Trato de No Caer en Tus Brazos
La noche en mi departamento de Polanco se sentía pesada, como si el calor del verano capitalino se hubiera colado por las ventanas abiertas. El aroma del mezcal que acababa de destapar flotaba en el aire, mezclado con el perfume de las gardenias del balcón. Yo, Ana, acababa de llegar de un día eterno en la oficina, con el cuerpo cansado pero la mente inquieta. Hacía semanas que Luis, mi vecino del piso de arriba, me rondaba la cabeza como un maldito imán. Ese güey con su sonrisa pícara y esos brazos tatuados que se veían cuando se quitaba la playera para barrer su terraza.
Trato de ignorarlo, me digo mientras me sirvo un trago. No voy a caer, pienso, recordando cómo nos conocimos en el elevador hace un mes, cuando se mudó. Él con su acento norteño, de Monterrey, y yo con mi nerviosismo de chilanga pura. "Qué onda, vecina, ¿me das una mano con estas cajas?", me dijo, y desde entonces, cada saludo en el pasillo era una chispa. Pero yo no estoy para rollos, ¿verdad? Tengo mi carrera, mis amigas, mi vida en orden. Sin embargo, esa noche, el timbre sonó y supe que era él antes de ver su cara en la pantalla.
Trato de no abrirle la puerta, pero mis pies ya caminan solos
—¡Órale, Ana! ¿Me oíste llegar? Traje unas botanas del súper, ¿neta que no me invitas? Su voz grave retumbó en el pasillo, con ese tono juguetón que me eriza la piel.
Lo dejé pasar, claro. ¿Qué más da? Vestía unos jeans ajustados y una camiseta negra que marcaba sus pectorales. Olía a colonia fresca, como a limón y madera, y sus ojos cafés me clavaron en el sitio. Nos sentamos en el sofá de la sala, con la tele de fondo pasando un partido de la Liga MX, pero ninguno le prestaba atención. Hablamos de todo: del tráfico en Insurgentes, de lo caro que está el mezcal bueno, de cómo él dejó su chamba en el norte por un mejor puesto aquí en la ciudad.
El primer trago bajó suave, calentándome la garganta. Sentí su pierna rozar la mía accidentalmente —o no tan accidental— y un cosquilleo subió por mi muslo. Trato de alejarme un poco, pero el sofá era chiquito y él se recargaba más cerca. Sus risas llenaban el cuarto, profundas y contagiosas, haciendo que mi pecho vibrara con cada una.
—Eres una pendeja por vivir sola aquí arriba, Ana. ¿Y si te pasa algo?
—Ja, ¿y tú qué, mi héroe? —le contesté, dándole un codazo juguetón. Mi piel ardía donde lo toqué, breve pero eléctrico.
La plática fluyó como el mezcal, y pronto el segundo vaso estaba vacío. Él se levantó a la cocina por hielo, y yo lo seguí con la mirada, admirando cómo sus hombros se movían bajo la tela. Cuando volvió, se sentó más pegado, su muslo presionando el mío. El calor de su cuerpo se filtraba a través de la ropa, y el olor de su sudor ligero, mezclado con la colonia, me mareaba. Trato de concentrarme en sus palabras, pero mi mente divagaba a lugares prohibidos: imaginando esas manos grandes en mi cintura, su boca en mi cuello.
Entonces, su mano rozó mi rodilla. No fue casual. La dejó ahí, tibia y firme, trazando círculos lentos con el pulgar. Mi pulso se aceleró, latiendo en mis oídos como tambores de una fiesta en la colonia. Lo miré a los ojos, y vi el deseo crudo, el mismo que me quemaba por dentro.
—¿Qué pasa, nena? ¿Te incomodo? —murmuró, su aliento cálido contra mi oreja.
—No, güey... solo... —No terminé. En vez de eso, me incliné y lo besé. Sus labios eran suaves al principio, probando, pero pronto se volvieron hambrientos, devorándome la boca con un sabor a mezcal y sal. Sus manos subieron por mi espalda, metiéndose bajo mi blusa, tocando mi piel desnuda. Era áspero en los dedos, calloso de quién sabe qué trabajos pasados, y cada roce enviaba ondas de placer directo a mi centro.
