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Yo soy Laura, una chava de treinta y tantos, casada con Carlos desde hace ocho años. Vivimos en un depa chido en la colonia Roma, con vista a los árboles y el bullicio de la ciudad que no para. Esa noche, como tantas otras, nos metimos a la cama con el celu en la mano, buscando algo para encender el mood. Carlos, mi carnal, siempre ha sido un pendejo juguetón en la cama, pero últimamente andábamos en una racha de rutina que nos tenía medio fríos.

Órale, mira esto, me dijo pasándome el teléfono. Era un thumbnail provocador: videos pornos tríos con esposas. Mi corazón dio un brinco. Hice clic y ahí estaban, escenas de parejas como nosotros, pero con un tercero metiéndose en la jugada. Esposas como yo, con curvas generosas y miradas de pura lujuria, siendo tocadas por dos vergas duras. El sonido de gemidos ahogados salía del parlante, mezclado con el slap slap de carne contra carne. Sentí un calor subiendo por mi entrepierna, mi panocha ya empezaba a humedecerse solo de ver cómo esas morras se entregaban sin pudor.

¿Y si lo hacemos nosotros? ¿Y si invitamos a alguien?
pensé, mientras mi mano bajaba instintivamente a mi clítoris. Carlos me miró con ojos brillantes, su verga ya parada bajo el bóxer. Neta, Lau, se ve bien cabrón. ¿Te late? Asentí, mordiéndome el labio. La idea me ponía nerviosa, pero excitada como nunca. Hablamos toda la noche de fantasías, de cómo sería sentir dos bocas en mi cuerpo, dos manos explorando cada rincón. Al final, nos cogimos como animales, pero con la promesa de que al día siguiente buscaríamos a alguien.

El elegido fue Alex, el cuñado de un amigo de Carlos, un morro atlético de veintiocho, con sonrisa pícara y cuerpo de gym que siempre me había hecho ojitos en las fiestas. Lo invitamos a unas chelas en casa el sábado, sin decir nada directo. La tensión empezó desde que cruzó la puerta. Olía a colonia fresca, a hombre recién duchado, y traía una botella de tequila bajo el brazo. ¡Qué onda, Lau! Estás más rica que nunca, me soltó con guiño, mientras Carlos reía y servía los shots.

La plática fluyó con anécdotas chuecas, risas y miradas que se cruzaban como chispas. Yo llevaba un vestido corto, sin bra, mis chichis rebotando un poquito con cada movimiento. Sentía sus ojos clavados en mi escote, y el roce de mis muslos al sentarme me hacía cosquillas en la piel. Carlos, pícaro como siempre, sacó el tema de los videos pornos tríos con esposas. Wey, neta que Lau y yo vimos unos videos pornos tríos con esposas el otro día. Pura madre, ¿no? Las morras se la pasan bomba. Alex se puso rojo, pero su sonrisa lo delató. Simón, carnal. Yo he estado en un par. Es de otro nivel.

El tequila calentaba mi vientre, soltando mis inhibiciones. Me acerqué a Alex en el sofá, mi rodilla rozando la suya. El contacto fue eléctrico, su piel cálida contra la mía. Carlos nos observaba, su respiración acelerada. ¿Quieres ver uno ahorita? propuse, con voz ronca. Puse el video en la tele grande. Las gemelas de placer llenaron la pantalla: una esposa de rodillas, mamando una verga mientras el otro la penetraba por atrás. El sonido de succiones húmedas y jadeos nos envolvió. Mi coño palpitaba, empapando mis panties.

Alex tragó saliva, su paquete hinchándose visiblemente. Carlos se paró detrás de mí, sus manos en mis hombros, bajando despacio por mis brazos. ¿Estás lista, mi amor? murmuró en mi oído, su aliento caliente oliendo a tequila y deseo. Asentí, girándome para besarlo. Nuestras lenguas bailaron, y sentí la mano de Alex en mi muslo, subiendo con permiso implícito. Qué suave tienes la piel, Lau, susurró, sus dedos rozando el borde de mi vestido.

La escalada fue gradual, como un fuego que se aviva poquito a poquito. Me quitaron el vestido entre los dos, sus bocas atacando mi cuello y chichis. Carlos chupaba mis pezones duros como piedras, tirando con los dientes lo justo para que doliera rico. Alex lamía mi ombligo, bajando hasta mi monte de Venus. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado que enloquece a cualquier hombre.

Esto es real, no como esos videos pornos tríos con esposas. Aquí mando yo, soy la reina
, pensé, empoderada, guiando sus cabezas.

Me recostaron en el sofá, piernas abiertas. Alex se hincó primero, su lengua experta en mi clítoris, lamiendo en círculos mientras metía dos dedos gruesos en mi panocha chorreante. ¡Ay, cabrón, qué rico! grité, arqueando la espalda. Carlos se sacó la verga, gorda y venosa, y me la metió en la boca. Saboreé su pre-semen salado, mamándola con hambre mientras Alex me comía como si fuera su última cena. Los sonidos eran obscenos: mis slurps, sus gruñidos, el chapoteo de su saliva en mi coño. Mi piel ardía, sudorosa, cada roce enviando ondas de placer por mi espina.

Intercambiaron posiciones. Carlos me penetró primero, su verga familiar llenándome hasta el fondo, embistiéndome con ritmo lento que aceleraba. Alex me besaba, su lengua invadiendo mi boca mientras sus bolas peludas rozaban mi cara. Cámbiate, wey, ordenó Carlos, y Alex tomó el relevo. Su verga era más larga, curva, tocando spots que me hacían ver estrellas. Me cogían alternando, yo en el medio, sintiendo sus cuerpos duros presionándome. El sofá crujía, el aire cargado de olor a sexo: sudor, semen, mi jugo dulce.

La tensión crecía como una ola. Me puse a cabalgar a Alex, mi culo rebotando en su pelvis, mientras Carlos me metía los dedos por atrás, lubricados con mi propia humedad. ¡Más, pendejos, no paren! suplicaba, mis uñas clavándose en sus pechos. Gemía sin control, el placer acumulándose en mi vientre como una tormenta. Primero exploté yo, mi coño contrayéndose en espasmos, chorros calientes salpicando sus huevos. ¡Me vengo, chingados! grité, el mundo borrándose en blanco puro.

Ellos no tardaron. Alex se vino dentro de mí con un rugido, su leche espesa llenándome, goteando por mis muslos. Carlos se sacó y eyaculó en mis chichis, chorros calientes que lamí con gusto, salados y espesos. Nos quedamos jadeando, un enredo de cuerpos sudorosos. Besos suaves, caricias perezosas. Alex se vistió con una sonrisa satisfecha. Gracias, Lau. Eres una diosa. Carlos y yo nos abrazamos en la cama después, riendo bajito.

¿Volveremos a ver esos videos pornos tríos con esposas? me preguntó Carlos, su mano en mi nalga. Sonreí, sabiendo que ahora teníamos nuestra propia historia. El afterglow era perfecto: músculos relajados, piel pegajosa, el eco de placer en cada célula. Me sentía viva, deseada, dueña de mi placer. Y eso, carnales, valía más que cualquier video.

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