara", murmuró perezosa. "Esto fue lo mejor que me pasó". Yo la besé la frente, sintiendo paz. No era solo un polvo; había conexión, risas compartidas, promesas de más. Salimos al balcón, noche de CDMX brillando abajo, con su mano en la mía. Ese teléfono viejo había desatado algo grande, algo que olía a futuro caliente y mojado.