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La Tríada de Cid

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La Tríada de Cid

La noche en Polanco estaba viva con ese bullicio elegante que solo México City sabe armar. Luces de neón parpadeando en las fachadas de los bares, risas flotando en el aire cargado de perfume caro y humo de cigarros electrónicos. Yo, Ana, acababa de entrar al rooftop de un antro chido, con mi vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa urbana. No buscaba nada serio, solo soltar el estrés de la chamba en la agencia de publicidad. Pero entonces los vi: Cid y Sofía, bailando pegaditos, sus cuerpos moviéndose al ritmo de un reggaetón pesado que retumbaba en mi pecho.

Cid era alto, moreno, con esa barba recortada que picaba la imaginación y ojos verdes que te clavaban como alfileres. Sofía, su pareja, una morra de curvas generosas, cabello negro largo y una sonrisa pícara que prometía travesuras. Me pillaron mirándolos y en lugar de ignorarme, Cid levantó su copa de tequila en un brindis silencioso. Órale, ¿qué pedo? pensé, mientras mi pulso se aceleraba. Me acerqué a la barra, pedí un paloma con sal, y de repente Sofía estaba a mi lado, su perfume de jazmín invadiendo mi espacio.

¿Quieres unirte a la fiesta, preciosa? Cid y yo estamos armando algo especial esta noche.

Su voz era ronca, como miel caliente. Le seguí la corriente, charlando de tonterías: el pinche tráfico de Reforma, lo chafa que estaba el clima en la CDMX últimamente. Pero el aire entre nosotros tres se cargaba de electricidad. Cid se acercó por detrás de Sofía, su mano grande posándose en su cadera, y me miró directo a los ojos.

Neta, Ana, tienes una vibra que nos prende –dijo él, con esa voz grave que me erizaba la piel–. ¿Has oído de la tríada de Cid? Es como un ritual nuestro, tres almas conectando sin pendejadas.

Mi corazón dio un brinco. Tríada de Cid. Sonaba a algo prohibido pero chingón, una invitación a soltarme del todo. No era la primera vez que fantaseaba con algo así, pero ¿con extraños tan cabrones? El deseo me picaba entre las piernas, un calor húmedo que ya mojaba mis panties. Acepté, claro que sí, y salimos al valet, subiendo a su camioneta Explorer negra, olía a cuero nuevo y a su colonia masculina mezclada con el jazmín de ella.

En el camino a su depa en Lomas, la tensión crecía como tormenta. Sofía iba en el asiento de atrás conmigo, su muslo rozando el mío, mientras Cid manejaba con una mano en el volante y la otra estirada hacia nosotros. Sus dedos trazaron mi rodilla, subiendo despacio, enviando chispas por mi espina. Esto va en serio, pensé, mordiéndome el labio. El tráfico nos daba tiempo: besos suaves al principio, su lengua saboreando mi boca con gusto a tequila y menta, mientras Cid nos veía por el retrovisor, gruñendo bajito.

Mierda, qué rico se siente esto. No hay vuelta atrás, Ana. Déjate llevar, carajo.

Llegamos al penthouse, un lugar de ensueño con vistas al Castillo de Chapultepec iluminado. Puertas de vidrio, muebles minimalistas de madera clara, y un balcón con jacuzzi burbujeante. Cid puso música suave, algo de Natalia Lafourcade mezclado con beats electrónicos, volumen bajo para que nuestros jadeos lo opacaran. Nos sirvieron shots de mezcal ahumado, el humo picante en la garganta avivando el fuego interno.

La escalada empezó en la sala. Sofía me quitó el vestido con manos expertas, sus uñas rojas arañando mi piel suave, dejando rastros rosados que ardían delicioso. –Mira qué chula estás, Ana –susurró, sus labios rozando mi cuello, oliendo a deseo puro. Cid nos observaba, quitándose la camisa, revelando un torso marcado por gym, pectorales duros que pedían ser lamidos. Me uní a Sofía en arrodillarnos frente a él, nuestras manos explorando su bulto hinchado bajo los jeans. Lo bajamos juntos, su verga saltando libre, gruesa y venosa, con un olor almizclado que me hizo salivar.

