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Amateur Mexicano Trios Ardientes

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Era una noche calurosa en la Ciudad de México, de esas que te pegan el pelo a la nuca y te hacen sudar hasta el alma. Yo, Ana, estaba recostada en el sofá de mi departamentito en la Roma, con las piernas abiertas sobre las de mi carnal, Carlos. Habíamos estado bebiendo chelas frías y viendo un video en el celular: amateur mexicano trios, puro desmadre casero grabado con el teléfono, gente de a devis como nosotros, pero entregándose sin pudor. La chava en la pantalla gemía como loca mientras dos vatos la tocaban por todos lados, y neta, se me paró el corazón de la emoción.

¿Y si lo hacemos nosotros? ¿Será tan chido como parece?
pensé, sintiendo un cosquilleo entre las piernas que me hacía apretar los muslos. Carlos me miró con esa sonrisa pícara, sus ojos cafés brillando bajo la luz tenue del foco. "Órale, mi reina, ¿te late la idea?", me dijo, pasando su mano por mi muslo, subiendo despacito hasta rozar mi shortcito de mezclilla.

Le contesté con un beso húmedo, de lengua juguetona, probando el sabor salado de la cerveza en su boca. "Sí, wey, pero con alguien de confianza. ¿Qué tal tu compa Luis? Ese pendejo siempre anda coqueteando contigo". Carlos se rio, un sonido grave que vibró en mi pecho. Luis era su cuate de la uni, alto, moreno, con tatuajes en los brazos que lo veían bien chulo. Siempre nos echaba carrilla, pero con respeto. Esa misma noche le mandamos un mensajito: "Ven pa'cá, carnal, tenemos un plan que te va a volar la cabeza".

Luis llegó en menos de media hora, oliendo a colonia barata mezclada con el humo de la calle. Traía una botella de tequila Don Julio bajo el brazo. "Qué onda, par de calientes", nos saludó, dándonos abrazos que duraron un poquito más de lo normal. Nos sentamos en el piso, sobre una cobija, con música de cumbia rebajada sonando bajito de los bocinas. El aire estaba cargado de ese olor a anticipación, como a tierra mojada antes de la lluvia.

Empezamos con shots de tequila, el líquido ardiente bajando por mi garganta, calentándome el cuerpo desde adentro. Carlos me jaló a su regazo, besándome el cuello mientras Luis nos veía, sus ojos devorándome. Sentí sus manos grandes en mi cintura, y un escalofrío me recorrió la espina. Esto es real, pensé, mi corazón latiendo como tambor en desfile. "Estás bien rica, Ana", murmuró Luis, su voz ronca como grava. Le sonreí, coqueta, y le pasé la mano por el pecho, sintiendo los músculos duros bajo la playera.

La tensión crecía como bola de nieve. Carlos me quitó la blusa despacio, exponiendo mis tetas al aire fresco de la noche. Mis pezones se pusieron duros al instante, como piedritas rosadas pidiendo atención. Luis se acercó, lamiendo uno con la lengua caliente, mientras Carlos chupaba el otro. Gemí bajito, el sonido escapando de mi garganta sin querer. Olía a su sudor mezclado con mi perfume de vainilla, un aroma que me mareaba de deseo.

¡Madre santa, dos bocas en mí al mismo tiempo! Esto es mejor que cualquier video de amateur mexicano trios
, me dije, arqueando la espalda. Sus manos exploraban: Carlos metiendo dedos en mi short, rozando mi panocha ya empapada, Luis bajando mis jeans con urgencia. Me quedé en tanguita, la tela mojada pegada a mi piel, revelando todo.

Los vatos se desvistieron rápido, sus vergas saltando libres, gruesas y venosas, palpitando de ganas. La de Carlos la conocía de memoria, pero la de Luis... ¡qué mamalona! La tomé en la mano, sintiendo el calor y la dureza, como terciopelo sobre hierro. "Chúpala, mi amor", me pidió Carlos, y yo lo hice, arrodillándome entre ellos. Alternaba: succionaba a uno, pajeaba al otro, salivando como loca, el sabor salado de sus precúm en mi lengua. Ellos gemían, "¡Así, pinche rica!", "¡No pares, wey!". El cuarto se llenó de sonidos húmedos, chupadas y jadeos.

Me recostaron en la cobija, abriéndome las piernas como libro abierto. Carlos se hincó entre mis muslos, lamiendo mi clítoris con maestría, su barba raspándome delicioso. Luis se puso de rodillas cerca de mi cara, metiéndomela en la boca hasta el fondo. Me ahogaba de placer, las lágrimas de esfuerzo mezclándose con baba. Olía a sexo puro: mi juguito dulce, sus vergas musculosas. Sentía cada lamida como electricidad, mi cuerpo temblando, acercándome al borde.

Pero querían más. "Cámbiense", ordenó Carlos, juguetón. Luis se colocó abajo, yo encima, cabalgándolo despacio. Su verga me llenaba hasta el útero, estirándome rico. Carlos detrás, untando saliva en mi culo.

¿Lo vamos a hacer? Sí, carajo, ¡quiero todo!
Empujó suave, consensual, y entré en éxtasis doble. Dos vergas en mí, frotándose a través de la delgada pared, un ritmo sincronizado como baile de salón. Sudábamos a chorros, piel contra piel resbalosa, el slap-slap de carne contra carne retumbando.

"¡Más duro, cabrones!", grité, mis uñas clavadas en los hombros de Luis. Ellos obedecían, acelerando, sus bolas golpeándome las nalgas. El orgasmo me pegó como camión: olas de fuego desde el vientre, contrayéndome alrededor de ellos, chorreando jugos. Gemí a todo pulmón, "¡Me vengo, pinches dioses!". Luis se corrió primero, llenándome el culo de leche caliente, gruñendo como animal. Carlos salió y eyaculó en mis tetas, chorros blancos espesos que olían a macho puro.

Colapsamos en un enredo de cuerpos jadeantes, el aire pesado con olor a semen y sudor. Me besaban suave, Carlos limpiándome con la lengua, Luis acariciándome el pelo. "Eres la mejor, mi vida", susurró Carlos. Luis asintió, "Neta, esto fue épico, como esos amateur mexicano trios pero en vivo y a todo color".

Nos quedamos así un rato, riendo bajito, bebiendo agua fría que sabía a gloria. Sentía mi cuerpo adolorido pero satisfecho, como después de un maratón chido.

Esto nos unió más, nos hizo libres
, reflexioné, acurrucada entre mis dos amores de la noche. La luna entraba por la ventana, testigo de nuestro secreto ardiente. Sabía que no sería la última vez; el deseo ya ardía de nuevo, flojito pero insistente.

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