Relatos Salvajes
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Try Dibujo en Curvas Prohibidas

6098 palabras

Try Dibujo en Curvas Prohibidas

La luz del atardecer se colaba por las ventanas altas de nuestro departamento en la Roma, México, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía brillar tu piel olivácea, Karla. Yo, con el cuaderno en las rodillas y el lápiz temblando en la mano, te miraba fijamente. Órale, pensé, esto del try dibujo iba a ser mi gran idea romántica, pero ya sentía cómo mi verga se ponía tiesa solo de verte así, desnuda en el sillón de terciopelo, con las piernas cruzadas juguetona y las tetas firmes apuntando al techo.

"Posa wey, no te muevas", te dije con voz ronca, tratando de sonar profesional como esos artistas que vi en un docu de Netflix. Tú reíste bajito, ese sonido ronco que me eriza la piel, y ajustaste el hombro, dejando que tu melena negra cayera como cascada sobre un pezón oscuro. El aire olía a tu perfume de jazmín mezclado con el sudor ligero de la tarde calurosa, y yo tragaba saliva, sintiendo el pulso acelerado en las sienes.

¿Cómo chingados voy a dibujar esto? Sus curvas son un puto imán, cada línea de su cadera grita "tócame, cabrón". Este try dibujo es una mamada, solo quiero devorarla ya.

Empecé a trazar líneas torpes: el arco de tu espalda, el valle entre tus senos, el triángulo oscuro de tu panocha recortado contra el cojín rojo. Pero el lápiz se desviaba, mis ojos se perdían en el brillo de tus labios entreabiertos, en cómo tu pecho subía y bajaba con cada respiro. Tú notaste mi lucha, mamacita, y estiraste una pierna perezosa, rozando mi muslo con los dedos del pie. El contacto fue eléctrico, piel contra piel, cálida y suave como seda mojada.

"¿Ya vas avanzando, artista?", murmuraste con esa voz de miel que me deshace. Me acerqué un poco, pretextando ajustar la luz, y mi mano rozó tu rodilla. Tu piel ardía, olía a sal y deseo, y sentí el calor subiendo por mi brazo directo a la entrepierna. "Solo un try dibujo rápido, mi reina", respondí, pero mi voz salió entrecortada. Tú sonreíste pícara, abriendo las piernas apenas, dejando que viera el destello húmedo entre tus muslos. No mames, el corazón me latía como tambor en fiesta de pueblo.

El lápiz cayó al piso con un clic sordo. No pude más. Me arrodillé frente a ti, mis manos subieron por tus pantorrillas, masajeando los músculos tensos, sintiendo cada vena pulsar bajo mis palmas. Tú gemiste suave, un sonido que vibró en mi pecho, y arqueaste la espalda invitándome. "Tócame más", susurraste, y yo obedecí, besando el interior de tu muslo, probando el sabor salado de tu piel, aspirando ese aroma almizclado que me volvía loco de lujuria.

Esto es mejor que cualquier pinche dibujo. Su sabor, su calor... soy su esclavo, y qué chido se siente.

Mis labios llegaron a tu centro, lengua explorando despacio, saboreando tu humedad dulce como mango maduro. Tú jadeaste, agarrando mi pelo, tirando con fuerza juguetona. "¡Sí, cabrón, así!", gritaste, y el sonido rebotó en las paredes blancas, mezclándose con el zumbido lejano del tráfico en Insurgentes. Lamí tu clítoris hinchado, chupando suave, luego fuerte, mientras mis dedos se hundían en ti, curvándose para tocar ese punto que te hace temblar. Tu cuerpo se convulsionaba, jugos corriendo por mi barbilla, el olor intenso llenando mis pulmones.

Te incorporaste de golpe, ojos negros brillando como obsidianas, y me jalaste hacia arriba. Nuestros labios chocaron en un beso salvaje, tu lengua invadiendo mi boca, compartiendo tu propio sabor. "Ya cállate con el try dibujo, pendejo, fóllame ya", exigiste entre risas y gemidos. Te volteé sobre el sillón, tu culo redondo alzándose perfecto, y me quité la playera de un tirón, sintiendo el aire fresco en mi torso sudado.

Mi verga saltó libre, dura como fierro, venosa y palpitante. La froté contra tus nalgas, sintiendo la suavidad contra mi rigidez, el pre-semen untándose en tu piel. Tú empujaste hacia atrás, impaciente, y yo entré de un solo golpe, profundo hasta el fondo. "¡Ay, wey!", gritaste de placer, y yo gruñí, el calor de tu panocha envolviéndome como guante de terciopelo mojado. Empecé a bombear lento, cada embestida un choque de carne, plaf plaf, sudor goteando, mezclando nuestros olores en una nube espesa de sexo puro.

Aceleré, manos en tus caderas, uñas clavándose leve en tu carne suave. Tú giraste la cabeza, mirándome con ojos vidriosos: "Más fuerte, mi amor, rómpeme". Obedecí, follando como animal, el sillón crujiendo bajo nosotros, tus tetas balanceándose al ritmo. Sentía tu interior contraerse, ordeñándome, y mi bolas apretándose listas para explotar. Cambiamos: te puse de espaldas, piernas sobre mis hombros, penetrando hondo, besando tus tobillos salados mientras te martilleaba.

Su cara de éxtasis, esos labios mordidos... esto es arte de verdad, no ese try dibujo de mierda.

Tu orgasmo llegó primero, un grito agudo que debió oírse en la calle: "¡Me vengo, chingado!", tu cuerpo convulsionando, paredes apretándome como vicio. Eso me llevó al borde, y con tres embestidas brutales, me vacié dentro de ti, chorros calientes llenándote, mi aullido uniéndose al tuyo. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor, el cuarto oliendo a semen y jazmín revuelto.

Nos quedamos así un rato, mi cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón galopante calmarse. Tus dedos jugaban en mi pelo húmedo, trazando líneas perezosas como si fueras tú la artista ahora. "Ese try dibujo fue un fracaso total", bromeé, besando tu pezón aún erecto. Tú reíste, ese sonido que amo, y me apretaste contra ti.

"No mames, fue perfecto. La mejor inspiración que pudiste tener". Y en ese momento, con el sol poniéndose y pintando nuestras pieles de fuego, supe que no necesitaba lápices ni papel. Tú eras mi obra maestra, Karla, y cada caricia, cada gemido, era un trazo eterno en mi alma.

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