El Pasado Participio del Verbo Try que Me Hizo Temblar
Estaba en mi departamento en la Condesa, con el sol de la tarde colándose por las cortinas de lino, pintando rayas doradas en el piso de madera. Yo, Ana, profesora de inglés particular para ejecutivos pendejos que querían impresionar en sus juntas gringas. Ese día tocaba Jorge, un morro alto, de ojos cafés intensos y sonrisa que te derretía como chocolate en comal caliente. Llegó con su laptop bajo el brazo, camisa ajustada que marcaba sus pectorales, y un olor a loción fresca que me hizo mojarme antes de que dijera hola.
«Wey, neta que este cuate me pone cardíaca», pensé mientras le abría la puerta. «Contrólate, Ana, es tu alumno».
Nos sentamos en la mesa del comedor, con café de olla humeante entre nosotros. Empezamos con verbos irregulares, pero sus rodillas rozaban las mías bajo la mesa, y cada vez que se inclinaba para ver la pantalla, su aliento cálido me erizaba la piel del cuello. «El pasado participio del verbo try es tried, ¿lo has tried alguna vez en una oración sensual?», le pregunté juguetona, probando el agua. Él rio, su voz grave como ronroneo de motor. «¿Sensual? Enséñame, profe».
La tensión crecía como el calor en un sauna. Sus dedos rozaron mi mano al pasar la pluma, y sentí chispas subiendo por mi brazo. Olía a hombre limpio, mezclado con el jazmín de mi perfume. «Imagina que dices: 'I have tried to resist you, but I can't'», murmuré, mirándolo fijo. Sus pupilas se dilaron, y su pie presionó el mío deliberadamente. El aire se espesó, cargado de promesas no dichas.
Pasamos al sofá, pretextando practicar pronunciación. Me senté cerca, mi falda subiendo por los muslos. Él repetía frases, pero su mirada bajaba a mi escote, donde mis chichis subían y bajaban con la respiración agitada.
«Pendejo, si me toca ahora, no respondo», pensé, el pulso latiéndome en la entrepierna.De pronto, su mano grande cubrió mi rodilla. «¿Esto es parte de la lección?», preguntó con voz ronca. Asentí, mordiéndome el labio. «Sí, wey. Muéstrame cuánto has tried».
Acto seguido, sus labios capturaron los míos. Sabían a menta y deseo puro, su lengua explorando mi boca como si probara un fruto maduro. Gemí bajito, el sonido vibrando entre nosotros. Sus manos subieron por mis muslos, ásperas contra mi piel suave, levantando la falda hasta que sentí el aire fresco en mis calzones húmedos. Yo le desabotoné la camisa, palpando su pecho firme, velludo, oliendo a sudor fresco y masculinidad. «Ay, güey, qué rico hueles», susurré, lamiendo su cuello salado.
Nos recargamos en el sofá, él encima, su peso delicioso aplastándome contra los cojines mullidos. Sentí su verga dura presionando mi monte de Venus, palpitando como un corazón desbocado. «He tried a contenerme toda la clase», gruñó mordiéndome la oreja, su aliento caliente enviando ondas de placer directo a mi clítoris. Le arranqué la camisa, arañando su espalda con las uñas, mientras él me quitaba el blusa, exponiendo mis tetas al aire. Sus pezones erectos rozaban los míos, un roce eléctrico que me hizo arquear la espalda.
Bajó la cabeza, chupando un pezón con hambre, la succión tirando de algo profundo en mí. Gemí fuerte, «¡Sí, pendejo, así!», mis manos enredadas en su pelo negro revuelto. Su boca bajó más, besando mi vientre tembloroso, lamiendo el ombligo hasta llegar a mis calzones. Los deslizó con dientes, el sonido de la tela rasgándose un poco me excitó más. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, y él inhaló profundo. «Neta, hueles a paraíso, mamacita».
Separó mis piernas, su lengua plana lamió mi raja desde el ano hasta el clítoris, saboreando mis jugos. El placer fue un rayo, mis caderas se alzaron solas, presionando contra su cara barbuda que raspaba deliciosamente. «¡Oh, carajo, Jorge, no pares!», supliqué, mis dedos apretando sus orejas. Él metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos contra mi punto G, mientras succionaba mi botón hinchado. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, mis jadeos roncos, su gruñido de placer. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola ardiente en mi bajo vientre.
Pero no lo dejé acabar ahí. Lo empujé hacia atrás, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza morada brillando de pre-semen. La tomé en mano, sintiendo su calor pulsante, el olor almizclado subiéndome a la nariz. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su sal salada, metiéndomela hasta la garganta. Él jadeó, «¡Chingada madre, Ana, qué boca tan rica!», sus caderas empujando suave. Lo chupé con ganas, la saliva chorreando, mis tetas rebotando con el movimiento.
Lo monté entonces, guiando su pija a mi entrada empapada. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndome estirada, llena hasta el fondo. «¡Ay, wey, qué grande estás!», grité, mis paredes apretándolo como guante. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis nervios. El slap-slap de piel contra piel llenaba la sala, mezclado con nuestros gemidos. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi ano, mandándome escalofríos.
Acceleré, mis chichis botando salvajes, sudor perlando nuestras pieles. Él se incorporó, chupando mis tetas mientras yo rebotaba, su pubis golpeando mi clítoris en cada bajada.
«Esto es mejor que cualquier lección de inglés, pendejo», pensé, el placer nublando mi mente.«Dime el pasado participio del verbo try», jadeé juguetona entre embestidas. «Tried», rugió él, volteándome de repente para ponerme a cuatro patas.
Entró de nuevo, profundo, sus bolas golpeando mi clítoris. Me folló duro, sus manos en mis caderas, el sonido rítmico como tambores aztecas. Sentí sus dedos en mi clítoris, frotando círculos rápidos. El orgasmo me golpeó como tsunami: grité su nombre, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando por mis muslos. Él siguió, prolongando mi placer hasta que rugió, llenándome con chorros calientes, su semen mezclándose con mis fluidos.
Colapsamos juntos, jadeantes, pieles pegajosas de sudor. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón latiendo contra mi espalda. Besó mi nuca, suave ahora. «Neta, Ana, eso fue lo mejor que he tried en la vida». Reí bajito, volteándome para besarlo lento, saboreando el afterglow. El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja, y el aroma a sexo impregnaba todo.
Después, envueltos en sábanas, practicamos más «lecciones». No hubo más resistencias, solo promesas de futuras sesiones.
«El pasado participio del verbo try es tried, y yo lo he probado contigo, carnal», pensé satisfecha, mi cuerpo zumbando aún de placer residual.Esa tarde, el lenguaje se volvió carne, y el deseo, eterno.