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Serie de Tríos Ardientes

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Serie de Tríos Ardientes

Todo empezó en esa fiesta en la casa de playa de Acapulco, con el sol poniéndose sobre el Pacífico y el aire cargado de sal y risas. Yo, Ana, de veintiocho años, con mi novio Luis a un lado, bebiendo chelas frías mientras platicábamos con Carla, nuestra amiga de la uni que siempre había tenido esa vibra coqueta y libre. Luis y yo llevábamos tres años juntos, y aunque la neta la química seguía prendida, últimamente andábamos fantaseando con algo más picante. ¿Y si probamos un trío? me había dicho él una noche, mientras sus manos recorrían mi espalda desnuda bajo las sábanas. Yo me reí al principio, pero la idea se me quedó clavada como espina, haciendo que mi cuerpo se calentara solo de pensarlo.

Carla era perfecta para eso: curvas que hipnotizaban, pelo negro largo y una risa que te hacía sentir vivo. Esa noche, con la música de cumbia rebajada sonando bajito y el olor a mariscos asados flotando, nos miramos los tres de reojo. Órale, ¿qué onda con ustedes dos? Se les nota el hambre en los ojos, soltó ella, guiñándome un ojo mientras se acercaba con su bikini ajustado que dejaba poco a la imaginación. Luis, con su sonrisa pícara de siempre, me tomó de la mano y susurró: ¿Qué dices, mi amor? ¿Arrancamos la serie de tríos esta noche? Mi corazón latió fuerte, un cosquilleo subió por mi vientre. Sí, carajo, ¿por qué no?

Subimos a la terraza privada, lejos de los demás invitados. El viento cálido nos rozaba la piel, y el sonido de las olas rompiendo abajo era como un pulso constante. Nos sentamos en las hamacas, compartiendo un porro suave que nos relajó los nervios. Carla se acercó primero, su mano tibia en mi muslo, oliendo a coco y algo más dulce, como su excitación. Relájate, Ana, esto va a estar chido, murmuró, y sus labios rozaron los míos en un beso suave, explorador. Sabían a tequila y miel, y mi lengua respondió instintivamente, mientras Luis nos veía con los ojos encendidos, su verga ya marcada bajo los shorts.

La tensión crecía como una ola. Mis pezones se endurecieron contra la tela delgada de mi vestido, y sentí el calor húmedo entre mis piernas. Luis se unió, besando mi cuello desde atrás, su aliento caliente en mi oreja: Eres tan rica, nena. Sus manos grandes subieron por mis caderas, quitándome el vestido con lentitud, dejando mi piel expuesta al aire salobre. Carla gemía bajito mientras lamía mi clavícula, sus uñas arañando suavemente mi espalda. Esto es real, no un sueño mojado, pensé, mientras el mundo se reducía a sus toques, sus olores mezclados: sudor fresco, perfume y ese aroma almizclado de deseo.

Nos movimos a la cama king size de la habitación contigua, con vista al mar. Luis se desnudó primero, su cuerpo atlético brillando bajo la luz de la luna, su verga erecta palpitando. Carla y yo nos arrodillamos frente a él, compartiendo miradas cómplices. Ella la tomó primero, lamiendo la punta con lengua juguetona, y yo me uní, sintiendo el calor salado en mi boca. ¡Qué padre, cabrones!, gruñó él, enredando sus dedos en nuestro pelo. El sabor era embriagador, viril, y el sonido de succión húmeda llenaba el cuarto, mezclado con nuestros jadeos.

Pero no quería que terminara ahí. Lo empujé sobre la cama, montándome encima mientras Carla se recostaba a un lado, tocándose despacio. Mi panocha resbalaba sobre su verga, guiándola adentro con un movimiento lento que nos hizo gemir a dúo. Se siente tan lleno, tan perfecto. El roce era eléctrico, cada embestida enviando chispas por mi espina. Carla se acercó, chupando mis tetas, mordisqueando los pezones hasta que dolió rico. Sus dedos bajaron a mi clítoris, frotando en círculos que me volvían loca. Luis empujaba desde abajo, fuerte pero cariñoso, sus ojos fijos en los míos: Te amo así, salvaje.

