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La Triada Aumentada

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La Triada Aumentada

El sol de la tarde se colaba por las cortinas de mi depa en la Condesa, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire oliera a jazmín del jardín de abajo. Yo, Ana, estaba recargada en el sillón de cuero, con una chela fría en la mano, sintiendo el sudor fresco en mi escote por el calor bochornoso de México en mayo. Marco, mi carnal desde hace dos años, andaba en la cocina preparando unos guacs con aguacate bien madrito, y Luis, el wey que conocimos en la uni, acababa de llegar con su sonrisa pícara y esa playera ajustada que marcaba sus pectorales chingones.

Órale, ¿por qué carajos mi corazón late así nomás de verlo?

pensé, mientras él se sentaba a mi lado, tan cerca que olía su colonia con toques de madera y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia. Marco salió riendo, con los platos en las manos.

"¡Ya llegó el rey de las fiestas, güeyes! Vamos a armar desmadre."

Brindamos, las botellas chocando con ese sonido fresco que me erizaba la piel. Hablamos de todo y nada: el pinche tráfico de Reforma, los chismes de la chamba, pero el aire se cargaba de algo más. Cada mirada entre nosotros tres era como una chispa, y yo sentía un cosquilleo en las piernas que subía despacito hasta mi entrepierna.

Luis me miró fijo, sus ojos cafés profundos como pozos.

"Ana, siempre has sido la más chida de nosotras, ¿verdad, Marco?"

dijo juguetón, y Marco soltó una carcajada, pero vi el brillo en sus ojos.

"Sí, carnal, pero hoy vamos a elevar esto a otro nivel. ¿Han oído de la

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? Es como un acorde perfecto, pero con más intensidad, más vibración."

Lo dijo así nomás, medio en serio medio en broma, refiriéndose a esas pláticas locas que teníamos sobre música y deseo, pero el término se quedó flotando, cargado de promesas. Mi piel se puso de gallina; el calor entre mis muslos se hacía insoportable.

La plática fluyó hacia lo personal. Marco confesó que siempre fantaseaba con verme con otro, pero solo si era alguien de confianza como Luis. Yo me sonrojé, pero el alcohol y el deseo me soltaron la lengua.

"¿Y si lo hacemos? Solo esta noche, para sentir esa

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que dices."

Luis se acercó más, su mano rozando mi rodilla, enviando ondas de calor por mi cuerpo. Marco asintió, sus ojos ardiendo. El beso empezó suave: los labios de Marco en mi cuello, oliendo a su loción de sándalo, mientras Luis me tomaba la cara y me besaba profundo, su lengua saboreando a chela y menta.

El sillón crujió cuando nos movimos. Mis manos temblaban quitándole la playera a Luis, sintiendo el calor de su pecho lampiño, los músculos duros bajo mis palmas. Olía a hombre puro, sudor limpio mezclado con esa colonia que me volvía loca. Marco ya me había bajado el vestido, sus dedos expertos desabrochando mi brasier, liberando mis tetas que se irguieron ansiosas.

Qué rico se siente esto, dos pares de manos en mí, explorando cada curva

, pensé mientras gemía bajito, el sonido ahogado en la boca de Luis.

Me recostaron despacio, el cuero pegándose a mi espalda desnuda, fresco contra mi piel ardiente. Luis besó mi ombligo, bajando lento, su aliento caliente sobre mi pubis. Marco se arrodilló al lado, chupando mi pezón izquierdo con esa succión perfecta que me hace arquear la espalda.

"Estás mojada, nena",

murmuró Luis, separando mis piernas con gentileza. Su dedo rozó mi clítoris, y un jadeo se me escapó, alto y ronco. El aroma de mi propia excitación llenó el aire, dulce y almizclado, mezclándose con el de ellos.

La tensión crecía como una ola. Yo quería más, necesitaba esa unión completa.

"Chínguenme ya, güeyes, no me hagan esperar."

Luis se quitó el pantalón, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando con la punta húmeda. Marco hizo lo mismo, la suya conocida, curva y perfecta para mí. Me puse de rodillas en la alfombra mullida, el pelo cayéndome en la cara. Tomé una en cada mano, sintiendo el calor vivo, las venas latiendo bajo mi tacto. Las lamí alternando, saboreando el salado de Luis, más intenso, y el suave de Marco. Sus gemidos roncos,

"¡Qué chida boca, Ana!"

de Luis, y los gruñidos bajos de Marco, me empapaban más.

Pero esto era solo el preludio. La

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pedía armonía total. Me tumbaron boca arriba, Marco abriéndose paso entre mis piernas, su verga empujando despacio mi concha resbalosa.

Dios, qué lleno me hace sentir

, el estiramiento delicioso, cada centímetro rozando mis paredes internas. Luis se colocó sobre mi pecho, ofreciéndome su miembro para mamarlo mientras Marco me taladraba con embestidas firmes. El slap-slap de piel contra piel, mis jugos chorreando, el olor a sexo crudo invadiendo la sala. Sudábamos todos, gotas cayendo en mi piel, saladas al lamerlas.

Intercambiaron posiciones sin palabras, como si leyeran la misma partitura. Ahora Luis dentro de mí, más ancho, golpeando profundo, haciendo que mis uñas se clavaran en sus hombros. Marco en mi boca, follándome la garganta suave. El ritmo se aceleraba, corazones tronando al unísono, jadeos entrecortados.

"¡Más duro, carnales!"

supliqué, y obedecieron. Sentí el orgasmo building, esa presión en el bajo vientre, como un volcán listo para estallar.

El clímax llegó en cascada. Primero yo, gritando con la verga de Marco en la boca, mi concha contrayéndose alrededor de Luis, ordeñándolo. Olas de placer me sacudían, visión borrosa, gusto a semen preeyaculatorio en la lengua. Luis se corrió segundos después, caliente dentro de mí, gruñendo

"¡Me vengo, putísima madre!"

mientras su leche me llenaba, desbordando tibieza por mis muslos. Marco se sacó, eyaculando en mi tetas, chorros blancos calientes que olían a almizcle puro. Nos quedamos ahí, temblando, respiraciones agitadas, el aire pesado con nuestro aroma compartido.

Después, el afterglow fue puro terciopelo. Nos acurrucamos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio refrescando nuestra piel pegajosa. Marco me besó la frente, Luis acarició mi pelo.

Esto fue la

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, no solo cuerpos, sino almas vibrando juntas

, reflexioné en silencio. No hubo celos, solo una conexión más profunda, como si hubiéramos tocado una nota prohibida pero perfecta.

Horas después, con el skyline de la Ciudad de México brillando por la ventana, nos reímos bajito de lo chingón que había sido.

"¿Repetimos, güeyes?"

pregunté juguetona. Ellos asintieron, y supe que esta noche había cambiado todo para bien. El deseo no se apaga; se aumenta.

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