Lo chupamos a dúo, mi lengua lamiendo la base mientras Sofía mamaba la punta, succionando con sonidos húmedos que llenaban la habitación. Cid gemía, –Puta madre, qué chingonas son, sus manos enredadas en nuestro pelo, guiándonos sin forzar. El sabor salado de su pre-semen en mi boca era adictivo, mezclado con el ahumado del mezcal en mi paladar. Mi coño palpitaba, empapado, rogando atención. Sofía lo notó y me tumbó en el sofá de terciopelo gris, suave contra mi espalda desnuda.

Su boca bajó por mi cuerpo: pezones duros entre sus dientes, mordidas suaves que me arqueaban; vientre temblando bajo su lengua caliente; hasta llegar a mi monte de Venus depilado. Separó mis labios con dedos jugosos, inhalando mi aroma almizclado.Hueles a miel, nena –dijo, antes de hundir la cara. Su lengua danzaba en mi clítoris hinchado, círculos rápidos que me hacían jadear alto, órale, no pares. Cid se unió, su verga frotándose en mis tetas, pezones rozando su piel salada.

La intensidad subía. Me voltearon, yo de rodillas en el piso alfombrado, Sofía debajo de mí en 69, su coño rosado y jugoso abierto ante mis ojos. Lamí su clítoris, saboreando su néctar dulce-ácido, mientras ella devoraba el mío. Cid se posicionó atrás, su punta presionando mi entrada húmeda. –¿Lista para la tríada de Cid, amor? –gruñó. Asentí, empujando contra él. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso, su grosor llenándome hasta el fondo. El slap de sus caderas contra mi culo resonaba, sudor perlando su piel, goteando en mi espalda.

Esto es puro éxtasis, joder. Su verga me parte en dos, pero duele tan chido. Sofía gimiendo en mi coño, yo en el de ella... somos una máquina de placer.

Cambiamos posiciones como en un baile coreografiado. Cid me penetró misionero mientras Sofía se sentaba en mi cara, su culo redondo ahogándome en jugos. La vista de sus nalgas moviéndose, el olor intenso de su excitación, el sabor inundando mi boca. Cid aceleraba, sus bolas golpeando mi perineo, gruñidos animales saliendo de su garganta. Sofía se corrió primero, temblando sobre mí, chorros calientes en mi lengua. Yo la seguí, un orgasmo que me convulsionaba, paredes vaginales apretando la verga de Cid como un puño.

Pero no paró. Me montó a mí ahora, yo encima de Sofía, nuestras tetas rozándose, pezones duros chocando. Cid embestía desde abajo, sus manos amasando mi culo. El sudor nos unía, piel resbaladiza, sonidos de carne mojada y gemidos en eco. –¡Córrete conmigo, pendejos! –grité, y explotamos juntos. Cid se vació dentro de mí, chorros calientes inundándome, mientras Sofía frotaba mi clítoris para alargar el placer. El mundo se volvió blanco, pulsos retumbando en oídos, músculos temblando en aftershocks.

Colapsamos en un enredo de cuerpos exhaustos, el aire pesado con olor a sexo: semen, sudor, coños satisfechos. Cid nos besó a ambas, su barba raspando tiernamente. Sofía acarició mi mejilla, –Bienvenida a la tríada de Cid, Ana. Esto fue solo el principio.

Nos arrastramos al jacuzzi en el balcón, agua caliente burbujeando alrededor de nuestras pieles enrojecidas. El skyline de la ciudad brillaba abajo, indiferente a nuestro paraíso privado. Bebimos agua fría con limón, riendo de lo intenso que había sido. Mi cuerpo zumbaba de satisfacción, músculos laxos, un glow interno que me hacía sentir poderosa, deseada.

Neta, nunca pensé que una noche random me daría esto. Cid y Sofía no son solo cuerpos calientes; hay conexión, respeto, puro fuego mutuo. ¿Volveré? Pinche sí, esta tríada me tiene enganchada.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, nos despedimos con promesas de más. Bajé del elevador flotando, el recuerdo de sus toques tatuado en mi piel, el sabor de ellos en mis labios. La vida en la CDMX acababa de volverse mucho más interesante.

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