Nos levantamos del sofá como poseídos, tropezando hacia mi cuarto. La luz de la luna se colaba por las cortinas, bañando la cama en plata. Él me quitó la blusa con urgencia, exponiendo mis senos al aire fresco. Sus ojos se oscurecieron de lujuria mientras los lamía, chupando un pezón hasta ponérmelo duro como piedra. Gemí bajito, el sonido escapando sin permiso, vibrando en mi garganta. Trato de no gritar ya, pero su lengua era mágica, caliente y húmeda, saboreando mi piel con deleite.
Le arranqué la camiseta, revelando su torso moreno, marcado por músculos que tensaba bajo mi toque. Olía a hombre puro, a sudor fresco y deseo. Mis uñas rasguñaron su pecho, bajando hasta el botón de sus jeans. Él jadeaba contra mi cuello, mordisqueando suave, dejando un rastro de saliva que se enfriaba al instante.
Caímos en la cama, un enredo de piernas y brazos. Sus manos exploraban mi pantalón, deslizándose adentro, encontrando mi panocha ya empapada. "Estás chingón mojada, Ana", gruñó, sus dedos gruesos frotando mi clítoris en círculos perfectos. El placer era intenso, como fuego líquido extendiéndose por mis venas. Sentía cada vena de sus dedos, el roce áspero contra mi carne sensible. Intenté cerrar las piernas por pudor, pero él las abrió más, besando mi interior de muslos, su barba raspando deliciosamente.
—Quiero probarte, dijo, y antes de que pudiera protestar, su boca estaba ahí. Su lengua plana lamió mi raja de abajo arriba, saboreando mis jugos con un gemido gutural. El sabor salado-dulce lo volvía loco, y yo arqueaba la espalda, mis manos enredadas en su pelo negro. El sonido era obsceno: chupeteos húmedos, mis jadeos agudos, el colchón crujiendo bajo nosotros. Olía a sexo puro, a mi excitación mezclada con su saliva.
Trato de no correrme tan rápido, pero es imposible
El orgasmo me golpeó como un tren, olas de placer convulsionando mi cuerpo. Grité su nombre, "¡Luis, cabrón!", mientras temblaba, mis jugos inundando su boca. Él lamió todo, sonriendo contra mi piel sensible.
Ahora era mi turno. Lo empujé boca arriba, desabrochando sus jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra su abdomen. La tomé en la mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso rápido bajo mi palma. La lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando el precum salado. Él gruñó, "Qué rico, nena, chúpamela toda". La engullí lo más que pude, mi boca estirándose alrededor de su grosor, la lengua girando en la punta sensible. Sus caderas se movían, follando mi boca suave, sus manos guiando mi cabeza.
No aguanté más. Me subí encima, frotando su verga contra mi entrada húmeda. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo llenarme hasta el fondo. "¡Ay, qué chingona se siente!", exclamó él, sus manos en mis caderas. Empecé a moverme, rebotando, mis senos saltando con cada embestida. El sonido de piel contra piel llenaba el cuarto, slap-slap rítmico, mezclado con nuestros gemidos. Sudábamos, el olor almizclado envolviéndonos, su piel resbalosa bajo mis palmas.
Él se incorporó, besándome mientras me follaba desde abajo, sus abdominales contrayéndose. Cambiamos: yo de rodillas, él detrás, penetrándome profundo. Sus bolas golpeaban mi clítoris con cada thrust, y sus dedos pellizcaban mis pezones. "¡Más duro, pendejo!", le pedí, y él obedeció, embistiéndome como animal, su aliento caliente en mi nuca.
El segundo orgasmo llegó en cadena, apretando su verga como vicio. Él se corrió segundos después, gruñendo ronco, llenándome con chorros calientes que sentía palpitar dentro. Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante. El cuarto olía a sexo intenso, a nosotros dos fundidos.
Después, en la calma, nos quedamos abrazados bajo las sábanas revueltas. Su dedo trazaba patrones en mi espalda, suave ahora. "No pensé que pasaría esto tan pronto, vecina", murmuró con risa baja.
—Yo tampoco. Pero qué chido que fallé en resistirme.
Nos besamos lento, saboreando el afterglow. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en mi cama, el mundo era perfecto. Trato de no pensar en mañana, en si esto cambia todo, pero por ahora, solo disfruto su calor, su respiración acompasada contra mi piel. Mañana será otro día, pero esta noche, soy suya, y él mío.