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Trío Ardiente con la Amiga de mi Esposa

6492 palabras

Trío Ardiente con la Amiga de mi Esposa

Era una noche de esas que empiezan tranquilas en la casa, con el olor a tacos de carnitas flotando desde la cocina y una chela fría en la mano. Mi esposa, Ana, había invitado a su carnala de toda la vida, Carla, a pasar el rato. Las dos se conocían desde la prepa, inseparables como tequila y limón. Yo, sentado en el sillón de la sala, las veía platicar y reírse a carcajadas, con sus vestidos veraniegos pegaditos al cuerpo por el calor de la noche mexicana.

Ana es morena, con curvas que me vuelven loco desde el día uno: tetas firmes, cintura de avispa y un culo que parece esculpido por Dios. Carla, en cambio, es más flaquita pero con un fuego en los ojos que quema. Pelo negro largo, labios carnosos y unas piernas interminables que terminan en un par de tacones que la hacen verse como diosa.

¿Qué pedo con esta tensión en el aire?

pensé, mientras sentía mi verga empezar a despertar solo de verlas juntas.

—Órale, carnal, ¿por qué no ponemos música? —dijo Carla, levantándose con un movimiento que dejó ver su tanga negra asomando por el vestido corto.

Ana me miró con esa sonrisa pícara que conozco bien. —Sí, amor, pon algo chido. Vamos a armar desmadre.

La reggaetón empezó a sonar bajito, y de repente las dos estaban bailando pegaditas, moviendo las caderas como si nadie las viera. Yo no pude aguantar y me uní, poniéndome atrás de Ana, sintiendo su calor contra mí. Mis manos en su cintura, rozando apenas la piel suave de su panza. Carla se acercó por delante, rozando sus tetas contra las de Ana, y las dos se rieron.

Esto se va a poner bueno, wey. Un trío con la amiga de mi esposa... ¿de veras va a pasar?

El sudor empezaba a perlar sus cuellos, mezclado con el perfume dulce de Ana y el cítrico de Carla. El aire se sentía pesado, cargado de ese olor a deseo que no se explica.

La cosa escaló cuando Ana me jaló para un beso profundo, su lengua saboreando a sal y tequila. Carla no se quedó atrás; se pegó a mi espalda, sus manos bajando por mi pecho hasta mi entrepierna. Sentí su aliento caliente en mi oreja.

Mira nomás qué duro estás, cuñado

—susurró con voz ronca—. ¿Quieres un trío con la amiga de tu esposa?

Ana se separó un segundo, jadeando. —Sí, amor. Siempre hemos platicado de esto. ¿Te late?

Mi corazón latía como tamborazo en fiesta. —

¡Claro que sí, pinches diosas!

—contesté, y las besé a las dos, alternando lenguas suaves y húmedas.

Nos movimos a la recámara como un río de manos y gemidos. La cama king size nos esperaba con sábanas frescas de algodón egipcio. Ana se quitó el vestido de un tirón, quedando en brasier rojo y tanga. Carla la imitó, revelando un cuerpo lampiño y tetas pequeñas pero perfectas, con pezones duros como piedras.

Yo me desvestí rápido, mi verga saltando libre, gruesa y venosa, apuntando al techo. Ellas se arrodillaron frente a mí, mirándome con ojos de hambre. Ana la tomó primero, chupando la cabeza con labios carnosos, saboreando el pre-semen salado. Carla lamió los huevos, su lengua áspera mandándome chispas por la columna.

Qué rico sabe tu marido, Ana

—dijo Carla entre lamidas—. Mira cómo palpita.

El sonido de sus succiones llenaba la habitación:

slurp, slurp

, mezclado con mis gruñidos bajos. Sentía sus bocas calientes, húmedas, compitiendo por cada centímetro. Mi piel ardía, el tacto de sus mejillas suaves contra mis muslos peludos.

Las subí a la cama. Ana se recostó, abriendo las piernas para mostrar su concha rosada, ya empapada y brillando. —Ven, amor. Cómeme mientras Carla te mama.

Me hundí entre sus muslos, oliendo su aroma almizclado, ese olor a mujer en celo que me enloquece. Mi lengua exploró sus labios hinchados, saboreando el jugo dulce y ácido. Ana gemía fuerte, arqueando la espalda, sus uñas en mi pelo.

Carla se montó en mi cara desde atrás, su culo redondo presionando contra mi boca. —

Llámeme, cuñado

—pidió, y le metí la lengua profundo, sintiendo su interior apretado y caliente. Ella se mecía, sus jugos corriendo por mi barbilla.

El cuarto apestaba a sexo: sudor, fluidos, perfume revuelto. Sus gemidos se volvían gritos ahogados, el colchón crujiendo bajo nosotros.

Esto es el paraíso, carnal. Dos panochas deliciosas, listas para mí. No puedo creer que estemos haciendo un trío con la amiga de mi esposa.

Cambié posiciones. Ana se puso a cuatro patas, su culo en pompa invitándome. La penetré de un golpe, sintiendo su calor envolvente, apretándome como guante. —¡Ay, sí, cabrón! ¡Dame duro! —gritó.

Carla se acostó debajo de ella, lamiendo donde nos uníamos. Su lengua rozaba mi verga entrando y saliendo, y el clítoris de Ana. Yo empujaba rítmico, el

plaf plaf

de piel contra piel resonando. El sudor nos pegaba, resbaloso y caliente.

Te sientes enorme, amor

—jadeó Ana—. Carla, mámame las tetas.

Carla obedeció, succionando pezones mientras sus dedos se metían en su propia concha, masturbándose con fruición. Yo aceleré, sintiendo el orgasmo subir como lava.

Pero quise darles placer primero. Saqué mi verga chorreante y me dediqué a ellas. Metí tres dedos en Ana, curvándolos para golpear su punto G, mientras lamía a Carla. Ambas temblaban, sus cuerpos convulsionando.

—¡Me vengo! ¡Pinche cuñado! —chilló Carla primero, su concha contrayéndose, squirtando jugo en mi boca, sabor salado y dulce.

Ana la siguió, gritando mi nombre, su interior palpitando alrededor de mis dedos. —¡Síiii! ¡Qué rico!

Ahora ellas me atacaron. Ana se montó en reversa, su culo rebotando mientras me cabalgaba. Carla besaba mi boca, saboreando sus propios jugos en mí. Sus tetas rozaban mi pecho, pezones duros como diamantes.

—Córrete adentro de ella, wey —me rogó Carla—. Quiero ver cómo la llenas.

No aguanté más. El calor de Ana me ordeñaba, sus paredes apretando. Explote con un rugido, chorros calientes inundándola, semen espeso goteando por sus muslos. Ellas gemían conmigo, prolongando mi placer con besos y caricias.

Colapsamos en un enredo de piernas y brazos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El olor a sexo impregnaba todo, sábanas húmedas pegadas a nuestra piel. Ana me besó tierno. —Te amo, amor. Gracias por esto.

Carla sonrió, acurrucándose. —Fue épico, carnales. Un trío con la amiga de mi esposa... inolvidable.

Nunca olvidaré esta noche. Sus cuerpos, sus sabores, el fuego que compartimos. Somos más unidos que nunca.

Nos quedamos así, envueltos en afterglow, con la promesa de más noches locas. El corazón aún acelerado, pero en paz total.

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