Niño Sin Amor Despierta con El Tri
La cantina La Perla Negra vibraba con el riff pesado de la guitarra, ese sonido crudo y callejero que solo El Tri sabe sacar. El humo de los cigarros se mezclaba con el olor a tequila reposado y sudor fresco de cuerpos apretados en la pista. Yo, sentado en la barra con una cerveza fría en la mano, sentía el peso de la noche sobre los hombros. Treinta años y todavía me sentía como un niño sin amor, como decía esa rola que tronaba en los bocinas: "Niño sin amor, nadie te quiere, nadie te da calor". La letra me calaba hondo, güey, como un puñetazo en el pecho.
¿Por qué chingados sigo solo? —pensé, mientras el hielo se derretía en mi chela—. Las morras me ven, pero no me pelan. Soy el wey invisible, el que carga con el mundo y no recibe ni un pinche abrazo.
Entonces la vi. Alta, con curvas que se marcaban bajo un vestido negro ajustado, el cabello suelto cayéndole como cascada sobre los hombros morenos. Bailaba sola cerca del escenario, moviendo las caderas al ritmo de la batería que retumbaba en mi pecho. Sus ojos, negros como el mezcal, se cruzaron con los míos por un segundo. Sonrió. ¿O me lo imaginé? Me levanté sin pensarlo, el corazón latiéndome como tambor de banda sinaloense.
—Órale, carnal, ¿me das chance de unirme? —le dije, acercándome con la cerveza en la mano.
Ella rio, una risa ronca que olía a vainilla y algo más, algo dulce y prohibido. —Ven, niño sin amor, baila conmigo. Esta rola de El Tri es pa' los que necesitan calor.
Sus palabras me erizaron la piel. Me tomó de la mano, su palma cálida y suave contra mi piel áspera de tanto laburío. Nos pegamos en la pista, cuerpos rozándose al compás. Sentí su aliento en mi cuello, tibio y con sabor a limón, mientras sus tetas se apretaban contra mi pecho. El sudor nos unía, resbaloso y salado, y el olor de su perfume —jazmín mezclado con su esencia femenina— me mareaba. La canción seguía: "Niño sin amor, camina en la oscuridad". Pero ya no estaba solo en la penumbra.
La noche avanzaba, y con cada chela y cada baile, la tensión crecía. Sus manos bajaban por mi espalda, arañando leve, enviando chispas por mi espina. Yo la ceñía por la cintura, sintiendo el calor de su piel a través de la tela delgada. Esto es real, pinche wey, no lo cagues, me decía en la cabeza.
—Vámonos de aquí —me susurró al oído, su voz temblando de deseo—. Mi casa está cerca. Quiero sentirte, niño.
No lo pensé dos veces. Salimos a la calle, el aire fresco de la noche mexicana nos golpeó, cargado de olor a tierra mojada por la llovizna reciente. Tomamos un taxi, sus piernas cruzadas sobre las mías, su mano en mi muslo subiendo despacio, rozando el bulto que ya me dolía. En el asiento trasero, nos besamos por primera vez. Sus labios carnosos, suaves como mango maduro, sabían a tequila y miel. Su lengua jugaba con la mía, húmeda y ansiosa, mientras el taxista fingía no ver nada.
Acto uno: el encuentro. Llegamos a su depa en la colonia Roma, un lugar chido con luces tenues y velas que olían a canela. Me jaló adentro, cerrando la puerta con un clic que sonó como promesa. Nos quitamos la ropa entre besos urgentes. Su vestido cayó al suelo, revelando lencería roja que abrazaba sus pechos firmes y su culo redondo. Yo era todo músculos de gimnasio y tatuajes, el cuerpo de un wey que no se rinde.
—Eres guapo, niño sin amor —dijo, trazando mis pecs con las uñas—. Pero ya no estás solo.
La llevé a la cama, su piel morena brillando bajo la luz de la luna que se colaba por la ventana. Olía a ella, a sexo inminente, a feromonas que me volvían loco. Empecé besando su cuello, lamiendo el sudor salado, bajando a sus tetas. Sus pezones duros como piedras, rosados y erectos, respondían a mi lengua con gemidos suaves, como suspiros de viento en el desierto. Ella arqueaba la espalda, sus manos enredadas en mi pelo, tirando fuerte.
Esto es lo que necesitaba, carajo. Calor, piel, alguien que me vea de verdad.
La tensión subía como la marea. Mis dedos exploraban su entrepierna, húmeda y caliente, resbaladiza de jugos que olían a mar y deseo. Ella jadeaba, mijito, mientras yo lamía su clítoris, hinchado y sensible, saboreando su miel dulce y ligeramente agria. Sus muslos me apretaban la cabeza, temblando, y el sonido de sus gemidos —ah, sí, cabrón, no pares— me endurecía más.
Pero no quería acabar así. La volteé, poniéndola a cuatro patas, su culo perfecto alzado como ofrenda. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo su coño apretado envolviéndome, cálido y palpitante. Ella empujaba hacia atrás, queriendo más, dale duro, amor. El slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con nuestros gruñidos y el eco lejano de la ciudad. Sudábamos, resbalosos, el olor a sexo crudo impregnando el aire.
Acto dos: la escalada. Cambiamos posiciones, ella encima, cabalgándome como jinete en rodeo. Sus tetas rebotaban, yo las chupaba, mordiendo suave. Sus uñas en mi pecho, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Soy tuyo, nena, le dije, y ella aceleró, su coño contrayéndose alrededor de mi verga, ordeñándome. La tensión era insoportable, mis bolas apretadas, el pulso latiendo en mis sienes.
—Vente conmigo —gimió, y lo hicimos. Explosión de placer, mi leche caliente llenándola mientras ella convulsionaba, gritando mi nombre inventado en el calor del momento: Alex. Ondas de éxtasis nos recorrieron, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas.
Nos quedamos así, enredados, el afterglow envolviéndonos como sábana tibia. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón que aún galopaba. El olor a sexo persistía, mezclado con su perfume desvanecido.
Ya no soy el niño sin amor de la rola de El Tri. Esta noche encontré mi calor, mi fuego.
—Vuelve cuando quieras —me dijo al amanecer, besándome la frente—. El Tri siempre será nuestra canción.
Salí a la calle, el sol mexicano calentándome la cara, sintiéndome vivo por primera vez en años. La letra de "Niño sin amor" ahora sonaba diferente en mi cabeza: ya no era oscuridad, sino promesa de más noches así.