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Convocatoria Tri Ardiente

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Convocatoria Tri Ardiente

Recibí el mensaje de Marco esa tarde mientras tomaba un café en mi depa de la Roma. Convocatoria tri, decía. Solo eso, con un emoji de fuego y una dirección en Polanco. Mi corazón dio un brinco. Marco, mi ex de la uni, siempre había sido un cabrón juguetón, pero neta que sabía cómo picarme la curiosidad. "¿Te late unirte a mí y a Vale esta noche? Todo chido, consensual, puro placer. Sin compromisos, wey". Leí y releí, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo entre mis piernas. Hacía meses que no me divertía de verdad, y la idea de un trío con ellos... pinche tentación.

Me miré en el espejo del baño, el vapor del regadero aún flotando en el aire. Mi piel morena brillaba con gotitas de agua, mis tetas firmes y el culito redondo que tanto le gustaba a Marco. Me puse un vestido negro ajustado, sin bra, solo un tanguita de encaje que rozaba justo donde dolía la falta de acción. El olor a mi perfume de vainilla se mezcló con el de mi excitación creciente.

¿Y si voy? ¿Y si no? Neta, Ana, ya estás mojada nomás de pensarlo.
Salí al coche, el tráfico de la Ciudad de México rugiendo a mi alrededor, bocinas y olores a taquerías que me recordaban lo viva que estaba.

Llegué al edificio de Vale, un penthouse con vista al skyline. Marco abrió la puerta con una sonrisa pícara, su camisa blanca entreabierta dejando ver el pecho tatuado. "¡Mamacita! Qué bueno que viniste a la convocatoria tri". Me abrazó fuerte, su cuerpo duro contra el mío, y olí su colonia amaderada que siempre me ponía caliente. Vale salió de la cocina, rubia, curvas de infarto, con un shortcito que apenas cubría nada. "¡Ana! Ven, te preparamos unos tequilas". Su voz era suave, como miel, y cuando me dio el shot, sus dedos rozaron los míos, enviando chispas por mi espina.

Nos sentamos en el sofá de piel suave, luces tenues, música de Bad Bunny de fondo con ese ritmo que te hace mover las caderas sin querer. Hablamos de todo y nada: el pinche trabajo, las fiestas locas de antes. Pero la tensión crecía como el calor en el aire. Marco me miró fijo, su mano en mi muslo subiendo despacito. "¿Lista para esto?" murmuró. Vale se acercó por el otro lado, su aliento cálido en mi cuello. "Somos tres, todo fluye natural, ¿va?". Asentí, el pulso latiéndome en las sienes, el tequila quemándome la garganta y avivando el fuego abajo.

Empezó con besos. Marco capturó mis labios primero, su lengua juguetona saboreando a tequila y deseo. Su boca sabe a pecado, pensé, mientras mis manos se enredaban en su pelo negro revuelto. Vale observaba, mordiéndose el labio, y de pronto su mano suave me acarició la teta por encima del vestido. Gemí bajito, el sonido perdido en la boca de Marco. El vestido subió solo, sus dedos expertos desatando nudos invisibles. Olía a su piel sudada, a feromonas que me volvían loca.

Vale se unió, besándome el cuello mientras Marco chupaba mi pezón endurecido. Pinche delicia. Sentí su lengua húmeda trazando círculos, el roce áspero de su barba contra mi piel sensible. "Estás rica, Ana", susurró Vale, su voz ronca. Bajó la cabeza, lamiendo el otro pezón, succionando suave hasta que arqueé la espalda. Mis manos exploraban: el paquete duro de Marco palpitando bajo los jeans, las nalgas firmes de Vale apretadas en mi palma. El aire se llenó de jadeos, de ese olor almizclado a sexo que inunda todo.

Me recostaron en el sofá, el cuero pegándose a mi espalda caliente. Marco se quitó la camisa, músculos brillando bajo la luz, y desabrochó mis piernas. "Mírate, toda mojada por la convocatoria tri", dijo con esa voz grave que me erizaba. Bajó mi tanga despacio, el aire fresco besando mi coño expuesto, palpitante. Vale se arrodilló a mi lado, besándome profundo mientras Marco lamía mi clítoris. Santa madre, su lengua era fuego, girando, succionando, probando mis jugos salados. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas contra su boca barbuda. Vale metió dos dedos en mí, curvándolos justo ahí, el spot que me hacía ver estrellas.

"Cámbiame", pedí, voz entrecortada. Vale se rio bajito, "Qué mandona, me cae". Se puso entre mis piernas, su lengua más suave, exploradora, lamiendo como si saboreara un mango maduro. Dulce, húmeda, chupando mi clítoris hinchado mientras Marco me besaba, su verga dura frotándose contra mi muslo. Olía a su precum salado, y no aguanté: la tomé en mi mano, masturbándolo lento, sintiendo las venas pulsar. "Así, mija", gruñó él.

La intensidad subía. Me voltearon, yo de rodillas, culo en pompa. Marco entró en mí de una, su verga gruesa estirándome delicioso. ¡Qué chingón! Empujaba profundo, el sonido de piel contra piel retumbando, sudor goteando por mi espalda. Vale debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi clítoris y las bolas de él. Gemidos everywhere: mis "¡Sí, cabrón!", sus gruñidos animales, los ahogos de Vale. El cuarto apestaba a sexo puro, a sudor y placer.

Cambiaron. Vale se recostó, piernas abiertas, su coño rosado brillando. "Ven, Ana". Me subí encima, 69 perfecto, lamiéndola mientras ella me comía. Sabía a miel y sal, su clítoris duro en mi lengua. Marco nos follaba alternando: primero a Vale, saliendo reluciente para entrar en mí. El ritmo era perfecto, cuerpos chocando, pechos rozándose, dedos en culos juguetones. Sentí el orgasmo venir, como una ola gigante. "¡Me vengo!", grité. Explosé, temblores sacudiéndome, jugos chorreando en la boca de Vale.

Marco aceleró, "Yo también, putas ricas". Se corrió dentro de mí, caliente, llenándome mientras Vale lamía todo. Ella se vino después, gritando mi nombre, su cuerpo convulsionando bajo el mío. Colapsamos en un enredo de piernas y brazos, respiraciones agitadas, pieles pegajosas de sudor y fluidos. El silencio roto solo por nuestros jadeos suaves.

Después, en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio rozando nuestra piel sensible. Marco trajo agua fría, bebiendo de la botella mientras nos acariciaba. "Fue la mejor convocatoria tri ever", dijo riendo. Vale me besó suave, "Vuelve cuando quieras, reina". Yo sonreí, el cuerpo lánguido, satisfecho.

Neta, esto cambia todo. Ya quiero la próxima.
Afuera, la ciudad brillaba, pero adentro, el afterglow nos envolvía como una manta cálida. Me vestí despacio, besos de despedida, promesas susurradas. Bajé al coche, el eco de placer aún pulsando en mí, sabiendo que había cruzado una línea chida y no me arrepentía ni madres.

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