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Todo Tiene Una Razón El Trío

6783 palabras

Todo Tiene Una Razón El Trío

Estaba en ese antro de la Condesa, con el calor del verano pegándome en la piel como una promesa sucia. La música retumbaba, un pinche rock viejo que me hacía mover las caderas sin querer. Yo, Ana, veintiocho años y con el corazón hecho trizas por un cabrón que me dejó por otra, había salido con mis morras para desquitarme. Pero ahí estaba, sola en la barra, pidiendo un tequila reposado mientras el humo de los cigarros y el olor a sudor mezclado con perfume caro me envolvía.

De repente, la rola cambió. Todo tiene una razón, de El Tri. La voz rasposa de Alex Lora llenó el lugar: Todo tiene una razón, carnal, todo tiene una razón. Sonreí para mis adentros. Wey, ¿y si era verdad? ¿Y si mi noche solitaria tenía un chingo de razón?

Fue entonces cuando los vi. Marco y Luis, dos vatos guapísimos, altos, con esa pinta de rockeros citadinos que te hace mojar las panties de solo mirarlos. Marco, con el pelo negro revuelto y una sonrisa de pendejo encantador; Luis, más serio, con ojos verdes que te desnudaban sin tocarte. Se acercaron, coqueteando con esa naturalidad mexicana que desarma.

Órale, nena, ¿bailamos? —dijo Marco, su aliento a cerveza fría rozándome la oreja.

Mi pulso se aceleró.

¿Qué chingados estoy haciendo? ¿Dos weyes a la vez? Pero su olor, ese mezcal mezclado con colonia varonil, me tenía loca.
Asentí, y nos fuimos a la pista. Sus cuerpos se pegaron al mío, manos en mi cintura, roces casuales que no eran tan casuales. El bajo de la canción vibraba en mi pecho, y yo sentía sus vergas endureciéndose contra mis muslos. Todo fluía, como si el destino hubiera planeado este trío desde chiquito.

La noche avanzó con shots y risas. Hablamos de todo: de El Tri, de cómo esa rola siempre les pegaba en el alma. Todo tiene una razón, El Tri, repetía Luis, mirándome fijo. Sus palabras eran como caricias. Yo les conté mis broncas, ellos las suyas, y de pronto, el antro se nos hizo chiquito. Marco propuso ir a su depa en Polanco, nomás a seguir la fiesta. Mi concha palpitaba. Sí, carajo, pensé. Todo tenía una razón.

En el Uber, la tensión era palpable. Manos entrelazadas, besos robados en el cuello. El olor a piel caliente llenaba el carro, y yo saboreaba el sudor salado de Marco en mis labios. Llegamos al depa, un lugar chido con vista a la ciudad, luces tenues y una cama king size que gritaba ven a follar.

Acto seguido, el beso. Marco me jaló primero, su lengua invadiendo mi boca con hambre, mientras Luis me abrazaba por atrás, sus manos subiendo por mi blusa, pellizcando mis pezones ya duros como piedras. ¡Ay, wey! gemí, el placer electricándome la espina. Me quitaron la ropa despacio, saboreando cada centímetro. Mi piel ardía bajo sus dedos ásperos, callosos de tanto tocar guitarra, supongo.

Esto es una locura, Ana. Pero se siente tan jodidamente bien. Sus cuerpos contra el mío, el calor de sus pechos presionando, el roce de sus vergas erectas en mi panza. Todo tiene una razón.

Me tumbaron en la cama, suave como nubes. Marco se hincó entre mis piernas, su aliento caliente en mi coño húmedo. Lamía despacio, saboreando mis jugos como si fuera el mejor tequila. ¡Chúpame así, pendejo! le ordené, arqueando la espalda. El sonido de su lengua chasqueando contra mi clítoris era obsceno, delicioso. Luis, mientras, me besaba la boca, su verga frotándose en mi mano. La apreté, sintiendo las venas pulsantes, el prepucio suave deslizándose.

El aire olía a sexo puro: mi excitación almizclada, su sudor masculino, un toque de loción. Gemidos everywhere, la ciudad zumbando afuera como testigo mudo. Cambiaron posiciones. Ahora Luis en mi boca, su verga gruesa llenándome la garganta. Sabía a sal y deseo, pre-semen goteando en mi lengua. Marco me penetró de golpe, su pija dura abriéndose paso en mi interior empapado. ¡Sí, cabrón, así! grité, las caderas chocando con un plaf plaf rítmico.

La intensidad subía. Sudábamos como puercos, piel resbalosa pegándose y despegándose. Marco salía y entraba, rozando mi punto G con cada embestida, mientras Luis me follaba la boca con cuidado, sus bolas golpeando mi barbilla. Intercambiaron, y ahora Luis me cogía vaginal, más profundo, más salvaje. Me vas a romper, wey, pensé, pero lo quería más. Marco se masturbaba viéndonos, luego metió dos dedos en mi culo, lubricado con mi propio flujo. El doble placer me volvía loca, oleadas de calor subiendo desde el vientre.

Inner struggle? Un segundo dudé:

¿Soy una puta por esto? Nah, soy una diosa. Esto es mío, consensual, chingón.
Les pedí más, rómpanme juntos. Marco se acostó, yo me subí encima, cabalgándolo lento al principio, sintiendo cada vena de su verga estirándome. Luis se acercó por atrás, untó lubricante —habían venido preparados, los cabrones— y empujó en mi ano. Lentito, dolor-placer mezclado, hasta que entró completo.

¡Madre santa! Llenos por ambos lados, sus pijas rozándose separadas por una delgada pared. El ritmo sincronizado, embestidas alternas que me hacían gritar. Sonidos: carne contra carne, slap slap, mis jugos chorreando, sus gruñidos roncos. Olía a todo: semen próximo, mi orgasmo inminente, sus axilas sudadas. Tacto: sus manos en mis tetas, pellizcando, mi clítoris frotándose contra el pubis de Marco.

El clímax llegó como tsunami. Primero yo, convulsionando, el coño y culo apretándolos como vicios. ¡Me vengo, carajo! ¡Me vengo! Grité, lágrimas de puro éxtasis. Ellos no tardaron: Marco eyaculando dentro, caliente chorros inundándome; Luis sacando y pintándome la espalda, semen tibio resbalando. Colapsamos, un enredo de cuerpos jadeantes, pulsos latiendo al unísono.

Después, el afterglow. Acostados, fumando un porro suave —nada heavy, nomás para relajar— con la ciudad brillando por la ventana. Marco me acariciaba el pelo, Luis besaba mi hombro. Hablamos bajito, riendo de lo intenso.

Todo tiene una razón, ¿no? —dijo Luis, citando a El Tri.

Sonreí, mi cuerpo aún temblando de réplicas. Todo tiene una razón El Tri. Mi desmadre con el ex, la noche en el antro, este trío perfecto. Me sentía empoderada, llena, mujer total. No hubo promesas, solo un quizá nos vemos, pero supe que esta noche era mía para siempre.

Salí al amanecer, el sol picándome los ojos, piernas flojas pero alma ligera. Caminé por las calles de Polanco, oliendo a pan recién horneado, sintiendo el semen seco en mi piel como trofeo secreto. Wey, la vida es un desmadre hermoso. Todo tiene una razón.

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