Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Posiciones Sexuales para Probar Esta Noche Posiciones Sexuales para Probar Esta Noche

Posiciones Sexuales para Probar Esta Noche

7241 palabras

Posiciones Sexuales para Probar Esta Noche

Era una de esas noches calurosas en la playa de Cancún, con el aire salado colándose por la ventana abierta de nuestra casita rentada. Luis y yo llevábamos tres años juntos, y aunque el amor seguía ardiendo como chile fresco, sentíamos que necesitábamos algo nuevo para avivar la flama. Yo, Ana, con mis curvas que él tanto adoraba, me recosté en la cama king size, sintiendo las sábanas frescas contra mi piel morena. El sonido de las olas rompiendo a lo lejos era como un ritmo hipnótico, y el olor a coco de mi loción se mezclaba con el sudor ligero de anticipación.

Luis entró del balcón, con una cerveza en la mano, su torso musculoso brillando bajo la luz de la luna. Órale, mi reina, dijo con esa voz ronca que me ponía la piel chinita. ¿Lista para probar algo diferente? Yo sonreí, mordiéndome el labio. Habíamos estado hablando todo el día de eso: posiciones sexuales para probar. Encontré una lista en una app bien chida mientras tomábamos el sol, y le mandé el link. Neta, esto va a ser épico, pensé, mientras mi corazón empezaba a latir más rápido.

Nos besamos despacio al principio, sus labios salados rozando los míos, el sabor a cerveza fría mezclándose con mi gloss de fresa. Sus manos grandes subieron por mis muslos, y yo arqueé la espalda, sintiendo el calor de su palma contra mi piel suave. Empecemos con la primera de la lista, murmuró él, quitándome el bikini con urgencia juguetona. Yo reí bajito, Pero con calma, cabrón, que quiero disfrutarlo todo.

¿Por qué siempre siento que cada roce suyo es como la primera vez? Su aliento en mi cuello me hace temblar, y ya estoy mojada solo de imaginar lo que viene.

La primera posición era la clásica misionera, pero con un twist: piernas sobre sus hombros. Me acosté boca arriba, y él se posicionó entre mis piernas, levantándolas alto. El estiramiento era delicioso, abriéndome por completo. Cuando entró en mí, lento y profundo, gemí fuerte. ¡Qué rico, Luis! Así, más adentro. Su verga gruesa me llenaba, el roce contra mis paredes internas enviando chispas de placer por todo mi cuerpo. Podía oler su sudor masculino, mezclado con el salitre del mar, y oír sus gruñidos roncos cada vez que empujaba. Mis tetas rebotaban con cada embestida, y yo clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que él adoraba.

El ritmo aumentó, sus caderas chocando contra las mías con un plaf húmedo y obsceno. Sudábamos juntos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en un baile perfecto. Esto es lo que necesitábamos, pensé, mientras el orgasmo se acercaba como una ola gigante. Él se inclinó para chuparme un pezón, su lengua áspera girando, y eso me llevó al borde. ¡Ya, mi amor, no pares! Exploté alrededor de él, mis músculos contrayéndose, un grito ahogado escapando de mi garganta. Él siguió unos segundos más antes de correrse dentro, caliente y abundante, colapsando sobre mí con un suspiro satisfecho.

Pero no paramos ahí. Descansamos un rato, bebiendo agua fría de la hielera, riéndonos de lo intenso que había sido. La siguiente, dije yo, revisando la app en mi teléfono. Era la de perrito, pero con una variación: yo de rodillas en el borde de la cama, él de pie detrás. Me puse en posición, mi culo redondo en alto, sintiendo el aire fresco en mi coño aún sensible. Luis se acercó, acariciando mis nalgas con reverencia. Mira qué chula estás así, Ana. Como para comerte entera. Su dedo rozó mi clítoris hinchado, y yo jadeé, arqueándome más.

Entró de un solo empujón, profundo y salvaje. ¡Ay, wey, qué grande te sientes así! exclamé, el placer casi doloroso de lo lleno que me dejaba. Sus manos agarraron mis caderas, marcándome con sus dedos fuertes, mientras me taladraba sin piedad. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con mis gemidos agudos y sus ¡Sí, mami, apriétame!. Podía sentir cada vena de su verga rozando dentro de mí, el calor acumulándose en mi vientre. Olía a sexo puro, a nuestra excitación compartida, y el sabor salado de mis labios cuando me mordí para no gritar demasiado alto.

En esta posición me siento tan expuesta, tan suya. Cada embestida me recuerda cuánto lo deseo, cuánto confío en él para entregarme así.

Él metió una mano debajo para frotar mi clítoris en círculos rápidos, y el mundo se volvió blanco. Orgasmé de nuevo, temblando violentamente, mis jugos chorreando por mis muslos. Luis gruñó como animal, acelerando hasta vaciarse otra vez, su semen caliente goteando fuera de mí cuando se retiró. Caímos en la cama, jadeantes, besándonos con ternura. Eres lo máximo, mi vida, susurró él, y yo sentí un nudo de emoción en el pecho. No era solo sexo; era conexión profunda.

La noche avanzaba, y el deseo no menguaba. Una más de esas posiciones sexuales para probar, propuse con picardía, eligiendo la vaquera invertida. Me subí encima de él, dándole la espalda, guiando su polla endurecida de nuevo a mi entrada resbaladiza. Bajé despacio, gimiendo al sentirlo estirarme otra vez. ¡Qué chingón se siente esto! Mis manos en sus muslos, empecé a moverme, rebotando arriba y abajo. Podía controlar el ritmo, profundo o superficial, y él gemía debajo de mí, sus manos amasando mi culo.

El sudor nos cubría, brillando como aceite bajo la luz tenue. Oía su respiración agitada, sentía sus dedos hundiéndose en mi carne suave. Giré la cabeza para verlo: sus ojos oscuros fijos en donde nos uníamos, su pecho subiendo y bajando rápido. Lo tengo en mis manos, literalmente, pensé, acelerando, mis tetas saltando libres. Él se incorporó un poco para alcanzar mi clítoris con los dedos, y el placer se duplicó. ¡Más rápido, Ana, no pares! Su voz era pura necesidad.

Cabalgué como loca, el roce constante contra mi punto G enviando ondas de éxtasis. El olor de nuestros cuerpos mezclados era embriagador, como un perfume prohibido. Grité su nombre cuando el clímax me golpeó, mis paredes apretándolo fuerte, ordeñándolo. Él se corrió conmigo, un rugido gutural escapando mientras llenaba mi interior por tercera vez. Me desplomé hacia atrás sobre su pecho, ambos exhaustos, riendo entre jadeos.

Nos quedamos así un rato largo, envueltos en las sábanas revueltas, el sonido de las olas ahora un arrullo. Sus brazos me rodeaban protectoramente, su mano acariciando mi vientre plano. ¿Ves? Esas posiciones sexuales para probar fueron la neta, murmuré, besando su brazo. Él rio bajito. Tú eres la neta, mi amor. Mañana probamos más. Sentí una paz profunda, un amor renovado. No era solo el placer físico; era la confianza, la complicidad, el saber que juntos podíamos explorar sin límites.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, nos despertamos entrelazados. El aroma a café que preparé se coló en la habitación, y mientras lo tomábamos en el balcón, su mano en mi rodilla prometía más aventuras. Esta noche cambió todo, pensé, sonriendo. Habíamos probado posiciones nuevas, pero lo mejor fue redescubrirnos el uno al otro.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.