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Ejercicios Sensuales con Sílabas Tra Tre Tri Tro Tru

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Ejercicios Sensuales con Sílabas Tra Tre Tri Tro Tru

Entré al gym de Polanco con el corazón latiéndome a mil, sudando ya antes de empezar. El calor de la Ciudad de México se colaba por las ventanas, pero nada como el cañón del instructor que me esperaba. Se llamaba Diego, un moreno alto, con músculos que se marcaban bajo la camiseta ajustada, y una sonrisa pícara que me hacía mojarme las panties sin tocarme. Era una clase de fitness para adultos, de esas que prometen quemar calorías y encender algo más.

"¡Bienvenida, mamacita! Hoy vamos a calentar la lengua con ejercicios con sílabas tra tre tri tro tru", dijo él, guiñándome el ojo mientras el grupo se acomodaba en el salón con espejos por todos lados. Su voz grave, ronca, vibraba en mi pecho. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, soltera y con ganas de aventura, me coloqué en primera fila.

¿Qué chingados? ¿Ejercicios con sílabas? Suena a kinder, pero la forma en que lo dice, con esa mirada que me recorre las curvas de mi yoga pants, me prende como yesca.

Empezamos. "¡Tra! ¡Tre! ¡Tri! ¡Tro! ¡Tru!", gritaba Diego, moviendo la boca exagerado, la lengua juguetona asomando. Todos repetíamos, riendo, pero yo sentía un cosquilleo en la boca del estómago. El aire olía a sudor fresco y desodorante macho, y cada vez que él se acercaba para corregir posturas, su aliento cálido rozaba mi oreja. "Más rápido, Ana, saca la lengua como si lamieras algo rico". Joder, mi chocha se contraía con cada sílaba. Tra-tre-tri-tro-tru, repetía en mi mente, imaginando su verga gruesa diciendo mi nombre.

La clase avanzó a estiramientos. Diego me tomó de la cintura para alinear mi espalda, sus manos grandes, callosas, presionando mi piel a través de la lycra. Olía a jabón y hombre sudado, un aroma que me mareaba. "Bien, así, siente el estiramiento", murmuró, su pecho pegado a mi espalda. Mi pezón se endureció contra el top, y apreté los muslos para no gemir. El grupo jadeaba alrededor, el sonido de respiraciones pesadas mezclándose con la música reggaetón que retumbaba. Esto es tortura deliciosa, pensé, mientras mi mente volaba a fantasías sucias.

Al final, todos aplaudimos, exhaustos. Yo me quedé recogiendo mi botella de agua, fingiendo casualidad, cuando Diego se acercó. "Oye, Ana, tienes buena pronunciación, pero podrías practicar más. ¿Quieres una sesión privada? Gratis, carnal". Su ojo travieso, el bulto marcado en sus shorts... No lo dudé. "¡Chido! ¿Cuándo?". "Esta noche, en mi depa cerca de aquí. Trae ganas".

Acto dos: la escalada

Llegué a su penthouse en Reforma al atardecer, el skyline brillando con luces naranjas. Diego abrió la puerta en boxers, torso desnudo reluciente de aceite. "Pasa, rey na", dijo, jalándome adentro. El lugar olía a incienso de vainilla y algo más primitivo, deseo puro. Puso música suave, cumbia sensual, y sacó mats de yoga.

"Empecemos con ejercicios con sílabas tra tre tri tro tru para soltar la lengua", propuso, sentándose frente a mí en el piso, piernas abiertas. Yo llevaba un vestidito corto, sin bra, mis tetas libres balanceándose. "¡Tra!", dijo él, y yo repetí, acercándome. Cada sílaba era un paso más cerca. "¡Tre!", nuestras rodillas se tocaron, piel contra piel, cálida y eléctrica. El roce mandó chispas a mi clítoris.

"¡Tri!", ahora sus manos en mis muslos, subiendo despacio, masajeando. Gemí bajito, el tacto áspero de sus palmas haciendo que mi piel erizarse.

