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Brocas Para Dremel Trio Caliente

7320 palabras

Brocas Para Dremel Trio Caliente

Entré al taller con el calor del mediodía pegándome en la nuca como un beso ardiente. El aire olía a metal caliente y madera fresca, ese aroma que me ponía la piel chinita de emoción. Yo, Marco, el carnal que siempre andaba armando chingaderas con mis herramientas, necesitaba unas brocas para Dremel trio. Esas tres piezas maestras: una fina para detalles delicados, otra gruesa para morder la madera sin piedad y la tercera, curva, perfecta para rincones jugosos. Las vi en el catálogo de la ferretería y supe que eran para mí, como si el destino me las estuviera mandando directo al corazón... o más abajo.

La ferretería estaba a reventar de pendejos comprando tuercas y cables, pero mis ojos se clavaron en ellas de inmediato. Dos morras espectaculares, de esas que te hacen tragar saliva como si fuera tequila puro. La primera, Lupe, con curvas que gritaban "tócame, cabrón", pelo negro largo hasta la cintura y una blusa ajustada que dejaba ver el encaje de su sostén. La otra, Sofía, más delgadita pero con unas nalgas que parecían esculpidas por un dios cachondo, ojos verdes que brillaban como luces de antro y un short que apenas cubría lo esencial. Estaban revisando el mismo estante de brocas.

¿Y si les digo que estas brocas para Dremel trio son lo máximo para tallar algo... íntimo?
soltó Lupe con una sonrisa pícara, rozando mi brazo con sus dedos suaves. Su voz era ronca, como miel quemada, y sentí un cosquilleo que me bajó directo a la verga.

—Órale, ¿tú también vienes por las brocas para Dremel trio? —pregunté, fingiendo casualidad mientras mi pulso se aceleraba. Sofía se acercó, su perfume floral invadiendo mi espacio, dulce y embriagador, mezclado con el olor metálico de las herramientas.

—Sí, carnal. Queremos hacer un proyecto chido en casa. ¿Nos echas la mano? —dijo Sofía, mordiéndose el labio inferior. Ese gesto me prendió la mecha. Hablamos un rato, riéndonos de pendejadas, y antes de darme cuenta, las invité a mi taller. "Vengan, les muestro cómo se usan esas madres", les dije, y ellas aceptaron con miradas que prometían más que madera tallada.

De regreso en mi taller, el sol se colaba por las ventanas altas, pintando rayas doradas en el piso de concreto. Puse la Dremel en marcha, el zumbido grave y vibrante llenando el aire como un latido acelerado. Lupe y Sofía se sentaron cerca, sus muslos rozando los míos. Empecé a tallar un pedazo de cedro suave, la broca fina girando con precisión, soltando virutas que olían a bosque húmedo.

—Mira cómo vibra, ¿sientes? —les dije, pasando la herramienta cerca de sus manos. Lupe la tomó, sus uñas pintadas de rojo fuego contrastando con el mango negro.

Esto se siente... poderoso. Como si pudiera tallar lo que sea
, murmuró, y sus ojos se clavaron en mi entrepierna, donde ya se notaba el bulto.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Sofía se inclinó, su aliento cálido en mi cuello, oliendo a chicle de fresa y deseo. —Muéstranos más, Marco. Quiero sentir esa vibración en... otro lado. —Su mano subió por mi muslo, suave como seda, y yo dejé la Dremel un segundo para girarme y besarla. Sus labios eran jugosos, sabían a gloss de cereza, y su lengua danzó con la mía en un ritmo que me dejó jadeando.

Lupe no se quedó atrás. Se pegó por detrás, sus tetas grandes presionando mi espalda, manos expertas desabrochando mi playera. —Estás cañón, pendejo. Vamos a jugar con esas brocas de verdad —susurró al oído, mordisqueando mi lóbulo. El taller se llenó de gemidos suaves, el zumbido de la Dremel olvidado por un momento mientras nos desnudábamos mutuamente. La piel de Lupe era morena y tersa, con pecas en los hombros que besé una por una, saboreando su sal. Sofía, pálida y suave, temblaba bajo mis dedos cuando le quité el short, revelando un tanga negro empapado.

Nos movimos a la mesa de trabajo, acolchada con una manta vieja que olía a aceite y aventura. Yo en el centro, ellas a los lados, un trio perfecto. Lupe se arrodilló primero, su boca caliente envolviendo mi verga endurecida, chupando con hambre mientras sus ojos me miraban con picardía. Qué rica boca, cabrona, pensé, mis caderas moviéndose solas. Sofía besaba mi pecho, lamiendo pezones que se pusieron duros como piedras, su mano masajeando mis bolas con ternura juguetona.

Pero el clímax de la tensión vino con las brocas. Sofía tomó la Dremel, cambió a la broca curva, la más suave, y la encendió a baja velocidad. El zumbido regresó, ahora cargado de promesas sucias. —Déjame tallar tu placer —dijo, presionando la herramienta contra el interior de su muslo, vibrando cerca de su panochita húmeda. Lupe y yo mirábamos hipnotizados, el aire espeso con olor a excitación femenina, ese almizcle dulce que enloquece.

Yo la tomé de las caderas, penetrándola despacio mientras la vibración de la Dremel le rozaba el clítoris por encima. Sofía gritó de placer, su coño apretándome como un puño caliente y resbaloso. —¡Ay, wey, está chingón! —jadeó, sus paredes internas pulsando. Lupe se masturbaba viéndonos, dedos hundidos en su chochita carnosa, gimiendo en mexicano puro: "Métela más duro, carnal, hazla venirse".

Cambié posiciones, el sudor nos pegaba la piel, resbaloso y salado al lamerlo de sus cuellos. Lupe se montó en mi cara, su culo redondo abriéndose para mi lengua ansiosa. Sabía a néctar prohibido, jugos espesos cubriendo mi barbilla mientras la chupaba con furia. Sofía seguía con la Dremel, ahora usándola en Lupe, la broca vibrando contra sus labios mayores, haciendo que se retorciera y mojara mi boca aún más. El sonido era una sinfonía: gemidos roncos, zumbido mecánico, piel chocando húmeda.

La intensidad subía como volcán.

Estas morras me van a matar de gusto, pero qué chingón morir así
, pensé mientras sentía el orgasmo bullir en mis bolas. Sofía se corrió primero, un chorro caliente salpicando mi verga enterrada en ella, su cuerpo convulsionando como poseída. —¡Me vengo, pendejos, no paren! —gritó, uñas clavándose en mi pecho.

Lupe la siguió, aplastando su clítoris contra la vibración mientras mi lengua la follaba adentro. Su grito fue gutural, cuerpo temblando, jugos inundándome. Finalmente, no aguanté más. Me puse de pie, ellas arrodilladas, bocas abiertas y lenguas listas. Mi leche salió en chorros calientes, salada y espesa, pintando sus caras sonrientes, labios lamiendo cada gota como premio.

Nos derrumbamos en la manta, el taller en penumbras ahora, el sol poniente tiñendo todo de naranja. El zumbido de la Dremel se apagó, pero las vibraciones seguían en nuestra piel. Lupe acurrucada en mi hombro derecho, Sofía en el izquierdo, sus respiraciones calmándose como olas después de tormenta. Olían a sexo y satisfacción, mezclado con el cedro tallado a medias.

—Esas brocas para Dremel trio fueron la mejor compra —dije riendo bajito.

—Y el mejor trio —agregó Sofía, besando mi pecho.

En ese momento, supe que esto no era el fin. El deseo se quedaría latiendo, listo para más proyectos... y más placer. El taller nunca había olido tan vivo, tan nuestro.

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