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Lo Intentaré por Ti

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Lo Intentaré por Ti

El sol de la tarde se colaba por las cortinas de la terraza en nuestro departamento en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que tu piel brillara como miel fresca. Yo, Ana, estaba sentada en el sofá de cuero suave, con las piernas cruzadas, sintiendo el aire acondicionado rozándome las pantorrillas desnudas. Tú, mi carnal Javier, venías de la cocina con dos micheladas en las manos, el hielo tintineando en los vasos altos, y ese olor a lima y sal que me hacía salivar. Llevábamos tres años juntos, pero esta noche sentías diferente, como si el aire estuviera cargado de promesas.

¿Por qué carajos estoy tan nerviosa? pensé, mientras tomaba el vaso y daba un trago. El sabor picante y fresco me bajó por la garganta, calmándome un poco. Tú te sentaste a mi lado, tu muslo fuerte presionando contra el mío, y me miraste con esos ojos cafés que siempre me derriten.

—Órale, Ana, relájate, güeyita. Solo es una noche chida entre nosotros —dijiste con esa voz ronca que me eriza la piel.

Asentí, pero mi mente daba vueltas. Habías estado platicando toda la semana de probar algo nuevo, algo que siempre me había dado cosa: atarte las manos y dejar que yo tomara el control total. Yo, la mandona, en la cama. Nunca lo había hecho, siempre eras tú el que guiaba. Pero verte tan ansioso, con esa sonrisa pícara, me picaba la curiosidad.

Lo intentaré por ti —murmuré, casi para mí misma, mientras ponía el vaso en la mesita. Tus ojos se iluminaron, y sentiste mi mano en tu rodilla, subiendo despacio por tu pantalón de mezclilla.

La cena fue ligera: tacos de arrachera jugosos que preparamos juntos en la plancha, el humo subiendo con ese aroma a carne asada y cebolla caramelizada que llenaba el aire. Cada bocado era una excusa para rozarnos, para que tus dedos limpiaran salsa de mi labio inferior y yo te lamiera el pulgar con lentitud. El vino tinto mexicano, con notas de chocolate y vainilla, nos calentaba las venas, haciendo que mi piel hormigueara bajo el vestido ligero de algodón.

Después, en la recámara, la luz tenue de las velas de vainilla parpadeaba en las paredes blancas. Te quité la playera despacio, admirando tus pectorales duros, el vello oscuro que bajaba hasta tu ombligo. Olías a jabón de sándalo y a hombre, ese olor que me hace apretar los muslos. Tus manos intentaron tocarme, pero negué con la cabeza.

—Hoy mando yo, pendejito —te dije juguetona, empujándote a la cama king size con sábanas de hilo egipcio frías contra tu espalda caliente.

Del cajón saqué las esposas de terciopelo rojo que habías comprado en línea, suaves al tacto pero firmes. Te até las muñecas a la cabecera, oyendo tu respiración acelerarse, el thump-thump de tu corazón latiendo fuerte bajo mi palma. Te quedaste quieto, confiando, con la polla ya medio dura presionando contra el bóxer.

¿Y si no me sale bien? ¿Y si no te gusta?
Mi voz interior dudaba, pero tu mirada, llena de deseo puro, me empujó adelante.

Me subí a horcajadas sobre ti, mi vestido subiéndose por mis muslos morenos. Sentí tu calor irradiando a través de la tela delgada, mi coño ya húmedo rozando tu erección creciente. Te besé el cuello, lamiendo el sudor salado que empezaba a perlar tu piel, mordisqueando tu oreja mientras susurraba:

—Vas a ver lo que es intentarlo de verdad, cabrón.

Deslicé mi mano dentro de tu bóxer, envolviendo tu verga gruesa y venosa. Estaba caliente, palpitante, y la apreté despacio, oyendo tu gemido gutural que reverberó en mi pecho. Subí y bajé, lubricada por el pre-semen que brotaba de tu punta, el sonido húmedo shlick-shlick llenando la habitación junto con nuestro jadeo. Tus caderas se arquearon, pero las esposas te detuvieron, y eso me empoderó más.

