Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Bedoyecta Tri Benavides la Inyección Prohibida Bedoyecta Tri Benavides la Inyección Prohibida

Bedoyecta Tri Benavides la Inyección Prohibida

5735 palabras

Bedoyecta Tri Benavides la Inyección Prohibida

Entré a la Farmacia Benavides con el cuerpo hecho pedazos, neta que el pinche trabajo me tenía jodido. El calor de Monterrey pegaba como plomo derretido, y yo sudando como pendejo, con las piernas flojas y la cabeza que no daba pa' más. Bedoyecta Tri, eso era lo que necesitaba, una buena inyección pa' recargarme las pilas. La farmacia estaba casi vacía, solo un par de abuelitas comprando sus medicinas y el aire acondicionado zumbando fresco.

Ahí la vi, detrás del mostrador de aplicaciones. Se llamaba Karla, o al menos eso decía su bata blanca ceñida que marcaba unas curvas de infarto. Morena clarita, con el cabello negro recogido en una cola alta, labios carnosos pintados de rojo y unos ojos cafés que te miraban como si ya supieran todos tus secretos. Órale, carnal, esta tipa está cañón, pensé mientras me acercaba, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no era solo cansancio.

—Buenas tardes, ¿en qué le ayudo? —me dijo con una sonrisa pícara, voz suave como miel de maguey.

—Bedoyecta Tri, porfa. Me siento hecho mierda —le contesté, tratando de sonar casual, pero mi mirada se clavó en el escote de su bata, donde asomaba un pedacito de encaje negro.

Me llevó a la salita de atrás, un cuartito chiquito con una camilla, posters de vitaminas en las paredes y ese olor a desinfectante mezclado con algo floral, como su perfume. Me senté en la camilla, me remangué la camisa y ella preparó la jeringa con manos expertas. Sus uñas rojas brillaban bajo la luz fluorescente.

—Relájate, güey, esto te va a poner como toro —me guiñó el ojo mientras limpiaba mi nalga con alcohol. El frío del algodón me erizó la piel, y sentí su aliento cálido cerca, oliendo a chicle de fresa.

¿Qué chingados? ¿Por qué mi verga ya se está parando?
Su toque era firme pero suave, profesional, pero con un roce extra que me hizo tragar saliva.

La aguja picó rápido, un ardor chiquito que se expandió como fuego líquido por mis venas. Ella masajeó el sitio de la inyección, su palma caliente presionando mi carne, y juro que gemí bajito sin querer. —Ya está, listo pa' conquistar el mundo —rió, pero no se apartó. Sus ojos bajaron a mi entrepierna, donde mi pantalón ya delataba el bulto.

Neta que esta Bedoyecta Tri Benavides es la buena, ¿verdad? —le dije, girándome pa' mirarla de frente. Ella se mordió el labio, se acercó más, su cadera rozando mi rodilla.

—Sí, pero a veces hay efectos secundarios... como calorcito extra —susurró, y su mano subió por mi muslo, juguetona. El corazón me latía a mil, el aire se sentía espeso, cargado de su aroma a vainilla y sudor dulce. No lo pensé dos veces; la jalé por la cintura, atrayéndola contra mí. Sus tetas se aplastaron contra mi pecho, suaves y firmes bajo la bata.

Nos besamos como hambrientos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a menta y deseo. Manos por todos lados: las mías desabotonando su bata, revelando lencería roja que contrastaba con su piel canela. Ella me quitó la camisa, arañando mi espalda con uñas que dolían rico. Esto es lo que necesitaba, no solo vitaminas, carnal.

La acosté en la camilla, el plástico crujiendo bajo su peso. Le bajé los panties despacio, oliendo su excitación, ese musk almizclado que me volvía loco. Sus labios vaginales brillaban húmedos, rosados y hinchados. La lamí con ganas, lengua plana recorriendo su clítoris, saboreando su salado dulce. Ella jadeaba, "¡Ay, wey, qué rico!", arqueando la espalda, sus muslos temblando contra mis orejas. El sonido de su respiración agitada llenaba el cuartito, mezclado con el zumbido del A/C.

Me puse de pie, me bajé el pantalón y mi verga saltó libre, dura como piedra gracias a esa pinche Bedoyecta Tri. Ella la tomó en su mano, piel contra piel caliente, masturbándome lento mientras me miraba con ojos de fuego. —Métemela ya, pendejo —exigió, voz ronca.

La penetré de un solo empujón, su coño apretado y resbaloso envolviéndome como terciopelo mojado. Gemimos juntos, el slap-slap de carne contra carne resonando. La embestí profundo, sintiendo cada vena de mi polla rozando sus paredes internas, su calor pulsando. Sudábamos, pieles pegajosas deslizándose, olor a sexo crudo impregnando el aire. Ella clavaba uñas en mis hombros, "Más fuerte, cabrón, rómpeme", y yo obedecía, el ritmo acelerando como tambores de fiesta.

La volteé, de perrito sobre la camilla, nalgueándola suave mientras la cogía por atrás. Su culo perfecto rebotaba, redondo y firme, y alcancé su clítoris con dedos, frotando círculos. Ella gritaba bajito pa' no armar escándalo,

¡Qué chingón se siente esto, Karla es una diosa!
El clímax se acercaba, mis bolas apretadas, su coño contrayéndose alrededor mío.

—Me vengo, amor —gruñí, y ella empujó contra mí.

—Dentro, lléname —jadeó.

Exploto en chorros calientes, llenándola mientras ella se corría, temblores sacudiéndola, jugos mezclándose con mi semen chorreando por sus muslos. Nos quedamos pegados, respirando pesado, el afterglow envolviéndonos como niebla tibia. Su piel olía a nosotros, salada y satisfecha.

Nos vestimos riendo bajito, ella peinándose el pelo revuelto. —Vuelve por otra Bedoyecta Tri Benavides cuando quieras, mi rey —me dijo con guiño, besándome la mejilla.

Salí de la farmacia con el cuerpo vivo, energía pura corriendo por mis venas, no solo por la inyección sino por ella. Neta, esto es vida. El sol de Monterrey ya no quemaba tanto, y yo caminaba con una sonrisa pendeja, sabiendo que regresaría pronto.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.