El Deseo Prohibido de Eugenio Trias Sagnier
Tú caminas por el lobby del hotel en Polanco, con el corazón latiéndote como tambor en fiesta de pueblo. El aire huele a jazmines frescos y a ese perfume caro que usan los fifís en estas galas de arquitectura. Llevas un vestido negro ceñido que te marca las curvas justito, y sientes el roce sedoso de la tela contra tus muslos cada vez que das un paso. La luz de los candelabros dorados baila en las copas de champagne que portan las meseras, y el murmullo elegante de la gente te envuelve como una caricia lejana.
De repente, lo ves. Eugenio Trias Sagnier. El nombre resuena en tu cabeza como un eco sensual, porque has oído hablar de él: el arquitecto estrella, el que diseña esas torres que besan el cielo de la CDMX. Alto, con el cabello oscuro peinado hacia atrás, ojos verdes que perforan como láser y una sonrisa que promete pecados deliciosos. Está platicando con unos inversionistas, pero sus ojos se clavan en ti. Sientes un cosquilleo en la nuca, como si su mirada te desnudara despacito.
¿Qué pedo? ¿Por qué este wey me mira así? Neta, me está poniendo la piel chinita.
Se acerca, con paso seguro, como si el piso fuera suyo. Huele a madera ahumada y cítricos, un aroma que te invade las fosas nasales y te hace salivar. "Buenas noches", dice con voz grave, ronca, como gravel mezclado con miel. "Soy Eugenio Trias Sagnier. ¿Tú eres la diseñadora que todos comentan?" Su mano roza la tuya al saludar, y es como electricidad: piel cálida, firme, con dedos largos que te imaginan tocando otros lugares.
Te presentas, Sofia, y charlan de edificios, de curvas arquitectónicas que fluyen como cuerpos en éxtasis. Ríen, coquetean. Él te ofrece una copa, y cuando brindan, sus ojos no se apartan de tus labios. El deseo inicial es un fuego lento en tu vientre, un pulso que late entre tus piernas. "Ven, caminemos por el jardín", te dice, y tú asientes, hipnotizada por su presencia magnética.
En el jardín iluminado por faroles, el aroma de las buganvilias se mezcla con el suyo. El viento fresco acaricia tu escote, endureciendo tus pezones bajo el vestido. Él se acerca más, su aliento cálido en tu oreja: "Tienes una belleza que inspira estructuras imposibles". Sus palabras te erizan la piel. Tocas su brazo, músculo duro bajo la camisa de lino, y sientes el calor irradiar.
La tensión crece como tormenta en el Popo. Quieres besarlo, probar esa boca que promete devorarte. Pero él juega, roza tu cintura con la yema del pulgar, enviando ondas de placer directo a tu centro. "No sabes las ganas que me das", murmura, y tú respondes con una risa juguetona: "Pos demuéstralo, arquitecto".
El beso llega como avalancha. Sus labios carnosos capturan los tuyos, su lengua invade con maestría, saboreando a vino tinto y deseo puro. Gimes bajito, el sonido ahogado por su boca. Sus manos recorren tu espalda, bajan a tus nalgas, apretando con posesión tierna. Tú respondes, clavando uñas en su pecho, oliendo su sudor fresco mezclado con colonia. El mundo se reduce a eso: tacto, sabor, pulso acelerado.
Acto dos arranca cuando te lleva a su suite en el piso 20. El elevador es un confesionario de lujuria: se besan contra el espejo, tus manos en su entrepierna sintiendo la dureza impresionante bajo el pantalón. "Estás duro como concreto armado", le susurras al oído, y él ríe, voz cascada: "Por ti, morra, por ti".
En la habitación, luces tenues, vista al skyline de Reforma titilando como estrellas caídas. Él te desnuda lento, besando cada centímetro revelado. Su boca en tu cuello, chupando suave, dejando marcas rojas como sellos de propiedad. Bajas la cremallera de su pantalón, liberas su verga: gruesa, venosa, palpitante. La tocas, piel aterciopelada sobre acero, y él gime, un sonido animal que te moja instantáneo.
¡Madre santa, qué ricura! Este wey es un pinche sueño húmedo con traje.
Caen en la cama king size, sábanas de hilo egipcio frescas contra pieles ardientes. Él lame tus pechos, lengua experta en los pezones, succionando hasta que arqueas la espalda, gimiendo "¡Sí, cabrón, así!". Tus manos en su cabello, tirando suave, guiándolo abajo. Llega a tu concha, húmeda y lista, oliendo a almizcle femenino. Su lengua danza, lamiendo clítoris con precisión arquitectónica, dedos curvados dentro tocando ese punto que te hace ver estrellas. Gritas, piernas temblando, el placer subiendo como oleada imparable.
Pero no lo dejas acabar ahí. Lo empujas, montas encima, control total. Su verga entra en ti centímetro a centímetro, estirándote delicioso, llenándote hasta el fondo. El roce interno es fuego puro, cada embestida tuya hace slap de piel contra piel, sudores mezclándose, aromas intensos de sexo envolviendo la habitación. Él agarra tus caderas, guiando pero dejando que mandes: "¡Muévete, reina, fóllame como sabes!". Aceleras, pechos rebotando, su mirada clavada en ti, llena de adoración lujuriosa.
La intensidad psicológica explota: recuerdos de soledades pasadas se disipan en este presente carnal. Él voltea, te pone debajo, embiste profundo, ritmado, sus bolas golpeando tu culo. Sudor gotea de su frente a tu boca, salado y adictivo. "Te quiero toda", gruñe, y tú respondes: "¡Tómame, Eugenio, hazme tuya!". El clímax se acerca, pulsos sincronizados, respiraciones jadeantes como vientos huracanados.
El acto final irrumpe en éxtasis compartido. Tú llegas primero, concha contrayéndose en espasmos, gritando su nombre completo: "Eugenio Trias Sagnier, ¡me vengo!". Olas de placer te barren, visión borrosa, cuerpo convulsionando. Él sigue, unos embistes más, y explota dentro, semen caliente inundándote, gemido ronco vibrando en su pecho contra el tuyo.
Colapsan, enredados, pieles pegajosas, corazones galopando al unísono. Él te besa la frente, suave, protector. "Eres increíble", murmura, voz post-sexo ronca. Tú acaricias su espalda, oliendo el aftermath: sexo, sudor, paz. Miran las luces de la ciudad por la ventana, Reforma como testigo mudo.
Neta, este wey no es solo arquitecto de edificios... es constructor de orgasmos eternos.
Se duchan juntos después, agua caliente lavando pecados, manos jabonosas explorando de nuevo, risas compartidas. "Volveremos a esto", promete él, y tú sabes que sí. Sales del hotel al amanecer, piernas flojas pero alma plena, el recuerdo de su toque tatuado en tu piel. Eugenio Trias Sagnier: no solo un nombre, sino un huracán de placer que cambió tu mundo para siempre.