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Cancion del Tri Las Piedras Rodando Se Encuentran

7148 palabras

Cancion del Tri Las Piedras Rodando Se Encuentran

La noche en el antro de la Condesa estaba en su mero mole, con el rock mexicano retumbando en los parlantes como un corazón acelerado. Ana se recargaba en la barra, con una chela fría en la mano, sintiendo el vidrio empañado por el calor de su palma. El aire olía a tabaco viejo, perfume barato y ese sudor colectivo que se pega a la piel como una promesa. El Tri tronaba desde los bocinas, y de pronto, la letra de esa cancion del Tri las piedras rodando se encuentran letra le pegó directo en el pecho: "las piedras rodando se encuentran". Neta, qué chingona metáfora para la vida, pensó ella, mientras sus ojos barrían el lugar buscando algo, alguien que rodara hacia ella.

Ana tenía veintiocho, curvas que se marcaban bajo el vestido negro ajustado, y un tatuaje de calaverita en la nuca que asomaba cuando se recogía el pelo. Llevaba semanas sin acción, trabajando de diseñadora freelance en su depa de Polanco, sola con sus vibradores y series de Netflix. Pero esa noche, el destino —o las chelas— le tenía preparada una sorpresa. Ahí estaba él, Marco, recargado a unos metros, con una camisa guinda desabotonada que dejaba ver un pecho moreno y velludo. Alto, fornido como jugador de fut, con ojos cafés que brillaban bajo las luces neón. La miró, y Ana sintió un cosquilleo en el estómago, como si las piedras de la canción empezaran a rodar.

¿Y si esta noche las piedras se encuentran de una chingada vez? No seas pendeja, Ana, acércate.

Él levantó su vaso de tequila en un brindis silencioso, y ella, con el pulso latiéndole en las sienes, caminó hacia allá. El bajo de la canción vibraba en su pecho, haciendo que sus tetas rebotaran un poquito con cada paso. "Qué onda, güey", dijo ella, con esa voz ronca que usaba cuando coqueteaba. "Fan del Tri, ¿verdad? Esa letra de las piedras rodando se encuentran me trae loca". Marco sonrió, mostrando dientes blancos y perfectos. "Neta, carnala. Es como nosotros, rodando por la vida hasta chocar". Su voz era grave, con acento chilango puro, y olía a colonia barata mezclada con hombre sudado. Se tocaron los vasos, y el tintineo fue como un beso preliminar.

Hablaron de música, de El Tri en el Vive Latino, de cómo la letra de esa canción les recordaba amores fugaces. Ana sentía su mirada bajando por su escote, y no le molestaba; al contrario, le encendía la piel. Pidieron otra ronda, y él le rozó el brazo al pasarle la sal para el tequila. Ese toque fue eléctrico: piel contra piel, cálida y áspera. Órale, qué rico se siente, pensó ella, mientras lamía la sal de su mano, mirándolo fijo. Él tragó saliva, y Ana vio cómo su nuez se movía, imaginando esa garganta en otros sitios.

La pista de baile los llamó. La canción cambió a algo más movido, pero el ritmo seguía latiendo en sus venas. Marco la jaló por la cintura, y bailaron pegados, sus caderas chocando como las piedras de la letra. Ella sentía su verga endureciéndose contra su muslo, dura y caliente a través del pantalón. "Me traes bien puesto, morra", le murmuró al oído, su aliento caliente oliendo a tequila y menta. Ana se arqueó contra él, presionando sus nalgas contra esa bultona, y gimió bajito. El sudor les perlaba la frente, mezclándose en sus cuellos. Sus manos exploraban: las de él en su cintura, bajando a sus pompis; las de ella en su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa.

Acto dos: la escalada. No aguantaron más. "Vamos a mi depa, está cerca", dijo él, y Ana asintió, con el coño palpitándole de anticipación. Salieron al fresco de la noche, el viento secándoles el sudor, caminando rápido por las calles empedradas de la Condesa. Se besaron en la esquina, voraces: labios carnosos chocando, lenguas enredándose con sabor a sal y alcohol. Él la aprentó contra un poste, manoseándole las tetas por encima del vestido, pellizcando los pezones endurecidos. Ana jadeaba, oliendo su aroma masculino, sintiendo su corazón galopando contra el suyo.

En el depa, un loft chiquito pero chido con posters de rock en las paredes, la cosa se puso seria. Marco la cargó como si nada, piernas de ella alrededor de su cintura, y la tiró en la cama king size. Luces tenues de la ciudad entraban por la ventana, bañándolos en azul. Se desnudaron despacio, saboreando. Él le quitó el vestido, besando cada centímetro de piel expuesta: el ombligo, las caderas anchas, las estrías plateadas que ella odiaba pero él lamía como tesoro. "Eres una chulada, Ana", gruñó, mientras ella le bajaba el bóxer, liberando esa verga gruesa, venosa, con el glande brillando de precum.

¡Qué pingón! Quiero sentirlo adentro, partiéndome en dos.

Ana se arrodilló, oliendo su masculinidad: almizcle, sudor limpio. Lo tomó en la boca, chupando despacio, lengua girando alrededor del capuchón. Marco gemía, enredando dedos en su pelo negro. "Así, morrita, trágatela toda". Ella lo hizo, garganta relajada, saliva chorreando por la barbilla. Él la levantó, la tumbó y se hundió entre sus muslos. Su lengua en el clítoris fue fuego: lamidas largas, succiones suaves, dedos curvados dentro, tocando ese punto que la hacía arquearse. Ana gritaba, uñas clavadas en su espalda, el olor de su coño mojado llenando la habitación. "¡No pares, cabrón! ¡Me vengo!" Y explotó, jugos salpicando su cara, cuerpo temblando como hoja.

Pero no pararon. Marco se puso condón —siempre responsable, qué chido— y la penetró de misionero, lento al principio. Ana sentía cada vena estirándola, llenándola hasta el fondo. "¡Más duro, wey!", rogó, y él obedeció, embistiéndola como pistón, camas rechinando. Sudor goteaba de su frente a sus tetas, que rebotaban con cada choque. Cambiaron: ella encima, cabalgándolo, nalgas aplastándose contra sus bolas, clítoris frotándose en su pubis. Él le azotaba las pompis suave, "qué rica panocha, tan apretada". El aire olía a sexo puro: fluidos, piel caliente, gemidos roncos.

La tensión subía como la canción del Tri, rodando, rodando hacia el clímax. Ana sentía el orgasmo construyéndose en el vientre, un nudo apretado. Marco la volteó a perrito, jalándole el pelo, penetrando profundo. "¡Dime que te gusta, pinche caliente!", jadeó él. "¡Sí, rómpeme, amor!", chilló ella. Y vinieron juntos: él gruñendo, llenando el condón; ella convulsionando, chorros calientes bajando por sus muslos. Colapsaron, jadeantes, piel pegajosa, corazones tronando al unísono.

En el afterglow, recostados con sábanas revueltas, Marco encendió un cigarro —ella no fumaba pero inhaló el humo secundario, embriagador. "Como la letra esa, ¿no? Las piedras rodando se encuentran", dijo él, acariciándole el vientre. Ana sonrió, besándole el pecho salado. Neta, qué chingón encuentro. Se quedaron así, hablando pendejadas hasta el amanecer, con la ciudad despertando afuera. No fue amor eterno, pero esa noche, las piedras rodaron perfectas, chocando en éxtasis puro. Y Ana supo que volvería a rodar, buscando más letras vivas como esa canción del Tri.

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