La intensidad subía. Cambiamos posiciones como en una coreografía instintiva. Carla se puso a cuatro, yo debajo lamiendo su coñito depilado, dulce y salado, mientras Luis la cogía por atrás. Sus gemidos eran música, agudos y roncos: ¡Más duro, wey! ¡No pares!. Yo sentía sus jugos en mi cara, mi lengua danzando en su entrada, y Luis saliendo y entrando de ella para luego ofrecérmela a mí, cubierta de ella. El olor era intenso, sexo puro, y mi cuerpo temblaba al borde.

Esto es adictivo, pensé mientras él me penetraba de nuevo, con Carla sentada en mi cara, restregándose contra mi boca. El peso de su culo suave, el sabor de su excitación goteando, las embestidas profundas que me llenaban hasta el fondo. Sudábamos todos, piel contra piel resbalosa, corazones latiendo al unísono. ¡Me vengo!, gritó Carla primero, convulsionando sobre mí, sus muslos apretándome la cabeza. Eso me llevó al límite: olas de placer me barrieron, contrayéndome alrededor de Luis, ordeñándolo. Él rugió, llenándome con chorros calientes que sentí chorrear.

Nos quedamos así un rato, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El mar susurraba afuera, y el aire olía a nosotros, a sexo satisfecho. Carla besó mi frente: Eso fue la neta, amigas. ¿Cuándo la siguiente de la serie de tríos?. Luis rio, abrazándonos: Ya arrasamos con la primera, pero esto apenas empieza. Yo sonreí, exhausta pero plena, sintiendo el semen tibia entre mis piernas, el cuerpo flojo y feliz. Quién diría que un capricho nos uniría más.

Al día siguiente, desayunando tacos de pescado en la playa, con el sol calentándonos la piel aún sensible, platicamos de lo vivido. No hubo celos, solo risas y promesas. Carla se fue a su chamba en la CDMX, pero nos mandó un mensajito: Lista para el segundo round de la serie. Luis y yo nos miramos, sabiendo que habíamos abierto una puerta. Esa noche, solos en la cama, revivimos los momentos con toques lentos, susurrando fantasías sobre el próximo trío. Mi mano en su verga semi-dura, oliendo aún a ella, me excitó de nuevo. Te quiero eternamente, así de locos, me dijo.

Semanas después, en nuestro depa de la Roma, invitamos a Marco, un carnal de Luis, alto y tatuado, con esa mirada que prometía travesuras. La serie de tríos continuaba. Empezó con cervezas y una película, pero pronto las manos volaron. Marco me besó con hambre, su barba raspando mi piel suave, mientras Luis lamía mi cuello. El contraste de sus cuerpos: uno familiar, el otro nuevo, me volvió loca. Dos vergas para mí, qué chingonería.

En la sala, con luces tenues y reggaetón suave, me arrodillé entre ellos. Chupé a Marco primero, gruesa y venosa, sabor a hombre limpio, luego a Luis, comparando texturas. Ellos se besaron encima de mí, un espectáculo que mojó mi calzón. Me tumbaron en el sofá, Marco entre mis piernas lamiendo como experto, lengua plana y rápida en mi clítoris hinchado. Luis en mi boca, follando mi garganta con cuidado. Gemí alrededor de él, vibrando, hasta que exploté en la cara de Marco, gritando su nombre.

Cambiando, monté a Luis mientras Marco me cogía el culo por primera vez, lubricado y lento. El estiramiento ardía delicioso, lleno hasta reventar. ¡Pinches cabrones, me van a matar!, jadeé, pero no quería que pararan. Sus ritmos se sincronizaron, pellizcos en tetas, besos enredados. Sudor goteaba, mezclado con nuestros fluidos, el sonido de carne chocando obsceno y adictivo. Me corrí dos veces más, piernas temblando, antes de que ellos se vinieran, uno en mi boca salada, el otro adentro, caliente y abundante.

En el afterglow, recostados con pizzas frías y chelas, sentimos la conexión profunda. No era solo sexo; era confianza, exploración compartida. Marco se despidió con un Gracias por la serie, carnales, y Luis y yo nos abrazamos, planeando el futuro. Esta serie de tríos nos ha hecho invencibles, pensé, mientras su mano descansaba en mi vientre, prometiendo más noches de fuego.

Ahora, cada fin de semana buscamos un nuevo compañero o repetimos con Carla. La serie sigue creciendo, cada trío más intenso, más nuestro. Mi cuerpo guarda memorias en moretones leves y sonrisas secretas, y mi corazón late por esta libertad consensuada, empoderadora. ¿El siguiente? Quién sabe, pero ya siento el cosquilleo.

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