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El Trio Ardiente con Mi Novia

5985 palabras

El Trio Ardiente con Mi Novia

La noche caía sobre la colonia Roma en la Ciudad de México, con ese bullicio de coches y risas que se colaba por las ventanas abiertas de nuestro depa. Ana, mi novia de dos años, estaba recargada en el balcón, con un vestido negro ajustado que marcaba sus curvas perfectas. Su cabello negro suelto ondeaba con la brisa tibia, y el olor a jazmín del jardín de abajo se mezclaba con su perfume dulzón, ese que siempre me ponía la piel de gallina.

Neta, wey, ¿por qué no lo hacemos de una vez?

pensé mientras la veía mover las caderas al ritmo de la música reggaetón que salía del Spotify. Habíamos platicado mil veces de nuestras fantasías. Ella quería un

trio con novia

, algo salvaje pero consensuado, con alguien de confianza. Yo, pendejo emocionado, le propuse a Marco, mi carnal de la uni, un cuate guapo y discreto que siempre andaba con buena onda.

—Ya viene Marco, amor —le dije, acercándome por detrás y rodeándola con mis brazos. Sentí su trasero firme presionando contra mí, y mi verga ya empezaba a despertar. Ella giró la cabeza, sus labios carnosos rozando mi oreja.

Órale, carnal, que llegue pronto que ya estoy mojadita de pensarlo

—susurró con esa voz ronca que me volvía loco.

El timbre sonó como un disparo en la quietud. Marco entró con una sonrisa pícara, botella de tequila en mano. Alto, moreno, con músculos que se notaban bajo la camisa. Nos dimos un abrazo de esos que duran un segundo de más, y Ana lo escaneó de arriba abajo con ojos hambrientos.

Qué chulo estás, Marco

—dijo ella, sirviéndole un trago—. Siéntate, que hoy la vamos a pasar chido.

Empezamos con tequilas y pláticas de la vida, pero el aire ya estaba cargado de electricidad. Ana se sentó entre nosotros en el sofá, su muslo rozando el mío y el de él. El calor de su piel traspasaba la tela, y oí su respiración acelerarse cuando Marco le contó un chiste sucio. Reímos, pero mis ojos estaban fijos en cómo ella lamía la sal de sus labios, dejando un brillo tentador.

La tensión crecía como una tormenta.

¿Y si me arrepiento? ¿Y si ella prefiere a Marco?

me cuestioné en la cabeza, pero el deseo era más fuerte. Ana puso su mano en mi pierna, subiendo despacio hasta mi entrepierna, donde ya estaba duro como piedra. Marco la miró, pidiendo permiso con los ojos.

¿Listos para el trio con novia, cabrones?

—dijo ella, riendo bajito, y nos jaló a los dos hacia la recámara.

La luz tenue de las velas que prendí antes iluminaba la cama king size. El olor a sábanas frescas y su aroma corporal me invadió. Ana se quitó el vestido de un tirón, quedando en tanga roja y nada más. Sus tetas perfectas, redondas, con pezones oscuros ya erectos. Marco y yo nos desvestimos rápido, nuestras vergas saltando libres, palpitantes.

Me acerqué primero, besándola con hambre, mi lengua explorando su boca dulce de tequila. Sus manos me agarraban el pelo, gimiendo suave contra mis labios. Marco se pegó por detrás, besándole el cuello, y ella arqueó la espalda, frotando su culo contra él. Sentí el calor de sus cuerpos presionando el mío, el sudor empezando a perlar su piel.

Chúpame, amor

—me rogó Ana, empujándome hacia abajo. Me arrodillé, inhalando su olor almizclado de excitación. Separé sus labios con los dedos, rosados y brillantes de jugos. Mi lengua la lamió despacio, saboreando su salado dulce, mientras ella jadeaba y sus caderas se movían. Marco la besaba, pellizcándole las tetas, y oí sus gemidos ahogados.

El ritmo subió. La puse en la cama boca arriba, yo entre sus piernas, embistiéndola lento al principio. Su coño apretado me succionaba, caliente y resbaloso. Marco se subió a su lado, ofreciéndole su verga gruesa. Ana la tomó con avidez, chupándola profundo, saliva goteando por su barbilla. El sonido de succión y mis embestidas llenaba la habitación, mezclado con nuestros gruñidos.

Esto es el paraíso, wey

, pensé, viendo cómo su cara de placer se contorsionaba. Cambiamos posiciones. Ana se montó en Marco, cabalgándolo como una diosa, sus nalgas rebotando contra su pelvis. Yo me paré frente a ella, y metió mi verga en su boca, mamándome con maestría mientras gemía alrededor de mí. El slap-slap de carne contra carne, el olor a sexo puro, el sabor de su saliva en mi piel... todo me llevaba al borde.

Pero no queríamos acabar aún. La volteamos, yo atrás follándola doggy style, profundo y fuerte, mis bolas golpeando su clítoris. Marco debajo, lamiéndole las tetas y frotándole el botón. Ana gritaba ahora,

"¡Más, cabrones, no paren!"

, su voz ronca y desesperada. Sentía sus paredes contraerse, ordeñándome, y el sudor nos unía como pegamento.

La tensión psicológica también bullía.

¿Soy suficiente para ella después de esto? ¿O esto nos une más?

Pero sus ojos, fijos en mí mientras Marco la penetraba, me decían que era nuestro momento. Cambiamos otra vez: Ana en el medio, yo en su coño, Marco en su culo, lubricado con su propio deseo. Entramos despacio, sincronizados, sintiendo la delgadeza de la pared entre nosotros. Ella aullaba de placer, temblando,

"¡Sí, el trio con novia perfecto!"

El clímax llegó como avalancha. Ana se corrió primero, su cuerpo convulsionando, chorros calientes mojándonos. Yo no aguanté, explotando dentro de ella con un rugido, semen caliente llenándola. Marco la siguió, gruñendo mientras se vaciaba en su boca, y ella lo tragó todo, lamiéndose los labios con una sonrisa satisfecha.

Nos derrumbamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones jadeantes. El aire olía a semen, sudor y ella. Ana se acurrucó entre nosotros, besándonos alternadamente.

Los amo, mis amores. Esto fue chingón

—murmuró, su voz soñolienta.

Marco se fue al rato, con un abrazo fraternal y promesa de repetir. Ana y yo nos quedamos en la cama, piel con piel, el corazón latiéndonos fuerte aún.

Esto no rompió nada; lo fortaleció

, pensé, mientras la abrazaba. La noche mexicana nos envolvía con su calor, y supe que nuestro amor había subido de nivel, ardiente y sin límites.

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