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La Triada Rogeriana del Deseo Insaciable

7442 palabras

La Triada Rogeriana del Deseo Insaciable

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y jazmín fresco, con esa brisa del Pacífico que te acaricia la piel como un amante juguetón. Yo, Ana, acababa de llegar a la villa de mi carnala Carla, una morra exitosa en el negocio de los hoteles boutique. Su carnal Diego, alto, moreno y con esa sonrisa pícara que te hace mojar de solo verla, me abrió la puerta con una chela helada en la mano. Órale, qué chido estar aquí con ellos, pensé mientras el calor de sus miradas me envolvía como una cobija tibia.

Habíamos planeado una escapada de fin de semana para desconectarnos del pedo de la Ciudad de México. Cenamos tacos de mariscos recién pescados, con limón chorreando y salsa que picaba rico en la lengua. La plática fluyó entre risas y anécdotas, pero debajo de todo había una tensión, un cosquilleo en el aire que me hacía apretar los muslos bajo la mesa. Carla, con su pelo negro suelto y ese vestido ajustado que marcaba sus curvas perfectas, me rozó la pierna "sin querer". Diego lo notó y soltó un no mames, qué buena onda con los ojos brillando.

Después de unas chelas y un poco de mota suave para relajar el cuerpo, Carla se recargó en mi hombro. Órale, Ana, ¿te has preguntado cómo sería una triada rogeriana? me dijo con voz ronca, como si el deseo le raspaba la garganta. Yo parpadeé, el corazón latiéndome como tambor en las costillas. ¿Qué chingados es eso? pregunté, aunque ya sentía el calor subiendo por mi entrepierna.

Es cuando tres personas se unen en un ritual de ruegos y placeres, explicó Diego, su voz grave vibrando en el aire cargado de olor a mar y sudor fresco. Cada uno ruega por el toque del otro, sin prisa, dejando que el deseo crezca hasta que explote. Como rogar por un beso, por una caricia, hasta que no aguantes más. Sus palabras me pintaron imágenes en la mente: bocas húmedas, pieles rozándose, gemidos suplicantes. Neta, esto suena a lo más cabrón que he oído, pensé, mientras mi piel se erizaba como si ya me tocaran.

El principio de nuestra triada rogeriana empezó con miradas. Nos sentamos en el sofá amplio de la terraza, con el sonido de las olas rompiendo a lo lejos y la luna iluminando nuestros cuerpos. Carla me miró primero. Ana, por favor... tócame el cuello, rogó con voz temblorosa, sus ojos verdes clavados en los míos. Extendí la mano despacio, sintiendo el pulso acelerado bajo su piel suave, cálida como arena del mediodía. Ella suspiró, un sonido que me recorrió la espina dorsal como electricidad.

Yo no aguanté. Diego, rógame que te bese, le pedí, mi voz saliendo entrecortada. Él se acercó gateando, su aroma masculino a colonia y sal llenándome las fosas nasales. Ana, por favor, dame tu boca, suplicó, y cuando nuestros labios se juntaron, fue como fuego lento: su lengua explorando la mía con sabor a tequila y deseo puro. Carla observaba, mordiéndose el labio, sus manos apretando los cojines.

La tensión crecía con cada rogo.

Esto es una locura deliciosa, mi cuerpo arde y ni siquiera me han quitado la ropa
, pensé mientras Diego me besaba el lóbulo de la oreja, su aliento caliente provocándome escalofríos. Carla se unió, rogándome: Ana, déjame probar tu piel... Sus labios descendieron por mi clavícula, dejando un rastro húmedo que olía a su perfume floral mezclado con el mío. Le rogué a Diego que me quitara el top, y cuando lo hizo, el aire fresco de la noche me endureció los pezones al instante.

Nos movimos al cuarto principal, una cama king size con sábanas de algodón egipcio que crujían bajo nuestros pesos. El olor a sexo empezaba a impregnar el aire: almizcle dulce de mi excitación, el salado de Diego, el jazmín de Carla. Yo estaba en el centro, sintiendo sus cuerpos presionando contra el mío. Carla, por favor, chúpame las tetas, supliqué, y ella obedeció con avidez, su lengua girando alrededor de mis pezones rosados, enviando ondas de placer directo a mi clítoris palpitante. Diego me rogó: Ana, tócame la verga, siente lo duro que estoy por ti. Mi mano envolvió su miembro grueso, caliente, latiendo como un corazón salvaje, la piel sedosa sobre la rigidez que me hacía salivar.

La escalada fue brutal en su lentitud. Cada rogo era un paso más profundo en la triada rogeriana. Carla se quitó el vestido, revelando su cuerpo atlético, depilado, brillando bajo la luz tenue. Diego, méteme los dedos, pero róga(me) primero, le pidió ella, y él, con ojos en llamas, se hincó entre sus piernas abiertas. Carla, déjame probar tu panocha jugosa, suplicó antes de hundir la lengua en ella. Los gemidos de Carla llenaron la habitación, un sonido gutural, animal, que me hacía apretar las piernas para contener el flujo de mi propia humedad.

Yo no podía esperar más. Chínguenme los dos, por favor, rogué, mi voz quebrada por la necesidad. Diego se posicionó detrás de mí, su verga presionando mi entrada resbaladiza, mientras Carla se acostaba frente a mí, abriendo las piernas para que yo la lamiera. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con un ardor delicioso que me arrancó un grito. Sí, así, cabrón, lléname, pensé mientras embestía, su pelvis chocando contra mis nalgas con palmadas húmedas. Mi lengua encontró el clítoris de Carla, salado y hinchado, saboreando su esencia mientras ella rogaba: Más, Ana, no pares, qué rico tu boca.

El ritmo se volvió frenético. Sudor perlando nuestras pieles, mezclándose en charcos calientes donde nos tocábamos. Diego aceleraba, sus manos apretando mis caderas, gruñendo Ana, tu coño me aprieta tan chingón. Carla se arqueaba bajo mi boca, sus muslos temblando alrededor de mi cabeza, el olor a sexo intenso como una droga. Sentía mi orgasmo construyéndose, una ola gigante en el estómago, mientras rogaba en silencio por la liberación.

Explotamos juntos. Carla primero, gritando ¡Me vengo, pinche triada rogeriana del demonio!, su cuerpo convulsionando, jugos inundando mi boca con sabor dulce y salado. Eso me empujó al borde: mi clítoris latiendo contra los dedos de Carla que lo frotaba furiosamente, mientras Diego me taladraba profundo, su verga hinchándose. Vente conmigo, amor, rogué mentalmente, y él lo hizo, llenándome con chorros calientes que me llevaron al éxtasis. Grité, el mundo disolviéndose en pulsos blancos, mi coño contrayéndose alrededor de él en espasmos interminables.

Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes sincronizándose con el vaivén de las olas afuera. Diego me besó la nuca, murmurando Eres increíble, Ana. Carla acurrucada contra mi pecho, su mano trazando círculos perezosos en mi vientre.

Esta triada rogeriana nos cambió para siempre, un lazo de placeres compartidos que huele a nosotros tres
, reflexioné, sintiendo el afterglow como una manta suave sobre el alma.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosas y naranjas, nos despertamos con sonrisas cómplices. No hubo arrepentimientos, solo promesas de más noches rogando por el paraíso. La triada rogeriana no era solo sexo; era confianza, entrega, un fuego que ardía eterno en nuestras venas mexicanas, calientes y pasionales.

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