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Triadas en Medicina que Despiertan el Deseo

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Triadas en Medicina que Despiertan el Deseo

Era una noche de esas que se pegan al cuerpo como el calor de la Ciudad de México en verano. Yo, Ana, residente de tercer año en el Hospital General, me quedé hasta tarde en la sala de estudios del piso cinco. El aire olía a desinfectante mezclado con el café quemado de la máquina expendedora. Las luces fluorescentes zumbaban como moscos, y el reloj marcaba las once con treinta. Neta, qué pinche cansada estoy, pensé, mientras hojeaba mis apuntes desordenados sobre tríadas en medicina. Esas combinaciones de tres síntomas que todo doc debe tener en la punta de la lengua: la de Charcot para colangitis, fiebre, ictericia y dolor en el cuadrante superior derecho. La de Beck para taponamiento cardíaco. Pero mi mente divagaba, el estrés del internado me tenía al borde.

La puerta se abrió con un chirrido, y entraron Marco y Sofía, mis compas de la rotación. Marco, alto, moreno, con esa barba de tres días que le da un aire de galán de telenovela, cargaba unas chelas frías en una hielera portátil. Sofía, menudita pero con curvas que no mienten, traía una sonrisa pícara y un termo de atole de chocolate. ¡Órale, Ana! ¿Ya te ibas a ir sin nosotros? dijo Marco, su voz grave retumbando en el cuarto vacío. Se dejó caer en la silla a mi lado, su muslo rozando el mío por accidente. O no tan accidente. Sentí un cosquilleo subir por mi pierna, como electricidad estática.

Estábamos repasando las tríadas en medicina, carnales. Hay como veinte que caen en el examen final, les dije, tratando de sonar profesional. Sofía se sentó del otro lado, su perfume a vainilla invadiendo el espacio. Sí, pero neta, ¿quién se las aprende todas? Mejor hagamos un mnemotécnico chido. Imagínense que cada tríada es un trío caliente, soltó ella, guiñándome el ojo. Reí, pero el calor en mis cachetes me delató. Marco abrió una chela y me la pasó. El vidrio frío contra mi palma sudada, el primer trago bajando fresco por la garganta, con ese amargor que despierta los sentidos.

Empezamos a estudiar, pero el ambiente se cargaba. Las risas se volvían más cercanas, los roces más intencionales. Marco explicaba la tríada de Virchow para trombosis: hipercoagulabilidad, estasis venoso y daño endotelial. Como cuando tres cuerpos se juntan y boom, explosión, dijo, su mano posándose en mi rodilla bajo la mesa. Mi pulso se aceleró, el corazón latiéndome en los oídos como tambores de una fiesta en la colonia Roma. Sofía se inclinó, su aliento cálido en mi cuello. Ana, tú eres la hipercoagulabilidad, siempre lista para coagularnos. Su dedo trazó un círculo en mi antebrazo, piel de gallina por todos lados.

El estudio se convirtió en juego. Repetíamos las tríadas en medicina entre besos robados.

¿Qué chingados estoy haciendo? Somos colegas, pero pinche, se siente tan bien. Ese deseo que llevo meses conteniendo, con las guardias eternas y el estrés, necesita salir.
Marco me jaló hacia él, sus labios carnosos encontrando los míos. Sabían a chela y a menta de su chicle. Su lengua explorando, suave al principio, luego urgente. Sofía observaba, mordiéndose el labio, sus ojos negros brillando bajo la luz cruda. Se unió, besándome el cuello, sus manos pequeñas pero firmes deslizándose bajo mi bata blanca.

Nos movimos al sofá viejo de la sala, ese que huele a sudor viejo y vinagre de turnos pasados. Me quitaron la bata con reverencia, como si fuera un ritual. Mi blusa de algodón se pegaba a mi piel húmeda, pezones endurecidos rozando la tela. Marco gruñó al verme, Mamacita, estás de fuego. Sus manos grandes, callosas de tanto suturar, masajearon mis pechos. El tacto áspero enviando ondas de placer directo al centro de mí. Sofía desabrochó mi brasier, su boca caliente lamiendo un pezón mientras Marco chupaba el otro. Gemí bajito, el sonido ahogado por el zumbido de las luces y el tráfico lejano de Insurgentes.

La tensión subía como la presión arterial en una crisis. Me recosté, piernas temblando. Sofía se arrodilló entre ellas, bajando mi falda y tanga con dientes. Su aliento caliente en mi monte de Venus, olor a excitación mezclándose con el desinfectante. Relájate, güey, déjame curarte, murmuró. Su lengua, hábil como un cirujano, trazó mi raja húmeda. Sabía salado, dulce, mío. Marco se desnudó, su verga erecta saltando libre, venosa y gruesa. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo contra mi palma. La masturbé lento, viendo cómo sus ojos se cerraban de placer.

Esto es la tríada perfecta: tres cuerpos en sintonía, tres deseos alineados. Sofía metió dos dedos dentro de mí, curvándolos contra ese punto que me hace arquear la espalda. Jadeos llenaban el aire, sudor perlando frentes. Marco se posicionó, frotando su punta contra mis labios. Lo chupé ansiosa, sabor almizclado llenando mi boca, garganta acomodándose a su tamaño. Ella lamía mi clítoris hinchado, succionando suave, luego fuerte. El orgasmo me golpeó como un infarto, cuerpo convulsionando, jugos empapando su barbilla.

Pero no paramos. Cambiamos posiciones, yo encima de Marco. Su verga entró en mí de un empujón, llenándome hasta el fondo. Paredes vaginales apretándolo, fricción deliciosa con cada vaivén. Sofía se sentó en su cara, él lamiéndola con avidez mientras yo cabalgaba. Sus gemidos vibraban contra ella, olor a sexo denso y embriagador. ¡Ay, cabrón, así! ¡Más duro! gritó Sofía, sus tetas rebotando. Mis uñas clavadas en el pecho de Marco, dejando marcas rojas. El sofá crujía rítmicamente, eco de nuestros cuerpos chocando.

La intensidad crecía. Sudor goteando, mezclado con saliva y fluidos. Marco me volteó a cuatro patas, embistiéndome desde atrás, bolas golpeando mi clítoris. Sofía debajo, lamiendo donde nos uníamos, su lengua rozando mi ano sensible. Eres nuestra paciente estrella, Ana. Esta tríada en medicina te va a dejar adicta, jadeó él. Sentí sus dedos en mi culo, lubricados con mi propia humedad, entrando lento. Doble penetración, estirándome, placer rayando en dolor exquisito. Gritos ahogados para no alertar a los de guardia.

El clímax nos alcanzó juntos. Marco gruñendo como animal, llenándome de calor líquido. Sofía frotándose contra mi muslo, temblando en su propio pico. Yo exploté de nuevo, visión borrosa, músculos contrayéndose en olas. Colapsamos en un enredo de extremidades, pechos agitados, piel pegajosa. El aire olía a semen, sudor y satisfacción.

Minutos después, envueltos en batas prestadas, compartimos el atole tibio. Esta fue la mejor clase de tríadas en medicina, ¿no? dijo Sofía, riendo suave. Marco me besó la sien.

No fue solo sexo. Fue conexión, alivio en este pinche caos del hospital. Quizás repetimos, como un tratamiento crónico.
Salimos al amanecer, el sol tiñendo el skyline de rosa. Caminamos juntos, secreto compartido latiendo como un pulso sano. El deseo, curado por ahora, pero listo para recaer.

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