Relatos Salvajes
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Tri Luma Crema Galderma Despierta Pieles Ardientes

6903 palabras

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Me miré al espejo de mi recámara en Polanco, con esa luz suave del atardecer colándose por las cortinas de lino. Mi piel, morena y suave como el chocolate mexicano, tenía unas manchitas rebeldes en las mejillas que me tenían harta. Neta, ¿por qué la vida me ponía estas trabas? Pero ahí estaba mi salvación: el tubo de Tri Luma crema Galderma, ese milagro suizo que prometía uniformar mi tez. Lo exprimí en mis dedos, el aroma fresco y medicinal me invadió las fosas nasales, como un susurro de limón y flores silvestres. Lo unté despacio, sintiendo la frescura deslizarse por mis pómulos, bajando al cuello, hasta los senos que asomaban en el escote de mi blusa. La textura era como seda líquida, absorbiéndose en segundos, dejando mi piel tersa, lista para brillar.

Me puse un vestido rojo ceñido, chulo de verdad, que abrazaba mis curvas como un amante impaciente. Esa noche tenía cita con Marco, ese galán de ojos negros y sonrisa pícara que me hacía mojarme con solo pensarlo. Nos conocimos en una fiesta en la Roma, bailando salsa hasta el amanecer. Él, con su camisa ajustada marcando pectorales duros, y yo sintiéndome reina. Pero hoy, con la Tri Luma crema Galderma haciendo de las suyas, me sentía invencible.

Si mi piel está perfecta, ¿qué hombre me resiste?
pensé, mientras me rociaba perfume de vainilla en las muñecas.

El restaurante en la Condesa olía a tacos al pastor y velas de cera de abeja. Marco llegó puntual, oliendo a colonia fuerte, como tabaco y madera. Sus ojos se clavaron en mi cara. —Órale, mami, ¿qué te pasó? Estás radiante, como si hubieras bebido elixir de diosa azteca. Su voz grave me erizó la piel. Le conté del Tri Luma crema Galderma, cómo me había devuelto la confianza. Él sonrió, rozando mi mano con sus dedos callosos de tanto gym. —Pues pruébame esa crema después, a ver si me deja la piel tan suave como la tuya. Reí, sintiendo el calor subir por mi entrepierna. Cenamos langosta y mezcal, sus pies jugando con los míos bajo la mesa, el roce de sus zapatos contra mis sandalias enviando chispas por mis piernas.

De regreso a mi depa, el taxi nos mecía con su ronroneo. Marco me besó el cuello, inhalando profundo. —Hueles a deseo puro, carnala. Su aliento cálido contra mi oreja me hizo jadear. Entramos tambaleándonos, riendo como pendejos. Cerré la puerta y lo empujé contra la pared, mis labios devorando los suyos. Sabían a mezcal ahumado y promesas sucias. Sus manos grandes subieron por mi espalda, bajando la cremallera del vestido. —Tu piel... es una puta obra de arte, murmuró, mientras sus dedos trazaban las líneas de mis hombros, ahora impecables gracias a la crema.

Lo llevé al baño, iluminado por velas de coco que perfumaban el aire. —Mira esto, le dije, sacando el tubo de Tri Luma crema Galderma. —Es mi secreto para esta suavidad que te vuelve loco. Él rio, quitándome el vestido de un tirón. Quedé en lencería negra, tetas firmes empujando el encaje. Marco se desabrochó la camisa, revelando su torso tatuado con águilas y serpientes prehispánicas. Unté crema en mis palmas y la pasé por su pecho, el frescor contrastando con su calor animal. Gimió bajo, —Joder, qué chingón se siente. Sus pezones se endurecieron al toque, y yo lamí uno, saboreando sal y crema, un cóctel adictivo.

Nos mudamos a la cama king size, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros. Marco me tumbó boca arriba, sus ojos devorando mi cuerpo. —Déjame adorarte, dijo, besando mi ombligo. Sus labios bajaron, rozando el borde de mis panties. El aroma de mi excitación flotaba, almizclado y dulce como miel de maguey. Me quitó la tanga con dientes, exponiendo mi concha depilada, húmeda y palpitante.

Esto es lo que provoca la confianza, cabrón
, pensé, arqueando la espalda.

Su lengua experta lamió mis labios mayores, saboreando mis jugos. —Estás empapada, reina. El sonido húmedo de su chupeteo llenaba la habitación, mezclado con mis gemidos ahogados. Sentí su barba raspando mis muslos internos, un picor delicioso que me hacía retorcer. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos contra mi punto G. El placer subía como lava del Popo, tensándome los músculos. —Más, pendejo, no pares, le supliqué, clavando uñas en su nuca. Él aceleró, su boca succionando mi clítoris hinchado, hasta que exploté en un orgasmo que me dejó temblando, estrellas bailando en mis párpados.

Pero no paró ahí. Marco se puso de rodillas, sacando su verga gruesa, venosa, goteando precum. —Tómala, mi amor. La agarré, sintiendo su pulso en mi palma, caliente como hierro forjado. La lamí desde la base, saboreando su esencia salada, hasta meterla entera en mi boca. Él gruñó, —Sí, así, chúpamela como puta experta. El gluglú de mi garganta lo enloqueció, sus caderas empujando suave. Lo monté entonces, guiando su pija a mi entrada resbaladiza. Deslicé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome al límite. —Estás tan apretada, tan perfecta, jadeó él, manos en mis caderas.

Cabalgaba como en rodeo, tetas rebotando, sudor perlando mi piel ahora impecable. El slap-slap de carne contra carne resonaba, olía a sexo crudo y crema fresca. Marco se incorporó, mamando mis pezones mientras yo giraba las caderas, frotando mi clítoris contra su pubis.

La Tri Luma crema Galderma no solo aclaró mi piel, me dio el poder de follar como diosa
, reflexioné en medio del éxtasis. Él volteó posiciones, poniéndome a cuatro patas. Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando mi culo. —Te voy a romper, guapa. Cada embestida era un trueno, mi coño contrayéndose alrededor de él. Grité su nombre, el orgasmo segundo me azotó como tormenta, lecheándome por dentro.

Marco se tensó, —Me vengo, carajo. Se sacó y eyaculó en mi espalda, chorros calientes salpicando mi piel suave. Colapsamos, jadeantes, su semen resbalando tibio. Me volteó, besándome con ternura. —Eres lo máximo, neta. Esa crema tuya es mágica. Reí, limpiándonos con toallas suaves que olían a lavanda. Nos acurrucamos bajo las sábanas, su brazo alrededor de mi cintura, el corazón latiéndole contra mi espalda.

Al amanecer, el sol pintaba mi piel dorada. Marco dormía, pacífico. Toqué mi rostro, terso y radiante por la Tri Luma crema Galderma. No solo borró manchas, despertó algo salvaje en mí. Esto apenas empieza, cabrón, susurré, besando su hombro. La noche había sido fuego, y el afterglow, puro terciopelo. Mi confianza, ahora eterna, prometía más noches así: pieles ardientes, cuerpos entrelazados, placer sin fin.

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