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La Noche Prohibida del Akatsuki Trio

6985 palabras

La Noche Prohibida del Akatsuki Trio

La noche en Polanco ardía con ese calor pegajoso de México en verano, el aire cargado de tequila reposado y risas roncas que salían de los bares. Tú caminabas por la calle empedrada, con un vestido negro ajustado que te hacía sentir como una diosa callejera, el roce de la tela contra tu piel erizándote los vellos. Habías salido sola, buscando esa chispa que te sacara del tedio de la oficina, y órale, ahí estaban ellos: el Akatsuki Trio.

Tres tipos que parecían sacados de un sueño húmedo, parados en la entrada de un antro con luces neón parpadeando sobre sus cuerpos atléticos. El primero, alto y moreno con ojos negros como el pozole en olla, se llamaba Diego, el líder con una sonrisa pícara que te clavaba hasta el alma. Al lado, Marco, rubio teñido con tatuajes que asomaban por el cuello de su camisa abierta, oliendo a colonia cara y aventura. Y el tercero, Luis, compacto y musculoso, con esa mirada de pendejo juguetón que prometía travesuras. Se presentaron como el Akatsuki Trio, músicos underground que tocaban en fiestas privadas, y neta, su vibe te jaló como imán.

"¿Bailamos, guapa?" te dijo Diego, su voz grave retumbando en tu pecho como bajo de cumbia rebajada. Extendió la mano, y tú la tomaste, sintiendo el calor de su palma áspera contra la tuya suave. Dentro del bar, el ritmo te envolvió: sudor de cuerpos pegados, olor a piel caliente y perfume mezclado, luces estroboscópicas que hacían que sus músculos bailaran bajo la camisa. Marco se pegó por detrás, sus caderas rozando las tuyas en un vaivén que te aceleró el pulso, mientras Luis te susurraba al oído: "Estás cañón, mija, nos traes locos a los tres."

¿Qué carajos estoy haciendo? Piensas, pero el deseo te traiciona, un cosquilleo subiendo por tus muslos, el corazón latiéndote como tamborazo zacatecano.

La tensión crecía con cada roce accidental que no lo era: la mano de Diego en tu cintura baja, el aliento de Marco en tu cuello oliendo a michelada fresca, los dedos de Luis rozando tu brazo desnudo. No era solo lujuria; había algo eléctrico entre los cuatro, una conexión que te hacía sentir poderosa, deseada como nunca. "¿Vamos a otro lado?" propuso Diego, y tú asentiste, empoderada, sabiendo que eras tú quien decidía el ritmo de esta noche.

Acto dos: la escalada. Salieron del bar hacia un hotel boutique en Masaryk, el lobby perfumado a jazmín y madera pulida, luces tenues que prometían secretos. Subieron en el elevador, y ahí explotó la primera chispa: Marco te besó primero, sus labios suaves pero firmes, sabor a menta y deseo puro, mientras Diego te acunaba la nuca y Luis te mordisqueaba el lóbulo de la oreja. "Chin, qué rico sabes", murmuró Luis, su voz ronca vibrando contra tu piel.

En la suite, con vista a las luces de la ciudad, el aire se cargó de anticipación. Te quitaron el vestido con manos reverentes, no urgentes, dejando que el roce de sus dedos trazara caminos de fuego sobre tu piel. Tú los desvestiste a ellos, explorando: el pecho ancho de Diego, salado al lamerlo; los abdominales marcados de Marco, que se contraían bajo tu toque; las caderas firmes de Luis, oliendo a hombre puro. Neta, te sentías reina, guiándolos con miradas y susurros: "Despacio, cabrones, quiero sentir todo."

Esto es mío, piensas, el poder de tener al Akatsuki Trio rendidos a mis pies, sus vergas duras presionando contra mí, pero esperando mi señal.

Se tumbaron en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra la piel ardiente. Diego te besó el cuello, su lengua trazando venas que latían desbocadas, mientras Marco chupaba tus pezones, erguidos y sensibles, enviando descargas hasta tu clítoris palpitante. Luis se arrodilló entre tus piernas, inhalando tu aroma almizclado de excitación: "Estás empapada, corazón, qué delicia." Su lengua experta lamió despacio, saboreando tus jugos dulces y salados, círculos lentos que te hacían arquear la espalda, gemidos escapando como rancheras apasionadas.

La intensidad subía: rotaron posiciones como en una danza sincronizada. Tú montaste a Diego, su verga gruesa llenándote centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso, paredes internas apretándolo mientras rebotabas, el slap-slap de piel contra piel resonando. Marco te penetró la boca, su sabor salado inundándote la lengua, caderas empujando suave pero firme. Luis se masturbaba viéndote, ojos hambrientos, hasta que lo jalaste para que te penetrara por detrás, lubricado con tu propia humedad y su saliva. Tres cuerpos entrelazados, sudores mezclándose, olores a sexo crudo y colonia, gemidos en coro: "¡Sí, así, mamacita!"

El conflicto interno bullía: el miedo a perder el control, pero el placer lo ahogaba. Cada embestida te acercaba al borde, pulsos acelerados sincronizándose, el olor a orgasmo inminente cargando el aire. Pequeñas pausas para besos profundos, confesiones susurradas: "Nos vuelves locos, eres perfecta." Tú respondías con uñas clavadas en espaldas, arañazos que los excitaban más, empoderándote en cada thrust.

La tensión alcanzó su pico cuando los tres te rodearon, manos everywhere: Diego en tu coño, Marco en tu culo, Luis en tu boca, ritmos alternos que te hacían temblar. Sentías cada vena, cada pulso, texturas calientes deslizándose, sabores variados explotando en tu paladar. El clímax te golpeó como tormenta en el desierto: olas de placer convulsionándote, chorros calientes llenándote, gritos ahogados en besos. Ellos eyacularon contigo, semen espeso y caliente salpicando pieles, el olor almizclado impregnando todo.

Acto tres: el afterglow. Colapsaron en un enredo de miembros exhaustos, respiraciones jadeantes calmándose al unísono. El cuarto olía a sexo satisfecho, sábanas revueltas testigos mudos. Diego te acarició el cabello, Marco te besó la frente, Luis te trajo agua fresca con limón: "¿Todo chido, reina?" Tú sonreíste, cuerpo pesado de placer residual, músculos laxos y sensibles al roce.

Esto no fue solo un polvo, piensas, fue una conexión, el Akatsuki Trio me dio alas, me hizo sentir invencible.

Hablaron bajito, risas suaves sobre la noche loca, planes vagos de repetir sin promesas que atan. Al amanecer, con el sol tiñendo las cortinas de rosa, se despidieron con besos lentos, números en tu cel guardados. Saliste del hotel con paso firme, el eco de sus toques aún vibrando en tu piel, el sabor de ellos en tus labios. La ciudad despertaba, pero tú llevabas un secreto ardiente: la noche prohibida del Akatsuki Trio te había cambiado, despertado una versión más salvaje, lista para más aventuras. Y neta, valió cada segundo.

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