Qué rico se siente, como si cada sílaba fuera un beso en mi panocha. No pares, pendejo guapo.
"¡Tro!", me jaló a su regazo, mi culo sentándose en su erección dura como piedra. Sentí su verga palpitar contra mí, caliente, gruesa, lista. Olía su excitación, ese musk salado que me volvía loca.

"¡Tru!", y nos besamos. Su lengua invadió mi boca, saboreando a menta y lujuria, chupando, mordiendo suave. Mis manos exploraban sus pectorales, duros, sudorosos, bajando a su abdomen marcado. "Eres una maestra de las sílabas", jadeó contra mis labios, mientras yo le bajaba los boxers. Su verga saltó libre, venosa, cabezota brillante de precum. La tomé, piel sedosa sobre acero, palpitando en mi puño. "Tra-tre-tri-tro-tru", susurré, lamiendo la punta, salada y adictiva.

La tensión crecía como tormenta. Me quitó el vestido, exponiendo mis tetas grandes, pezones oscuros duros como balas. Los chupó, succionando fuerte, tirando con dientes, mientras sus dedos hurgaban mi tanga empapada. "Estás chorreando, putita rica", gruñó, metiendo dos dedos en mi chocha resbaladiza. El sonido chapoteante, obsceno, llenaba la habitación. Arqueé la espalda, gimiendo "¡Traaa!", mis caderas moliendo contra su mano. El olor a sexo nos envolvía, almizcle dulce de mi flujo mezclándose con su sudor.

Me tumbó en el mat, abriéndome las piernas. Su boca descendió, lengua trazando tra-tre-tri-tro-tru en mi clítoris hinchado. Lamía despacio, círculos calientes, chupando mis labios mayores, metiendo la lengua adentro. Saboreaba mi jugo, gimiendo vibraciones que me hacían temblar. "¡Más, Diego, no pares!", supliqué, tirando de su pelo negro húmedo. Mis muslos lo aprisionaban, piel contra piel resbalosa. El placer subía en oleadas, interno, quemante, mi vientre contrayéndose.

Lo volteé, cabalgándolo. Su verga entró de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. "¡Tri!", grité al empalarme, sintiendo cada vena rozar mis paredes. Cabalgaba duro, tetas botando, sudor goteando entre nosotros. Él mamaba mis pezones, manos en mi culo guiándome. El slap-slap de carne contra carne, nuestros jadeos, el aroma espeso de sexo... Todo sensorial, abrumador.

Es como si las sílabas nos unieran, cada una un empujón más profundo, más cerca del cielo.

Cambié a perrito, él detrás, verga golpeando mi G-spot. "¡Tro! ¡Tru!", aullábamos sincronizados, sus bolas chocando mi clítoris. Me jalaba el pelo suave, azotando mi culo rojo. El orgasmo me alcanzó como tsunami: contracciones violentas, chocha ordeñando su verga, chorros calientes salpicando. "¡Me vengo, cabrón!", chillé, visión borrosa, cuerpo convulsionando.

Él gruñó, hinchándose dentro, corriéndose a chorros, semen caliente inundándome, goteando por mis muslos. Colapsamos, pegajosos, respirando agitados.

Acto tres: el resplandor

Despertamos enredados en sábanas revueltas, su brazo sobre mi cintura, piel pegada por sudor seco. El amanecer pintaba la habitación de rosa, y el olor a sexo persistía, mezclado con nuestro aroma compartido. Diego besó mi cuello. "Fue el mejor ejercicio con sílabas tra tre tri tro tru de mi vida", murmuró, riendo bajito.

Yo sonreí, trazando su pecho con uñas. "Y el primero de muchos, mi amor". Nos duchamos juntos, agua caliente lavando fluidos, pero avivando chispas nuevas. Jabón resbaloso en curvas, risas, besos lentos. Salimos a desayunar chilaquiles en un puesto cercano, el sol calentando nuestras pieles enrojecidas.

Ahora, cada vez que oigo tra-tre-tri-tro-tru, mi cuerpo recuerda: el tacto de sus manos, el sabor de su piel, el pulso de nuestros cuerpos uniéndose. Fue más que ejercicio; fue liberación, conexión pura. Y sé que volveremos a practicar, una y otra vez.

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