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La Triada Charcot

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La Triada Charcot

El aire de la noche en Polanco olía a jazmín y a tequila reposado, mezclado con el perfume caro de las mujeres que bailaban bajo las luces tenues del rooftop. Ana se recargaba en la barandilla, con su vestido negro ceñido marcando cada curva de su cuerpo moreno, sintiendo el viento fresco rozándole las piernas. Había venido con Luis, su pareja de años, pero él ya estaba charlando con unos cuates en la barra. Qué chido estar aquí, pero me aburro un poco, pensó, mientras sorbía su margarita helada, el limón picándole la lengua.

Entonces la vio. Charcot. Alta, con piel oliva y ojos verdes que brillaban como esmeraldas bajo la luna. Su cabello negro caía en ondas salvajes sobre los hombros, y llevaba un top escotado que dejaba ver el nacimiento de sus pechos firmes. Caminaba con esa seguridad de quien sabe que todos la miran. Se acercó a Ana con una sonrisa pícara, extendiendo la mano.

—Hola, preciosa. Soy Charcot. ¿Vienes seguido por acá?

Ana sintió un cosquilleo en el estómago, como si le hubieran dado un trago de mezcal puro. La voz de Charcot era ronca, sensual, con ese acento chilango que arrastraba las palabras como una caricia. Le estrechó la mano, notando lo suave y cálida que era su piel.

—Ana. Primera vez en este lugar. Mi novio está por allá, pero... qué padre conocerte.

Charcot se rio bajito, un sonido que vibró en el pecho de Ana. Platicaron un rato, de música, de la ciudad que nunca duerme, de deseos que a veces se quedan guardados. Luis se unió pronto, y la química fue instantánea. Los tres reían, coqueteaban con miradas y toques casuales: un roce de dedos al pasar el vaso, un hombro que se pega un segundo de más. Charcot les contó de su vida libre, de cómo el amor no tiene que ser de a dos. La triada Charcot, dijo de pronto, como si nombrara un secreto. Era el apodo que le ponían a su grupo de amistades íntimas, pero esa noche, lo miró a ellos con promesas en los ojos.

Ana sintió el calor subirle por el cuello.

¿Y si nos vamos a mi depa? Está cerca, con vista al skyline
, propuso Luis, con esa voz grave que siempre la encendía. Charcot asintió, mordiéndose el labio inferior, y Ana, con el pulso acelerado, dijo que sí. El deseo ya bullía dentro de ella, como un volcán a punto de estallar.

En el elevador del edificio de Luis, el silencio era espeso, cargado de electricidad. Ana estaba entre los dos, sintiendo el calor de sus cuerpos. Charcot le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja, sus dedos rozando la piel sensible del cuello. Pinche calor que traes, mujer, pensó Ana, mientras su pezón se endurecía bajo el vestido. Luis la besó primero, suave, explorando su boca con la lengua conocida, pero nueva esa noche. Charcot observaba, respirando hondo, y luego se unió, besando el hombro de Ana, bajando por la clavícula. El olor de su perfume, vainilla y almizcle, invadió las fosas nasales de Ana, mezclándose con el sudor ligero que empezaba a perlar sus pieles.

Adentro del departamento, las luces bajas pintaban todo de dorado. Se sentaron en el sofá de piel blanca, con una botella de vino tinto abierto. Las pláticas se volvieron confesiones. Ana admitió que siempre fantaseaba con algo más, con manos extras, bocas que no paran. Luis la miró con orgullo, acariciándole el muslo por encima del vestido.

La triada Charcot es perfecta para eso
, murmuró Charcot, acercándose. Sus labios encontraron los de Ana en un beso hambriento, lenguas danzando, saboreando el vino y el deseo mutuo. Luis observaba, su verga ya dura presionando los pantalones, tocándose despacio.

