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La noche en Polanco estaba

caliente como el chile en nogada

, con el aire cargado de risas, música reggaetón retumbando en los bares y ese olor a tequila fresco que me hacía salivar. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, con mi falda corta negra que apenas cubría mis muslos morenos y una blusa escotada que dejaba ver el nacimiento de mis tetas firmes, me sentía como una diosa lista para cazar. Llevaba semanas fantaseando con algo loco, algo que me sacara de la rutina de mi curro en la agencia de modas.

Neta, ¿por qué no?

pensé mientras sorbía mi margarita helada, el limón picándome la lengua y el sal en los labios.

Ahí estaba Sofia, mi carnala del alma desde la uni, con su pelo negro largo hasta la cintura, ojos verdes que hipnotizaban y un cuerpo de gym que gritaba

"tócame"

. Vestida con un vestido rojo pegado como segunda piel, se acercó bailando, su perfume de vainilla y jazmín invadiendo mi espacio. "¡Órale, Ana! ¿Qué pedo? Te ves

riquísima

esta noche, wey", me dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Nos abrazamos, sus tetas suaves presionando contra las mías, y sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas con tequila.

Entonces apareció Carla, una morra que Sofia conoció en un after de fashion week. Alta, curvas de infarto, piel canela y labios carnosos pintados de rojo fuego. "Hola, bellezas", ronroneó con acento chilango puro, su mano rozando mi brazo desnudo, enviando chispas directas a mi panocha. Hablamos de todo: del pinche tráfico de Reforma, de lo cara que está la vida en la CDMX, pero el aire entre nosotras se cargaba de electricidad. Sofia propuso: "¿Y si nos echamos unas cheves en tu depa, Ana? Aquí ya está muy tranqueado". Carla sonrió pícara: "Suena

chido

. Yo traigo ganas de fiesta privada". Mi corazón latió fuerte, el sudor perlando mi cuello.

Esto va a ser épico, como un

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de esos que ves en la red y te mojas entera

, pensé, mientras asentía con la cabeza, el pulso acelerado.

En mi depa en la Roma, con las luces tenues de neón filtrándose por las cortinas, pusimos salsa sensual bajito. El aroma a incienso de lavanda flotaba, mezclado con el sudor fresco de nuestros cuerpos. Nos quitamos los zapatos, descalzas sobre el piso de madera tibia. Sofia abrió unas coronas heladas, el

psssht

del gas rompiendo el silencio, y nos sentamos en el sofá de terciopelo gris. "Brindis por las noches que no se olvidan", dijo Carla, sus ojos clavados en mis labios. Bebimos, la cerveza fría bajando por mi garganta, refrescante contra el calor que subía por mi pecho.

La plática fluyó: risas sobre ex novios pendejos, confesiones de fantasías. "Yo siempre quise probar con dos al mismo tiempo", soltó Sofia, su mano en mi muslo, subiendo despacito, las uñas rozando mi piel sensible. Sentí mi chichi endurecerse bajo la blusa, el roce de la tela contra mis pezones como una promesa. Carla se acercó por el otro lado, su aliento cálido en mi oreja: "Y yo quiero saborearlas a las dos. ¿Les late?". Mi coño palpitó, ya húmedo, el olor a excitación empezando a perfumar el aire.

Qué rico, neta, esto es lo que necesitaba

, me dije, mientras giraba la cara y besé a Sofia primero.

Sus labios suaves, con sabor a cerveza y menta, se abrieron para mí. Nuestras lenguas bailaron lento, explorando, el

chup chup

húmedo llenando la habitación. Carla observaba, mordiéndose el labio, y de pronto su mano se coló bajo mi falda, dedos juguetones rozando el encaje de mi tanga empapada. "Estás

mojadita

, Ana", murmuró, y yo gemí en la boca de Sofia, el placer subiendo como ola. Nos paramos, tambaleantes de deseo, y nos desvestimos mutuamente. Mi blusa voló, tetas libres saltando, pezones duros como piedras. Sofia me quitó la falda, besando mi ombligo, su lengua trazando círculos que me hicieron arquear la espalda. Carla se desnudó sola, su cuerpo desnudo glorioso: tetas grandes con aureolas oscuras, panocha depilada brillando de jugos.

Caímos al colchón king size, sábanas de satén fresco contra nuestra piel ardiente. Sofia se tendió boca arriba, yo me subí a horcajadas sobre su cara, mi coño rozando sus labios. "Come, mi amor", le rogué, y su lengua entró en mí, lamiendo mi clítoris hinchado, chupando mis labios mayores con avidez. El sabor salado de mi excitación en su boca, sus gemidos vibrando contra mi carne sensible. Carla se posicionó detrás de mí, sus tetas presionando mi espalda, manos amasando mis chichis, pellizcando pezones hasta que grité de placer. "Qué tetotas tan ricas", susurró, mordisqueando mi cuello, el dolor dulce mezclándose con el éxtasis.

El ritmo subió. Bajé para besar a Carla mientras Sofia me devoraba, nuestras lenguas enredadas, saliva cayendo por nuestras barbillas. Cambiamos: Carla se acostó, piernas abiertas como invitación. Sofia y yo nos turnamos lamiéndola, yo metiendo dos dedos en su coño apretado, sintiendo sus paredes contraerse, el

squelch

húmedo de sus jugos. "¡Ay, sí, cabronas, así!", gritaba Carla, caderas buckeando contra mi mano. El olor a sexo puro, almizclado y dulce, nos envolvía como niebla. Mi propia panocha goteaba, el colchón mojado debajo.

La tensión crecía, como tormenta en el desierto sonorense. Sofia trajo el strap-on de mi cajón secreto, negro y grueso, se lo puso con una sonrisa lobuna. "Hora de follar en serio". Me puso a cuatro patas, el cuero del arnés fresco contra mis nalgas. Empujó lento, el dildo llenándome entera, estirándome delicioso.

Qué chingón, me parte en dos

, pensé, mientras Carla se acostaba debajo, lamiendo mi clítoris expuesto y los huevos falsos de Sofia. Gemidos, slap de piel contra piel, sudor chorreando por nuestras espaldas. Rotamos: yo con el strap follé a Carla, su coño tragándoselo todo, mientras Sofia me comía el culo desde atrás, lengua juguetona en mi ano sensible.

El clímax se acercaba, pulsos latiendo en oídos, respiraciones jadeantes. "¡Me vengo, pinches diosas!", aulló Sofia primero, frotando su clítoris contra mi muslo mientras nos frotábamos tetas. Carla explotó después, chorro caliente salpicando mi vientre, su cuerpo temblando como hoja. Yo fui la última, el orgasmo partiéndome en mil pedazos, luces estallando detrás de mis ojos cerrados, un grito gutural saliendo de mi garganta mientras mi coño se contraía en espasmos interminables. Colapsamos en un enredo de piernas y brazos, pieles pegajosas de sudor y jugos, el corazón martilleando como tambor azteca.

Después, el afterglow fue puro paraíso. Nos acurrucamos bajo las sábanas revueltas, el aire aún pesado de nuestro aroma compartido. Sofia me besó la frente: "Neta, Ana, esto fue lo más chido de mi vida". Carla rio bajito, trazando círculos en mi muslo: "Repetimos cuando quieran, mamacitas. Un

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inolvidable". Yo sonreí, el cuerpo lánguido y satisfecho, un calorcito en el pecho que no era solo físico.

Mientras el sol salía tiñendo el cielo de rosa sobre la ciudad, supe que esto había cambiado todo: éramos más que amigas, éramos fuego eterno

. El sueño nos venció, envueltas en paz y promesas de más noches así.

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