La Triada de Wernicke del Placer Carnal
El sol de la tarde se colaba por las cortinas de mi depa en la Condesa, pintando rayas doradas en la cama king size que compartíamos Carlos y yo. Hacía semanas que no nos veíamos bien, entre sus turnos en neurología y mis clases de residente en el IMSS. Ese día, neta, el aire estaba cargado de esa electricidad que sientes antes de una buena cogida. Carlos entró con su bata aún puesta, el olor a hospital mezclado con su colonia favorita, esa que me hace agua la boca.
—¿Qué onda, mamacita? —dijo con esa sonrisa pícara, quitándose los zapatos de un tiro—. Te extrañé un chorro.
Me paré del sofá, mi short de mezclilla ajustado marcando mis nalgas, y caminé hacia él contoneándome. Sus ojos se clavaron en mí como si fuera el último taco al pastor del puesto de la esquina. Lo jalé de la camisa y lo besé, profundo, saboreando el leve rastro de café en su lengua. Sus manos grandes bajaron a mi culo, apretando con fuerza, y sentí ese cosquilleo que sube por la espalda.
Pinche Carlos, siempre sabe cómo encender el fuego. ¿Cuánto tiempo más voy a aguantar sin que me coma viva?
Nos fuimos tropezando al cuarto, riéndonos como pendejos. Él me tumbó en la cama suave, las sábanas frescas rozando mi piel caliente. Se desabrochó la camisa despacio, dejando ver ese pecho moreno y definido de tanto gym en el ABC. Yo me quité la blusa, mis tetas saltando libres, pezones ya duros como piedras.
—Hoy te voy a explicar algo chido de mi especialidad —murmuró mientras besaba mi cuello, su aliento cálido erizándome la piel—. La triada de Wernicke: oftalmoplegia, ataxia y confusión. Pero en tu cuerpo, güey, va a ser la triada del placer puro.
Me reí bajito, pero su voz ronca me puso los nervios de punta. Sus labios bajaron por mi clavícula, lamiendo el sudor salado que ya perlaba mi piel. El cuarto olía a nosotros, a deseo crudo, mezclado con el jazmín del difusor que tengo en la mesita.
Acto primero del deseo: sus dedos juguetones desabrocharon mi short, deslizándolo por mis muslos suaves. Me quedé en tanguita de encaje negro, empapada ya. Él se arrodilló entre mis piernas, inhalando hondo.
—Hueles a cielo, carnal. A panocha lista para la acción.
Separó mis labios con los pulgares, su lengua caliente rozando mi clítoris. ¡Ay, wey! Un gemido se me escapó, grave y animal. Lamía despacio, chupando, metiendo la lengua adentro como si quisiera devorarme entera. Mis caderas se alzaron solas, buscando más, el sonido húmedo de su boca llenando el cuarto. Sentía el pulso en mi entrepierna, latiendo fuerte, y el calor subiendo por mi vientre.
Le jalé el pelo, guiándolo, mientras mis dedos se clavaban en su cuero cabelludo. El placer era un zumbido constante, como el tráfico de Insurgentes allá abajo, pero mucho más intenso.
Esto es lo que necesitaba. Olvidarme de las guardias eternas, de los pacientes gritones. Solo su lengua, su calor, neta qué chingón.
Lo empujé hacia arriba, queriendo más. Se quitó el pantalón de un jalón, su verga saltando libre, gruesa y venosa, la punta brillando de precum. La tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre acero, y la masturbé despacio, sintiendo cómo palpitaba. Él gruñó, un sonido gutural que me vibró en el pecho.
—Cómela, morra —pidió, y yo obedecí gustosa.
Me metí la cabeza en la boca, saboreando su gusto salado y almizclado. La chupé hondo, garganta relajada por la práctica, mis labios estirados alrededor de su grosor. Él jadeaba, manos en mi cabeza, pero sin forzar, solo guiando. El sonido de mi succión, slurp slurp, se mezclaba con sus ¡órale! y mis ronroneos.
Pero no quería acabar así. Lo empujé a la cama y me subí encima, frotando mi concha mojada contra su verga dura. El roce era eléctrico, piel contra piel resbalosa. Me acomodé, bajando despacio, centímetro a centímetro, hasta que me llenó por completo. ¡Madre santa! El estirón delicioso, sus venas pulsando dentro de mí.
Empecé a moverme, cabalgándolo como reina, tetas rebotando. Él las atrapó, pellizcando pezones, mandándome chispas al cerebro. El sudor nos unía, resbaloso, oliendo a sexo puro, a macho y hembra en celo.
Ahora el medio tiempo, la escalada. Cambiamos posiciones: él encima, misionero profundo, sus embestidas lentas al principio, construyendo. Cada thrust hacía que mi clítoris rozara su pubis, acumulando tensión. Mis uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Sus bolas golpeaban mi culo, plaf plaf, ritmo hipnótico.
—Más duro, cabrón —le rogué, y él aceleró, el colchón crujiendo bajo nosotros.
La tensión es como un resorte. Siento que voy a explotar. ¿Cuánto más? Mi mente da vueltas, piernas flojas ya.
Aquí vino lo heavy. Me volteó a cuatro patas, mi posición favo. Entró de nuevo, agarrándome las caderas, follando con todo. El espejo del clóset reflejaba la escena: mi cara de puta en éxtasis, pelo revuelto, boca abierta. Él sudado, músculos tensos, verga desapareciendo en mí.
—Siente la triada de Wernicke, mi amor —jadeó en mi oído, mordiéndome la oreja—. Tus ojos se van a cruzar de gusto, tus piernas no te van a responder, y tu cabeza... pura confusión de placer.
Y neta, empezó. Primero, oftalmoplegia: mis ojos se desorbitaron, bizqueando con cada golpe profundo. Segundo, ataxia: mis rodillas temblaban, cediendo, pero él me sostenía firme. Tercero, confusión: mi mente en blanco, solo sensaciones, oleadas de calor, el olor de su sudor goteando en mi espalda, el sabor de mi propia excitación cuando me metí dos dedos a la boca.
El clímax se acercaba, un tsunami. Grité, ¡me vengo, pinche Carlos! Mi concha se contrajo alrededor de su verga, ordeñándola, chorros de placer saliendo de mí. Él gruñó largo, hundiéndose hasta el fondo, llenándome con su leche caliente, pulsación tras pulsación.
Colapsamos, jadeantes, enredados. El afterglow era puro paraíso: su peso sobre mí reconfortante, piel pegajosa enfriándose, corazones latiendo al unísono. Besos suaves ahora, lenguas perezosas.
—La mejor triada de mi vida —dijo él, riendo bajito.
Yo sonreí, acariciando su pelo húmedo. En ese momento, todo era perfecto: nosotros, nuestro amor cachondo, la vida en esta ciudad loca. Mañana volverían las guardias, pero hoy, el placer reinaba.
Nos quedamos así, oliendo a sexo, escuchando el lejano claxon de un taxi, saboreando la paz del después. Qué chido ser adultos y cogernos así de bien.