Ana jadeaba cuando Charcot le quitó el vestido, deslizándolo por sus caderas anchas. Quedó en lencería negra, tetas grandes desbordando el bra. Qué rica estás, Ana, no mames, dijo Charcot, con voz temblorosa de excitación. Le desabrochó el sostén, liberando los pechos, y los lamió con devoción, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Ana gimió fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Luis se desnudó, su pito erecto, grueso y venoso, apuntando al cielo. Se arrodilló frente a Ana, besándole el vientre, bajando hasta el encaje húmedo de las calzas.

El aroma de la excitación de Ana llenaba el aire, dulce y salado, como mango maduro mezclado con mar. Luis le arrancó la tanga con los dientes, exponiendo su concha depilada, hinchada y brillante de jugos.

Estás chorreando, mi amor
, gruñó, metiendo la lengua plana, lamiendo desde el clítoris hasta el ano. Ana se arqueó, agarrando el cabello de Charcot, que ahora le mamaba las tetas con fervor. Siento sus lenguas, sus alientos calientes, no aguanto, pensó, mientras sus caderas se movían solas.

Charcot se quitó la ropa, revelando un cuerpo atlético, culo redondo y firme, concha rosada ya mojada. Se sentó en la cara de Ana, restregándose despacio.

Come mi panocha, guapa
, ordenó suave. Ana obedeció, saboreando los labios carnosos, el clítoris duro como una perlita, chupando con hambre. El sabor era adictivo, ácido y cremoso. Luis, mientras, metía dos dedos en Ana, curvándolos para tocar el punto G, salpicando jugos por todos lados. Los gemidos se mezclaban: ayes agudos de Charcot, gruñidos de Luis, chillidos de Ana.

Se movieron al piso, alfombra suave bajo rodillas y codos. Luis se puso de rodillas detrás de Ana, que estaba a cuatro patas comiendo a Charcot. Escupió en su verga y la hundió despacio en la concha empapada. ¡Ay, cabrón, qué grande la traes! gritó Ana, el estiramiento delicioso quemándole las paredes internas. Embestía fuerte, piel chocando piel con palmadas húmedas, bolas golpeando el clítoris. Charcot se retorcía en la boca de Ana, corriéndose primero:

¡Me vengo, pinches nenas!
Un chorro caliente le mojó la cara, y Ana lamió todo, acelerando su propio clímax.

Pero querían más. Cambiaron posiciones. Charcot se acostó, piernas abiertas, y Ana se sentó en su cara, mientras Luis follaba a Charcot con pasión, su verga entrando y saliendo, brillando de cremas. Ana y Charcot se besaban sobre el cuerpo de Charcot, lenguas enredadas, tetas frotándose. Luis salía de Charcot para meterse en Ana, alternando, untando jugos de una a otra. El sudor chorreaba, cuerpos resbalosos, olores intensos de sexo crudo: esperma preeyaculatorio, conchas calientes, pieles calientes.

La tensión crecía como una tormenta. Ana sentía el orgasmo acechando, profundo en el vientre.

Vente conmigo, triada mía
, jadeó Charcot, frotando el clítoris de Ana con dedos expertos. Luis aceleró, gruñendo me voy a correr. Exploto primero él, llenando la concha de Charcot con leche espesa, que chorreaba. Eso empujó a Ana al borde: su coño se contrajo en espasmos violentos, chorros saliendo, mojando todo. Charcot gritó, viniéndose de nuevo, apretando la verga de Luis aún dentro.

Se derrumbaron en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Luis besó la frente de Ana, Charcot le acarició la espalda. El aire olía a sexo satisfecho, a promesas cumplidas. Esto es la triada Charcot, pura magia, pensó Ana, sonriendo en la penumbra. Se quedaron así, piel con piel, saboreando el afterglow, con el skyline de la CDMX testigo mudo de su unión.

Al amanecer, café negro y risas compartidas. No era el fin, sino el inicio de algo chingón, consensual y ardiente. Ana se sentía plena, empoderada, lista para más noches como esa.

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