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Busco Mujer Para Hacer Trío Ardiente

6647 palabras

Busco Mujer Para Hacer Trío Ardiente

Todo empezó una noche de esas en que el calor de la Ciudad de México se te pega a la piel como una promesa sucia. Yo, Juan, estaba tirado en el sofá de mi depa en la Roma, con el ventilador zumbando como loco y mi morra, Laura, recargada en mi pecho. Habíamos estado platicando de fantasías, de esas que te hacen sudar solo de imaginarlas. Ella, con su piel morena brillando bajo la luz tenue del foco, me miró con esos ojos cafés que me derriten y dijo:

—Wey, ¿y si buscamos a una chava para hacer trío? Neta, me late la idea de sentir dos cuerpos enredados con el tuyo.

Mi verga se paró al instante, latiendo contra mis bóxers. La besé duro, saboreando su boca con ese toque de tequila que aún le quedaba. Busco mujer para hacer trío, pensé, y saqué el cel para publicar en una app de esas para adultos. Puse el anuncio con una foto nuestra besándonos, sin mostrar caras completas, pero con el cuerpo de Laura en primer plano, sus curvas perfectas envueltas en lencería roja.

Las respuestas llovieron como lluvia de verano. Pero una me llamó la atención: Sofía, 28 años, de Coyoacán, con fotos que mostraban tetas firmes y un culo que pedía a gritos ser mordido. "Me encantaría unirme a ustedes, carnales. Suena chido y seguro", escribió. Charlamos un rato, intercambiamos videos calientes para confirmar que éramos reales. Su voz en el audio era ronca, como miel caliente, y nos mandó un clip tocándose, gimiendo bajito. Laura y yo nos miramos, el pulso acelerado, el aire cargado de ese olor a excitación que ya flotaba en el cuarto.

Quedamos en vernos al día siguiente en un café hipster de la Condesa. Llegó Sofía con un vestido negro ajustado que marcaba cada curva, el cabello negro suelto cayéndole por la espalda. Olía a vainilla y algo más salvaje, como jazmín en flor. Nos sentamos, pedimos cafés de olla con canela que quemaban la lengua, y la charla fluyó natural. Hablamos de todo: de la pinche rutina, de cómo el trío era nuestra forma de romperla. Laura le tomó la mano, y Sofía no se apartó. Sentí el calor subiendo por mi cuello, mi corazón tronando como tamborazo zacatecano.

Esto va a pasar de veras, me dije, mientras imaginaba sus lenguas en mi piel.

De ahí nos fuimos a mi depa, el sol del mediodía pegando en las ventanas. Apenas cerramos la puerta, Laura empujó a Sofía contra la pared, besándola con hambre. Yo las vi, hipnotizado: los labios rojos chocando, las manos de Laura subiendo por los muslos de Sofía, arrancándole el vestido. El sonido de la tela rasgándose un poco, el jadeo de Sofía que llenó el aire. Mi polla ya estaba dura como piedra, presionando los jeans.

Me acerqué por detrás a Laura, besándole el cuello mientras ella devoraba la boca de Sofía. Sentí el calor de sus cuerpos, el sudor empezando a perlar sus pieles. Sofía giró la cabeza y me besó, su lengua danzando con la mía, saboreando a café y deseo. Qué rico, pensé, mientras mis manos bajaban a sus tetas, apretándolas suaves, sintiendo los pezones endurecerse bajo mis palmas.

Nos quitamos la ropa como si quemara. Laura quedó en tanga negra, Sofía desnuda ya, su coño depilado brillando de humedad. Yo me desabroché el cinturón, mi verga saltando libre, venosa y lista. Las dos se arrodillaron frente a mí, mirándome con ojos de lobas. Laura lamió primero la punta, su lengua caliente rodeándola, mientras Sofía chupaba mis huevos, succionando suave. El sonido húmedo de sus bocas, los gemidos ahogados, el olor almizclado de sus arremangues... Puta madre, esto es el paraíso.

Las subí a la cama king size que teníamos, las sábanas frescas contrastando con el fuego de sus cuerpos. Me recosté y ellas se treparon encima. Sofía se sentó en mi cara, su coño jugoso presionando mi boca. Lamí despacio, saboreando su sal, su dulzor, mientras ella se mecía gimiendo "¡Ay, wey, qué chingón!". Laura montó mi verga, bajando lento, centímetro a centímetro, su calor apretándome como guante. Sentí cada vena pulsando dentro de ella, sus paredes contrayéndose.

El ritmo empezó suave, pero pronto fue un vaivén frenético. Sofía se inclinó para besar a Laura, sus tetas rozándose, pezones chocando. Yo las embestía desde abajo, las manos en sus culos, amasándolos, metiendo un dedo en el de Laura que la hizo gritar de placer. El cuarto olía a sexo puro: sudor, fluidos, perfume mezclado. Los sonidos eran una sinfonía: piel contra piel, palmadas húmedas, "¡Más duro, pendejo!" de Sofía, los jadeos de Laura que me volvían loco.

Cambiaron posiciones. Laura se puso a cuatro, yo la cogí por atrás, profundo, sintiendo su culo rebotar contra mi pubis. Sofía se acostó debajo de ella, lamiéndole el clítoris mientras yo la taladraba. Laura temblaba, sus gemidos convirtiéndose en gritos:

—¡Sí, cabrones, no paren! ¡Me vengo!
Su coño se apretó como tenaza, ordeñándome, y yo tuve que contenerme para no correrme ahí.

Ahora le tocó a Sofía. La puse boca arriba, abrí sus piernas anchas y la penetré despacio, saboreando su estrechez. Laura se sentó en su cara, y Sofía la comió con avidez, la lengua hundiéndose. Yo aceleré, el sudor chorreando por mi espalda, el slap-slap de mis huevos contra su culo resonando. Sofía arqueó la espalda, gritando contra el coño de Laura, y se corrió fuerte, sus jugos empapando las sábanas.

El clímax se acercaba. Las puse a las dos de rodillas, verga en mano. Ellas se besaban, tocándose las tetas, mientras yo me pajeaba furioso. Busco mujer para hacer trío, repetí en mi mente, y qué bien que la encontré. El orgasmo me golpeó como rayo: chorros calientes salpicando sus caras, pechos, lenguas extendidas para atraparlo todo. Ellas se lamieron mutuamente, tragando, gimiendo de satisfacción.

Caímos los tres en la cama, exhaustos, cuerpos enredados, el pecho subiendo y bajando al unísono. El aire estaba pesado, con ese olor post-sexo que te envuelve como manta. Laura me besó suave, Sofía acurrucada en mi otro lado, su mano en mi verga flácida aún.

—Neta, estuvo de lujo, carnal —dijo Sofía, con voz perezosa.

Nos quedamos así un rato, platicando bajito de repetir. El sol se ponía, tiñendo el cuarto de naranja, y supe que esto había cambiado todo. No era solo un trío; era conexión, placer compartido, esa chispa mexicana de vivir sin frenos. Laura y yo nos miramos por encima de su cabeza, sonriendo. Qué chido encontrar lo que buscábamos.

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