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El Trío Sorpresa a Mi Esposa

7149 palabras

El Trío Sorpresa a Mi Esposa

Era nuestro quinto aniversario de bodas y Alex, mi marido, había estado misterioso toda la semana. ¿Qué traes entre manos, cabrón? le pregunté esa mañana mientras preparaba los chilaquiles en la cocina de nuestro departamento en Polanco. Él solo sonrió con esa mirada pícara que me ponía la piel chinita y me dio un beso en el cuello que olía a su loción favorita, esa con aroma a sándalo que me volvía loca.

¿Será que por fin se animó a cumplir esa fantasía que le confesé una vez, borracha de mezcal en Acapulco? Un trío sorpresa a esposa... neta, solo lo dije en broma, pero desde entonces se me hace agua la boca de pensarlo.

La noche llegó rápido. Me puse el vestido rojo ceñido que a él le encanta, el que marca mis curvas y deja ver el encaje negro de mi brasier. Alex me vendó los ojos con una bufanda de seda suave, fresca contra mi piel caliente. "Confía en mí, mi amor", murmuró mientras me guiaba por el pasillo. Oía el sonido de sus pasos firmes en el piso de madera, el leve crujido, y mi corazón latía como tambor en una fiesta de pueblo. El aire olía a velas de vainilla y algo más... ¿perfume masculino? Dos aromas distintos flotaban, mezclándose con el mío de perfume floral.

Me sentó en la cama king size, mullida y fresca con sábanas de algodón egipcio. Sus manos, grandes y callosas de tanto gym, me acariciaron los hombros, bajando despacio por mis brazos. Sentí un cosquilleo eléctrico que me erizó los vellos. Órale, esto se pone bueno, pensé, mientras mi respiración se aceleraba. De pronto, otra mano tocó mi muslo, más suave, con uñas cortas y manicure fresco. "¡Sorpresa, Laura!" dijo Alex, quitándome la venda.

Frente a mí, Marco, el mejor amigo de Alex desde la uni, con su sonrisa de galán de telenovela y torso marcado bajo la camisa desabotonada. Sus ojos cafés me devoraban, y olía a colonia cítrica, fresca como limón de Michoacán.

¿Un trío sorpresa a esposa? ¡La chingada! Mi cuerpo ya ardía, la panocha palpitando de anticipación.
Los vi a los dos, altos, morenos, con esa vibra de machos mexicanos que me hace debilucha. "¿Estás de acuerdo, mi reina? Todo tuyo si quieres", dijo Alex, su voz ronca de deseo.

"¡Claro que sí, pendejos! ¿Cuánto tiempo esperé esto?" respondí riendo, tirándolos a la cama. El colchón se hundió bajo nuestro peso, y el roce de sus cuerpos contra el mío fue como chispas. Primero, Alex me besó, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila reposado, dulce y ardiente. Marco observaba, su mano ya en mi muslo, subiendo lento, rozando la piel sensible detrás de la rodilla. Sentía el calor de sus palmas, el leve sudor que empezaba a perlar sus frentes.

Me quitaron el vestido con urgencia juguetona, risas mezcladas con gemidos. Quedé en lencería, expuesta bajo la luz tenue de las velas que parpadeaban sombras danzantes en las paredes beige. Marco lamió mi cuello, su barba incipiente raspando delicioso, mientras Alex desabrochaba mi brasier. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras de obsidiana. "Mira qué chulas, wey", dijo Marco a Alex, y los dos se lanzaron a mamarlas. Dos bocas calientes succionando, lenguas girando, dientes rozando suave. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, mis jadeos altos como en una ranchera apasionada.

¡Ay, Diosito! Dos vergas duras presionando mis piernas. La de Alex, gruesa y venosa, la conozco de memoria. La de Marco, larga y curva, nueva, prometedora.
Bajaron sus manos. Alex metió dedos en mi tanga empapada, el chap chap de mi humedad llenando la habitación. Olía a sexo puro, almizcle femenino mezclado con sus aromas masculinos. Marco se arrodilló, besando mi ombligo, bajando hasta mi chochito. "Déjame probarte, Laura", suplicó con voz grave.

En el medio del asunto, la tensión subió como volcán en erupción. Me recosté, piernas abiertas, mientras Marco lamía mi clítoris con maestría, lengua plana y rápida como vibrador. Alex me besaba, sus dedos pellizcando mis pezones. Gemí fuerte, "¡Más, cabrones, no paren!". El sabor salado de su piel en mi boca, el roce áspero de sus barbas, el calor húmedo entre mis muslos. Marco metió dos dedos, curvándolos justo en el punto G, y sentí las contracciones empezando, ese nudo apretándose en mi vientre.

Cambiaron posiciones. Yo me puse de rodillas, vergas en la cara. La de Alex olía a limpio, con gota precúm salada que lamí ansiosa. La de Marco, más dulce, la chupé hondo, garganta relajada por práctica. Ellos gemían, "¡Qué rica boca, Laura!", manos en mi pelo, guiando sin forzar. El sonido de succiones, gargantas trabajando, saliva goteando. Mi mano se coló entre mis piernas, masturbándome al ritmo, piel resbalosa.

Esto es el paraíso, un trío sorpresa a esposa hecho realidad. Sus cuerpos sudorosos brillando, músculos tensos, venas marcadas. Quiero que me cojan ya.
Alex me levantó, me puso a cabalgarlo. Su verga entró de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome perfecto. ¡Uff! El roce interno, su pubis chocando mi clítoris. Marco detrás, untando lubricante fresco y mentolado en mi culo. Dedos primero, abriéndome despacio, el ardor placentero convirtiéndose en placer puro.

Entró lento, centímetro a centímetro. Sentí la presión doble, vergas frotándose separadas por una delgada pared, pulsando al unísono. "¡Sí, así, mi amor!" grité, mientras rebotaba. El slap slap de carne contra carne, sudores mezclándose, olores intensos de sexo y esfuerzo. Alex debajo, mamando mis tetas; Marco arriba, manos en mis caderas, nalgadas suaves que resonaban. Mi orgasmo vino como tsunami: contracciones salvajes, chorro caliente salpicando, visión borrosa de luces estallando.

Ellos no pararon. Cambios de posición: yo de lado, Alex en chochito, Marco en boca. Luego Marco debajo, yo cabalgando reversa, Alex en culo. Cada embestida profunda, prostatas rozando, gemidos guturales. "¡Me vengo, Laura!" rugió Marco primero, llenándome el culo con chorros calientes, viscosos. Alex salió, eyaculando en mis tetas, leche espesa goteando tibia.

Caímos exhaustos en madeja de miembros entrelazados. El aire pesado de sexo, respiraciones jadeantes calmándose. Besos suaves, caricias perezosas. Alex me limpió con toallitas húmedas frescas, Marco trajo agua con limón, refrescante y cítrica.

Esto no fue solo sexo, fue conexión, confianza absoluta. Mi trío sorpresa a esposa nos unió más.

Nos quedamos platicando en la cama, risas flojas. "¿Repetimos, wey?" bromeó Marco. Alex y yo nos miramos, sonriendo. "Cuando quieras, carnal". El amanecer pintó el cielo de rosa sobre la ciudad, y yo, entre sus brazos, sentí paz profunda, cuerpo saciado, alma plena. Un aniversario inolvidable, gracias a ese trío sorpresa a esposa que cambió todo para bien.

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