Me quité el vestido por la cabeza, quedando en tanga negra de encaje y nada más. Mis tetas llenas rebotaron libres, pezones duros como piedras cafés. Me incliné para que chuparas uno, tu boca caliente succionando con hambre, la lengua girando en círculos que me enviaban chispas directo al clítoris. Olía a mi propia excitación, ese almizcle dulce y salado que flotaba en el aire caliente.

Pero no te dejé terminar. Bajé por tu torso, besando cada abdominal marcado, lamiendo el camino de vello hasta tu pubis. Te arranqué el bóxer, liberando tu polla tiesa que saltó contra tu vientre. La admiré: venas hinchadas, glande rojo brillante. La tomé en mi boca de golpe, saboreando el gusto salado y ligeramente amargo, mi lengua presionando la frenillo mientras te tragaba hasta la garganta. Tus gemidos eran música, "¡Ay, pinche Ana, qué rico!", y vibraban en mis labios.

Te edgeé sin piedad: chupadas profundas, lamidas lentas por el tronco, succiones en las bolas pesadas y arrugadas. Sentía tu pulso acelerado en mi lengua, tus muslos temblando bajo mis uñas clavadas. Cada vez que estabas al borde, paraba, subiendo a besarte la boca para que probaras tu propio sabor en mis labios hinchados.

Esto es lo que querías, ¿verdad? Que te vuelva loco, pensé, mientras me quitaba la tanga empapada. Mi coño depilado brillaba de jugos, labios hinchados y rosados. Me posicioné sobre tu cara, bajando despacio hasta que tu nariz rozó mi clítoris. —Come, mi amor. Hazme gozar primero.

Tu lengua salió disparada, lamiendo con avidez mi raja abierta, chupando el néctar que goteaba. El sonido era obsceno: slurp-slurp, mezclado con mis ayes agudos. Sentía tu aliento caliente en mi ano, tus manos forcejeando las esposas. Me mecí sobre tu cara, mis jugos manchándote la barba incipiente, el olor a sexo crudo invadiendo todo. Orgasmos pequeños me sacudían, pero quería más, quería explotar contigo.

Deslicé hacia abajo, alineando tu verga con mi entrada. Estaba tan mojada que la cabeza resbaló adentro fácil, estirándome deliciosamente. Bajé de golpe, empalándome hasta la base, sintiendo tus bolas contra mi culo. ¡Qué llenura, cabrón! Empecé a cabalgar, lento al principio, mis tetas botando con cada rebote, el plaf-plaf de piel contra piel resonando.

Aceleré, girando caderas en círculos, mi clítoris frotando tu pubis púbico. Tus ojos rodaban, sudando como loco, el aroma a sudor y sexo pegajoso en el aire. —¡Más rápido, Ana! ¡No pares! —suplicabas, y yo obedecía, clavándome fuerte, mis paredes internas ordeñándote.

El clímax se acercaba como una ola: mi vientre contrayéndose, piernas temblando. Me vine gritando, chorros calientes empapando tus bolas, mi ano pulsando. Tú no aguantaste: tu verga se hinchó, disparando chorros espesos y calientes dentro de mí, llenándome hasta rebosar por mis muslos.

Me desplomé sobre tu pecho jadeante, nuestros corazones galopando al unísono. Desaté las esposas con dedos temblorosos, y me abrazaste fuerte, besándome el pelo sudoroso.

—Fue chido, mi reina. Lo hiciste perfecto —murmuraste, mientras el afterglow nos envolvía como una manta tibia.

Nos quedamos así, piel pegada a piel, oliendo a nosotros mismos, el eco de nuestros gemidos aún en las paredes. Lo intenté por ti, y valió cada segundo. Mañana, quién sabe qué probaríamos. Pero esta noche, éramos perfectos.

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