El Fantasma del Metro al Ritmo de El Tri
El metro de la Ciudad de México a esa hora de la noche era un mundo aparte, un laberinto de luces fluorescentes parpadeantes y rieles que gemían como almas en pena. Yo, Valeria, acababa de salir de un concierto de rock en el centro, con el eco de las guitarras de El Tri todavía retumbando en mis oídos. Sudada, con el escote de mi blusa negra pegado a la piel por el calor pegajoso del Palacio de los Deportes, me subí al vagón de la Línea 3 casi vacío. Solo un par de borrachitos dormidos y yo, sintiendo el pulso acelerado por la adrenalina del show.
Me recargué en la puerta, el metal frío contra mi espalda baja, y saqué mi teléfono para poner play a "Abuso de Autoridad" de El Tri, esa rola que siempre me ponía la piel chinita. La voz rasposa de Alex Lora llenó mis audífonos: "Hay un fantasma en el metro, que te roba el alma si te descuidas..." Neta, ¿de dónde sacaban esas letras? Siempre había oído el chisme urbano de el fantasma del metro, un cabrón espectral que aparecía en las estaciones abandonadas, pero yo nunca le creía a esas mamadas. Hasta esa noche.
El vagón traqueteaba, el olor a frenos quemados y orina vieja se mezclaba con mi perfume de vainilla y el sudor salado que me corría entre los senos. De repente, el aire se enfrió, como si alguien hubiera abierto una hielera invisible. Levanté la vista y ahí estaba él, al fondo del vagón, semi-translúcido bajo la luz amarillenta. Alto, moreno, con una chamarra de cuero gastada y jeans rotos que marcaban unas piernas fuertes. Su cara, chida como las de los rockeros de los 80, con barba de tres días y ojos que brillaban como brasas. Se recargaba en la pared opuesta, mirándome fijo, con una sonrisa pícara que me erizó el vello de los brazos.
¿Qué pedo? ¿Estoy alucinando por la chela del concierto? Neta, se ve bien rico, como si pudiera comérmelo con los ojos.
Quité los audífonos, el ritmo de El Tri ahora salía bajito del teléfono, y el fantasma –porque ya sabía que era el fantasma del metro– se enderezó. Caminó hacia mí, flotando apenas sobre el piso sucio, sin hacer ruido. El aire se cargó de un olor a tabaco viejo y algo más, como almizcle masculino, que me revolvió las tripas.
–¿Qué onda, morra? –dijo con voz grave, como Lora en vivo, pero más suave, seductora–. Te vi en el mosh, moviendo ese culazo al ritmo de El Tri.
Mi corazón latía como tambor, pero no de miedo. Era deseo puro, neta. Asentí, mordiéndome el labio, sintiendo el calor subir por mi cuello.
–Sí, estuve en el pitiadero. ¿Y tú qué, wey? ¿Eres el famoso fantasma del metro de las rolas?
Se rio, un sonido ronco que vibró en mi pecho, y se acercó más. Su mano etérea rozó mi brazo, fría al principio, pero luego cálida, como un viento del desierto. Me recorrió la piel, dejando un rastro de chispas que me pusieron los pezones duros contra la blusa.
El tren frenó en una estación fantasma, las puertas se abrieron a la nada, y él me jaló suave hacia el pasillo vacío. Nadie más lo notaba; los borrachos roncaban ajenos.
Ahí empezó todo de verdad. Sus labios rozaron mi oreja, el aliento fresco con sabor a tequila añejo.
–Déjame mostrarte lo que El Tri no canta en sus rolas –murmuró, y su boca capturó la mía.
El beso fue eléctrico, sus manos ahora sólidas me apretaron la cintura, amasando mi carne suave bajo la falda corta. Gemí contra su lengua, que sabía a rock y rebeldía, explorando mi boca con hambre. El metro arrancó de nuevo, el traqueteo sincronizándose con mi pulso acelerado. Olía a su piel fantasma, a cuero y sudor imaginario, mezclado con mi humedad que ya empapaba mis panties.
Me levantó contra la pared del vagón, mis piernas envolviéndolo por instinto. Sentí su verga dura presionando mi entrepierna, gruesa y pulsante a través de la tela. ¡Qué chingón! Mis uñas se clavaron en su espalda, rasgando el aire donde debería ser sólida, pero él gruñó de placer real.
Esto es una locura, pero se siente tan padre, tan vivo. Quiero más, que me rompa en este pinche metro.
Me bajó la blusa de un tirón, mis tetas saltaron libres, los pezones rosados erectos pidiendo atención. Los chupó con avidez, la lengua fría-lame caliente girando, mordisqueando suave hasta que arqueé la espalda, jadeando. El sonido de mi propia voz ahogada por el rugido del tren, el olor a sexo empezando a impregnar el aire confinado.
–Eres una diosa, Valeria –susurró, como si leyera mi mente, mientras bajaba mi falda y panties en un movimiento fluido. Sus dedos encontraron mi clítoris hinchado, frotando círculos lentos que me hicieron temblar. Estaba chorreando, neta, el jugo resbalando por mis muslos. Introdujo dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas.
–¡Ay, cabrón! ¡No pares! –supliqué, montándome en su mano, el placer subiendo como ola.
Pero él tenía otros planes. Se desabrochó los jeans, sacando esa polla impresionante, venosa y tiesa, la cabeza brillando con pre-semen fantasmal. Me penetró de un empellón suave pero profundo, llenándome hasta el fondo. Gruñí de puro éxtasis, el estirón delicioso, sus caderas chocando contra las mías con ritmo de rola de El Tri.
El medio del viaje fue puro fuego. Nos movíamos al son del metro, él embistiéndome fuerte, mis paredes apretándolo como si no quisiera soltarlo nunca. Sudaba a chorros, el olor almizclado de mi excitación mezclándose con el suyo etéreo. Sus bolas peludas golpeaban mi culo con cada estocada, el sonido húmedo y obsceno ahogado por la música en mi mente: "Triste canción de amor... pero esta no es triste, es jodidamente perfecta."
Me volteó, apoyándome en el asiento, y entró por atrás, su mano en mi clítoris mientras me taladraba. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes sensibles, el placer acumulándose en espiral. Internal struggle: ¿Era real? ¿Me importaba? Solo quería correrme con él dentro.
–¡Dame todo, fantasma! –grité, y él aceleró, gruñendo en mi oído palabras sucias: –Tu panocha es un paraíso, morra, apriétame más.
El clímax nos golpeó juntos. Yo exploté primero, el orgasmo rasgándome como rayo, jugos salpicando sus muslos mientras convulsionaba, gritando su nombre inventado: ¡Tristán! Él se vació adentro, chorros calientes que me llenaron, gimiendo ronco, su cuerpo temblando contra el mío.
Nos quedamos jadeando, el metro aminorando en la estación final. Su piel se enfrió de nuevo, translúcida.
El afterglow fue dulce. Me besó la frente, ajustándome la ropa con ternura fantasma.
–Vuelve al metro cuando oigas El Tri, mi reina. El fantasma del metro te esperará.
Desapareció en una ráfaga de humo con olor a cigarro, dejando mi cuerpo saciado, piernas flojas y una sonrisa tonta. Bajé en Pantitlán, el amanecer tiñendo el cielo de rosa, sintiendo su esencia aún goteando entre mis piernas.
Caminé a casa con el paso chueco, tarareando la rola, sabiendo que la leyenda de el fantasma del metro El Tri era neta, y mía para siempre. El deseo quedó, latiendo como promesa de más noches locas en las entrañas de la ciudad.