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La Ardiente Recaudacion de Rentas en General Trias

6337 palabras

La Ardiente Recaudacion de Rentas en General Trias

Me llamo Carla, y en General Trias, mi recaudación de rentas es lo que me mantiene con los pies en la tierra, pero hoy iba a ser diferente. El sol de Nuevo León pegaba fuerte esa mañana de viernes, mientras manejaba mi vochito por las calles pavimentadas del fraccionamiento Las Lomas. El aire acondicionado chingaba y sudaba como yo, con el escote de mi blusa blanca pegándose a la piel por el bochorno. Olía a tierra mojada de la noche anterior y a tacos de carnitas de la taquería de la esquina. Llegué al edificio de departamentos, un lugar chido con alberca y gimnasio, nada de esas broncas de vecindades mugrosas.

El deudor del mes era Marco, un morro alto, de ojos cafés intensos y brazos tatuados que se marcaban bajo su playera ajustada. Subí las escaleras con mi carpeta en mano, sintiendo cómo mis jeans ceñidos rozaban mis muslos con cada paso. ¿Por qué carajos mi corazón late así? Solo es recaudación de rentas, wey, me dije mientras tocaba la puerta. Él abrió, con una sonrisa pícara que me dejó el estómago revuelto.

—¡Órale, Carla! Justo te esperaba —dijo con voz grave, oliendo a jabón fresco y loción barata pero rica.

Entré, el depa estaba fresco, con el ventilador zumbando y reggaetón bajito de fondo. Se sentó en el sofá de piel sintética, y yo en la silla enfrente, cruzando las piernas para disimular el calor que subía por mi entrepierna.

—Marco, neta, ya van dos meses. ¿Qué onda con la renta?

Él se rascó la barba incipiente, mirándome de arriba abajo sin disimulo. Sus ojos en mis chichis me prenden como yesca. Platicamos un rato, de la vida en General Trias, de cómo el tráfico en la carretera a Monterrey nos chinga a todos. Me ofreció un chesco frío de la refri, y mientras bebía, sentí sus dedos rozar los míos al pasármelo. Electricidad pura, carnal.

La plática fluyó, de pendejadas del trabajo a confesiones. Él era constructor, con manos callosas que imaginaba recorriendo mi espalda. Yo le conté de mi jefa en la oficina de recaudación, una vieja amargada. Reímos, y de pronto su rodilla tocó la mía. No me moví. El aire se cargó de algo espeso, como el olor a sudor mezclado con deseo.

El sol se colaba por las cortinas, pintando rayas doradas en su piel morena. Me levanté para ir al baño, pero él me siguió con la mirada. ¿Y si le propongo un arreglo? Algo mutuo, chingón. Volví, y me senté más cerca, mi muslo contra el suyo. Sentí su calor irradiando, mi piel erizándose bajo la blusa.

—Oye, Marco, ¿y si encontramos una forma de... saldar cuentas? —susurré, mi voz ronca por la garganta seca.

Él sonrió, esa sonrisa de lobo. —¿Qué traes en mente, morra?

Mis manos temblaron un poco al ponerlas en sus rodillas. Él no se apartó; al contrario, cubrió las mías con las suyas, ásperas y fuertes. Nos miramos, el tiempo se detuvo con el zumbido del ventilador como único testigo. Me incliné, mis labios rozaron los suyos, suaves al principio, probando el sabor salado de su boca. Neta, sabe a victoria.

El beso se profundizó, lenguas danzando con urgencia. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando mi sostén con maestría. Gemí bajito cuando sus dedos pellizcaron mis pezones endurecidos, enviando chispas directo a mi clítoris. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que me moja las panties. Me quitó la blusa, exponiendo mis tetas al aire fresco, y chupó una, lamiendo con hambre mientras yo arqueaba la espalda.

—¡Ay, wey, qué rico! —jadeé, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto.

Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Sentí su verga dura presionando contra mi panocha a través de la tela. Me froté contra él, lento, sintiendo cada vena palpitar. Él gruñó, manos en mis nalgas, amasándolas fuerte. Bajé su zipper, liberando su miembro grueso, caliente como hierro al rojo. Lo acaricié, sintiendo la piel sedosa sobre la rigidez, un chorrito de precum lubricando mi palma.

Me puse de pie un segundo, quitándome los jeans y las tangas empapadas. Él se lamió los labios, ojos fijos en mi coño depilado, brillando de jugos. Quiere comérmela, lo leo en su cara. Me arrodillé, tomando su pija en la boca. Saboreé el salado, chupando la cabeza mientras mi lengua giraba. Él jadeaba, caderas moviéndose, "¡Chíngame la boca, Carla!" Dijo, y obedecí, profunda hasta la garganta, saliva goteando.

Pero quería más. Me levanté, guiando su verga a mi entrada húmeda. Me hundí despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estira, llena por completo. ¡Puta madre, qué chingón se siente! Cabalgué lento al principio, mis tetas rebotando, sus manos guiándome. El sofá crujía bajo nosotros, sudor perlando su pecho, oliendo a sexo puro. Aceleré, mis gemidos mezclándose con los suyos, el slap-slap de piel contra piel.

Me volteó, poniéndome a cuatro patas. Entró de nuevo, profundo, golpeando mi punto G con cada embestida. Sus bolas chocaban mi clítoris, y grité cuando el orgasmo me azotó, olas de placer contrayendo mi coño alrededor de él. Él no paró, follándome fuerte, sus dedos en mi clítoris frotando. Es un animal, pero mío.

—¡Me vengo, morra! —rugió, saliendo para eyacular en mi espalda, chorros calientes resbalando por mi piel.

Colapsamos, jadeando, su cuerpo pesado sobre el mío. El aire olía a semen y sudor, delicioso. Me besó el cuello, suave ahora, mientras recuperábamos el aliento.

Minutos después, envueltos en una sábana, fumamos un cigarro en la terraza. General Trias se extendía abajo, luces encendiendo con el atardecer, el tráfico zumbando lejano. Él me miró, serio.

—La renta... ¿ya está pagada?

Reí, dándole un codazo juguetón. —Neta, Marco, con eso y lo que viene, estás al corriente. Pero la próxima recaudación de rentas, avísame antes.

Nos abrazamos, su mano acariciando mi pelo. Sentí paz, un cierre chido a la tensión acumulada. No era solo sexo; era conexión, dos adultos resolviendo broncas con placer mutuo. Bajé las escaleras con las piernas flojas, pero el corazón lleno. En General Trias, mi trabajo acababa de volverse mi vicio favorito.

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