El Tri Discos Completos Desnudos en Nuestra Piel
La noche en el antro de la Condesa estaba que ardía. El bajo retumbaba en mis huesos como un corazón desbocado y el aire cargado de sudor y perfume barato me hacía sentir vivo. Ahí la vi por primera vez, parada junto a la barra con una cerveza en la mano, moviendo las caderas al ritmo de Triste canción de amor. Llevaba un vestido negro ajustado que marcaba cada curva de su cuerpo moreno, el cabello suelto cayéndole por la espalda como una cascada oscura. Yo estaba con mis cuates, pero en cuanto mis ojos se clavaron en ella, supe que esa noche no iba a terminar solo.
Me acerqué con una sonrisa pícara, pidiendo dos chelas para romper el hielo. ¿Qué onda, preciosa? ¿Te late El Tri?
le dije, señalando la bocina que escupía los primeros acordes de Abuso de poder. Ella volteó, sus ojos cafés brillando con picardía. ¡Órale, carnal! Mucho. Mis papás me criaron con sus rolas. ¿Y tú?
Su voz era ronca, como si hubiera fumado un buen puro, y su acento chilango puro me puso la piel chinita. Se llamaba Ana, estudiaba diseño en la UAM y odiaba los antros pretenciosos. Charlamos de todo: de cómo El Tri era la neta del planeta, de sus letras que te llegaban al alma y te hacían querer romperla toda.
La química fue instantánea. Sus risas olían a limón y tequila, y cada vez que se inclinaba para hablarme al oído, su aliento cálido me rozaba el cuello.
Esta morra me va a volver loco, pensé mientras su mano rozaba casualmente mi brazo. La pista estaba a reventar, cuerpos pegándose en el calor sofocante. La invité a bailar y ella aceptó con un guiño. Sus caderas contra las mías, el ritmo de la música guiando nuestros movimientos. Sentí su trasero firme presionando mi entrepierna, y mi verga empezó a despertar, endureciéndose contra la tela de mis jeans. Ella lo notó y se apretó más, susurrándome:
Estás bien puesto, ¿eh?
Salimos del antro pasadas las dos, el aire fresco de la noche golpeándonos como una bendición. ¿Vives cerca?
preguntó ella, colgándose de mi brazo. En la Roma, caminando nomás
, mentí un poco para no espantarla. En realidad era un departamentito chido en la Narvarte, pero qué más da. Caminamos riendo, besándonos en las esquinas, sus labios suaves y jugosos probando a miel y tabaco. Llegamos a mi depa, un lugar sencillo pero acogedor con posters de rockeros en las paredes y mi equipo de sonido en la esquina.
¿Quieres música de verdad?
le dije, sacando mi laptop. ¡Pon El Tri discos completos! Los tengo todos ripeados, de Qué gacho México hasta Los hijos de Hernández
. Sus ojos se iluminaron. ¡No mames! Eres el hombre
. Puse el primer disco, el volumen subiendo hasta que las paredes vibraron. Niño sin amor llenó el aire, esa guitarra rasposa y la voz de Pato que te eriza la piel.
Nos sentamos en el sillón, ella recargada en mi pecho, mis manos explorando su espalda desnuda bajo el vestido. El olor de su piel, a vainilla y deseo, me invadió las fosas nasales. La besé el cuello, mordisqueando suave, y ella gimió bajito, arqueando la espalda. Despacio, cabrón, que apenas empieza el disco
, murmuró con una risa. Pero sus manos ya estaban en mi camisa, desabotonándola con urgencia. Sentí sus uñas raspando mi pecho, enviando chispas directo a mi polla, que ya latía dura como piedra.
El segundo disco arrancó con La cabeza, el ritmo acelerándose como nuestro pulso. La cargué en brazos hasta la cama, su vestido volando por los aires. Quedó en tanga negra y bra, sus tetas perfectas subiendo y bajando con cada respiración agitada. Me quitó los jeans de un jalón, liberando mi verga erecta que saltó libre, goteando ya de anticipación. ¡Mira nomás qué chulada!
exclamó, lamiéndose los labios. Se arrodilló y la tomó en su boca, caliente y húmeda, chupando con maestría. El sonido de su succión se mezclaba con la música, succ succ, mientras la guitarra aullaba. Sentí su lengua girando alrededor del glande, probando mi sal, y tuve que agarrarme del cabecero para no correrme ahí mismo.
Esto es el paraíso, wey, pensé, el sudor perlando mi frente. La levanté, quitándole la tanga. Su coño estaba empapado, labios hinchados brillando bajo la luz tenue. Olía a mujer en celo, almizcle puro que me volvió loco. La acosté y me hundí entre sus muslos, lamiendo despacio, saboreando su jugo dulce y salado. Ella se retorcía, gimiendo ay pinche cabrón sí así, sus manos enredadas en mi pelo. El disco tres empezó, Siete vírgenes retumbando, y mi lengua aceleró, metiendo dos dedos en su calor apretado, curvándolos para tocar ese punto que la hizo gritar.
La tensión crecía con cada rola. Nos volteamos en 69, su boca devorando mi verga mientras yo la comía viva. El sonido de la música ahogaba nuestros jadeos, pero sentía su garganta vibrando alrededor de mi carne, su clítoris palpitando contra mi lengua. No aguanto más
, gruñó ella, empujándome de espaldas. Se montó encima, guiando mi polla a su entrada resbaladiza. Bajó despacio, centímetro a centímetro, su coño envolviéndome como terciopelo caliente. ¡Qué chingón! exclamamos al unísono cuando toqué fondo.
Empezó a cabalgar, sus tetas rebotando al ritmo de Abuso de poder que volvía a sonar en el loop de discos completos. El slap slap de piel contra piel, el olor a sexo impregnando el cuarto, el sudor chorreando entre nosotros. Agarré sus nalgas firmes, guiándola más rápido, mis caderas embistiéndola desde abajo. Ella clavaba las uñas en mi pecho, Más duro pendejo más
, su voz quebrada por el placer. Sentía su interior contrayéndose, ordeñándome, el calor subiendo por mi columna.
El clímax del cuarto disco nos alcanzó como un tren. Triste canción de nuevo, pero ahora era nuestra banda sonora privada. Ella aceleró, gritando me vengo me vengo, su coño apretándome en espasmos violentos, jugos chorreando por mis bolas. No pude más; con un rugido, me corrí dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras la música peakaba en el solo de guitarra. Nos quedamos pegados, temblando, el eco de los aplausos grabados en los discos completos de El Tri desvaneciéndose.
Después, recostados en la cama revuelta, el quinto disco girando suave con Los hijos de Hernández. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su cabello húmedo. Olía a nosotros, a semen y sudor mezclado con su perfume. Esto fue la neta
, murmuró ella, besándome el hombro. El Tri discos completos siempre traen suerte
, respondí riendo. Nos quedamos así, escuchando hasta el amanecer, sabiendo que esa noche había sido más que sexo: había sido rock, pasión y conexión pura. El sol se coló por la ventana, tiñendo su piel de oro, y supe que querría repetir, con o sin música.