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Try Catch Pasional en SAP ABAP

6891 palabras

Try Catch Pasional en SAP ABAP

Estaba hasta el tope con este jodido reporte en SAP ABAP. La oficina en Polanco se sentía como un horno a las diez de la noche, el aire acondicionado apenas jalaba y el zumbido de las máquinas me taladraba los oídos. Yo, Ana, programadora senior, tecleaba como loca frente a mi laptop, sudando la gota gorda bajo la blusa blanca que se me pegaba al cuerpo. El olor a café rancio del termo se mezclaba con mi perfume de vainilla, y cada tanto, el aroma de mi propia piel caliente me recordaba lo sola que estaba.

¿Por qué carajos acepté este deadline pendejo? pensé, mientras insertaba un try catch en el código para manejar un error de conexión a la base de datos. Las líneas de ABAP bailaban en la pantalla, verdes y blancas, como un baile erótico que no terminaba. De repente, la puerta del cubículo se abrió y entró Marco, mi carnal del equipo, con esa sonrisa chueca que me ponía la piel chinita.

¿Qué onda, Ana? ¿Ya le diste? —dijo él, apoyándose en mi escritorio. Su voz grave, con ese acento chilango puro, me erizó los vellos de la nuca. Llevaba la camisa arremangada, los antebrazos morenos y fuertes, oliendo a colonia barata pero rica, como a madera y cítricos.

—No mames, güey. Este try catch no agarra el error. Me voy a volver loca —respondí, sin quitarle los ojos de encima. Siempre había habido química entre nosotros, de esas tensiones que se cortan con cuchillo. Él se acercó más, su cadera rozando la mía, y el calor de su cuerpo me invadió como una ola.

Acto uno: la chispa. Empezamos a debuggear juntos el programa SAP ABAP. Sus dedos sobre el teclado, tan cerca de los míos, enviaban chispas eléctricas por mi brazo. Cada vez que el código fallaba, él reía bajito, y yo sentía un cosquilleo en el estómago. Es ahora o nunca, me dije. Le pasé el termo de café, y al rozar nuestras manos, no la retiré. Sus ojos se clavaron en los míos, oscuros y hambrientos.

—Déjame ver —murmuró, sentándose a mi lado. Su muslo presionó contra el mío, firme y cálido a través del pantalón de vestir. El roce era eléctrico, como si estuviéramos en un try catch de la vida real: intentar algo riesgoso y atrapar el placer si salía bien. Hablamos del código, pero las palabras se cargaban de doble sentido. “Hay que manejar la excepción con cuidado”, dije yo, y él contestó: “Sí, para que no explote todo”.

La tensión crecía como una tormenta. Su aliento en mi cuello mientras le explicaba la sintaxis de ABAP, el sonido de sus dedos tecleando rápido, el sabor salado del sudor que me lamí del labio superior. Olía a él por todos lados, masculino y adictivo. Mi corazón latía como tambor en desfile, y entre las piernas sentía esa humedad traicionera que me hacía apretar los muslos.

Acto dos: la escalada. El programa por fin compiló sin errores. “¡Lo logramos, cabrón!”, grité, y me volteé para chocarle la mano. Pero en vez de eso, él me jaló hacia él, sus labios chocando contra los míos. Fue como un cortocircuito: suave al principio, explorando con la lengua, saboreando el café y el deseo. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca. Sus manos en mi cintura, fuertes, subiendo por mi espalda, desabrochando el brasier con maestría.

Te quiero desde el primer día que te vi tecleando ABAP —susurró contra mi piel, mordisqueando mi oreja. El vello de su barba raspaba delicioso, enviando ondas de placer directo a mi centro. Lo empujé contra el escritorio, desabotonándole la camisa. Su pecho ancho, cubierto de vello negro, olía a sudor limpio y hombre. Lamí un pezón, salado y duro, mientras él metía la mano bajo mi falda, rozando mis bragas empapadas.

—Estás chingada, Ana —rió él, voz ronca. Sus dedos juguetearon ahí, presionando el clítoris a través de la tela. Jadeé, el aire saliendo en ráfagas calientes. Lo besé con furia, mordiendo su labio inferior, mientras le bajaba el cierre del pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La piel aterciopelada, caliente como hierro forjado, el olor almizclado de su excitación me mareaba.

Nos movimos al sofá de la sala de juntas cercana, luces tenues del pasillo filtrándose. Él me quitó la blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco. Las chupó con hambre, lengua girando alrededor de los pezones, succionando hasta que dolió rico. Qué padre se siente esto, pensé, arqueándome contra su boca. Mis uñas en su espalda, arañando suave, marcándolo como mío. Le bajé los bóxers del todo, y lo tomé en la mano, masturbándolo lento, sintiendo cada vena pulsar.

Ven, cabrona, siéntate en mí —gruñó, guiándome. Me quité las bragas de un jalón, el sonido húmedo de mi panocha ansiosa. Me acomodé a horcajadas, rozando su punta contra mi entrada resbalosa. Bajé despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso me arrancó un grito. Lleno, completo, su grosor rozando paredes sensibles. Empecé a moverme, arriba abajo, el slap slap de piel contra piel resonando en la habitación vacía.

Sus manos en mis nalgas, amasando, guiando el ritmo. Sudábamos juntos, cuerpos pegajosos, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Gemidos entrecortados, susurros sucios: “Más duro, pendeja, rómpeme”. Yo aceleré, tetas rebotando, clítoris frotándose contra su pubis. El orgasmo se acercaba como un tren, tensión en el vientre, pulsos en las sienes. Él me volteó, poniéndome a cuatro patas sobre el sofá, penetrándome desde atrás. Profundo, salvaje, sus bolas golpeando mi trasero. El sonido obsceno, el olor de nuestras jugadas mezcladas.

Acto tres: la liberación. Sentí la ola romper. “¡Me vengo, Marco, no pares!”, grité, el placer explotando en estrellas blancas detrás de mis ojos. Mi panocha se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, jugos chorreando por mis muslos. Él rugió, clavándome las uñas en las caderas, y se vació dentro, chorros calientes llenándome hasta rebosar. Colapsamos juntos, jadeando, pieles pegadas, corazones galopando al unísono.

Nos quedamos ahí, enredados, el silencio roto solo por nuestras respiraciones calmándose. Su mano acariciaba mi cabello, suave, tierna. Olía a nosotros, a satisfacción profunda.

Esto no fue un error de código, fue el try catch perfecto: intentamos y atrapamos el cielo
, pensé, sonriendo contra su pecho.

¿Y el reporte de SAP ABAP? —preguntó él, riendo bajito.

Que se joda por hoy. Mañana lo terminamos... juntos —respondí, besándolo lento.

Salimos de la oficina al amanecer, el skyline de la Ciudad de México tiñéndose de rosa. Caminamos de la mano, el futuro lleno de promesas. Ese try catch en SAP ABAP no solo salvó el programa, nos salvó a nosotros.

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