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Álbum El Tri Sinfónico Pasión Desnuda

6237 palabras

Álbum El Tri Sinfónico Pasión Desnuda

La luz tenue del atardecer se colaba por las cortinas de mi depa en la Roma, pintando todo de un naranja cálido que hacía que el aire se sintiera pesado, cargado de promesas. Yo, Ana, acababa de llegar de un día eterno en la oficina, con el cuerpo pidiendo a gritos un poco de relax. Mi carnal Marco me había invitado a pasar la noche, neta que no lo veía en semanas. Él siempre tenía esa vibra rockera, con su pelo revuelto y esa sonrisa pícara que me hacía cosquillas en el estómago.

—Pásale, morra —me dijo abriendo la puerta, con una chela en la mano y el olor a tacos de suadero flotando desde la cocina—. Hoy te voy a volar la cabeza con algo chido.

Entré y el sonido de una guitarra eléctrica envuelta en cuerdas sinfónicas me golpeó de inmediato. Era el álbum El Tri Sinfónico, esa joya donde los trallazos crudos de El Tri se fundían con la elegancia de una orquesta. El bajo retumbaba en mi pecho, vibrando como un latido acelerado. Marco me miró con ojos brillantes, como si supiera exactamente lo que esa música me hacía.

¿Por qué carajos este wey siempre sabe cómo encender el ambiente? Esa sinfonía rockera me pone la piel de gallina, como si cada nota me acariciara el alma.

Nos sentamos en el sofá de piel suave, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío. El primer track, con su intro orquestal, llenaba el cuarto, y el aroma de su colonia mezclada con el humo leve de su cigarro me envolvía. Tomamos chelas frías, chocando las botellas con un clink que sonó como un beso robado. Hablamos de la vida, de conciertos pasados, de cómo el álbum El Tri Sinfónico era como un abrazo rebelde, crudo pero sofisticado.

La tensión crecía con cada canción. Sus dedos rozaron mi mano al pasarme la chela, y un escalofrío me recorrió la espalda. Olía a él, a hombre sudado del gym, mezclado con el picor de la salsa en los tacos que devoramos. Mi corazón latía al ritmo del tambor sinfónico, fuerte, insistente.

Acto dos: la escalada. La música subió de volumen cuando empezó "Abuso de Autoridad", pero en versión sinfónica, con violines que gemían como amantes. Marco se paró y me tendió la mano.

—Baila conmigo, Ana. Siente esto en las venas.

No pude decir que no. Nos pegamos en medio de la sala, sus caderas contra las mías, moviéndonos al pulso orquestal. Su aliento caliente en mi cuello, el roce de su camiseta contra mi blusa de tirantes. Neta, mi cuerpo respondía solo, los pezones endureciéndose bajo la tela fina. Sus manos bajaron por mi espalda, deteniéndose en la curva de mis nalgas, apretando suave pero firme.

¡Qué chingón se siente esto! Su verga ya se nota dura contra mi vientre, y yo estoy mojada como nunca. Esa música nos está follando a los dos.

La siguiente rola, con trompetas que tronaban como truenos, nos llevó al límite. Me giró, presionándome contra la pared, sus labios devorando los míos. Sabían a chela y a chile, un beso hambriento, lenguas enredadas como las cuerdas de la sinfónica. Deslicé mis manos bajo su playera, sintiendo los músculos tensos de su abdomen, el vello áspero que me erizaba la piel. Él gimió bajito, un sonido gutural que se mezcló con el solo de guitarra.

Caímos al sofá, ropa volando. Mi blusa al piso, revelando mis tetas libres, y él las miró con hambre, lamiendo sus labios. Chingao, qué rico su mirada. Bajó la cabeza, chupando un pezón mientras su mano se colaba en mi falda, dedos expertos encontrando mi chochita empapada. Jadeé, arqueándome, el olor a sexo empezando a perfumar el aire, almizclado y dulce.

—Estás mojadísima, nena —murmuró contra mi piel, voz ronca como la de Alex Lora en el track que sonaba.

Le quité el pantalón, liberando su verga gruesa, palpitante. La toqué, suave al principio, sintiendo las venas hinchadas bajo mi palma. Él gruñó, empujándome de vuelta, besando mi ombligo, bajando hasta mi entrepierna. Su lengua en mi clítoris fue fuego puro, lamiendo lento, círculos que me hacían retorcer. El álbum seguía, ahora una balada sinfónica que gemía con nosotros, violines llorando placer.

Mi mente era un torbellino:

¡No pares, wey! Esto es mejor que cualquier concierto. Su boca me está llevando al cielo.
Gemí fuerte, manos enredadas en su pelo, caderas moviéndose solas. El orgasmo me golpeó como un crescendo orquestal, olas de placer sacudiéndome, jugos corriendo por sus labios.

Pero no paró ahí. Me volteó, poniéndome a cuatro, su verga rozando mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! Tan grueso, estirándome delicioso. Empezó a bombear, lento al principio, al ritmo de la batería sinfónica, luego más rápido, piel contra piel chapoteando. Sudor goteando, olor a nosotros invadiendo todo. Agarró mis caderas, follándome profundo, sus bolas golpeando mi clítoris.

¡Qué rico te sientes, Ana! Tan apretadita.

Yo respondía con gemidos, empujando hacia atrás, perdida en la sinfonía de nuestros cuerpos. El álbum llegaba a su clímax, trombones rugiendo, y nosotros con él. Sentí su verga hincharse, mis paredes contrayéndose. Gritamos juntos, él llenándome con chorros calientes, yo explotando de nuevo, piernas temblando.

Acto tres: el afterglow. Colapsamos en el sofá, jadeantes, la música bajando a un fade out suave. Su semen goteaba de mí, cálido en mis muslos. Nos abrazamos, piel pegajosa de sudor, corazones latiendo al unísono. El aroma a sexo y chela nos envolvía como una manta. Besos suaves ahora, tiernos.

El álbum El Tri Sinfónico siempre hace magia, ¿verdad? —dijo él, acariciando mi pelo.

Sonreí, exhausta pero plena.

Esto no fue solo sexo, fue una puta sinfonía en mi cuerpo. Con este wey, cada noche es un concierto inolvidable.

Nos quedamos así, envueltos en la última nota flotante, sabiendo que la pasión renacería con el próximo play. La noche se cerraba con promesas, el DF zumbando afuera, pero adentro, solo nosotros y esa música eterna.

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