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La Rendición en el Trio Sumisa

6071 palabras

La Rendición en el Trio Sumisa

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te estuviera acariciando. Yo, Ana, acababa de salir de mi chamba en una agencia de publicidad, con el cuerpo tenso por el estrés del día y un vacío en el pecho que solo el deseo podía llenar. Caminaba por las calles iluminadas, oliendo a tacos al pastor de un puesto cercano, cuando los vi: Marco y Luis, dos weyes altos, morenos, con esa sonrisa pícara que grita trouble en el mejor sentido. Estaban en la terraza de un bar chido, riendo con cervezas en la mano.

Me acerqué sin pensarlo dos veces, mi falda corta rozando mis muslos con cada paso. "Órale, mamacita", dijo Marco, el de ojos verdes intensos, mientras me invitaba a sentarme. Luis, más callado pero con manos grandes que ya imaginaba sobre mí, me pasó una chela fría. Hablamos de pendejadas: el tráfico infernal de la CDMX, lo neta que estaba el antro de al lado, pero debajo de las risas, sentía esa corriente eléctrica. Yo quería rendirme, ser la sumisa en sus juegos, dejar que me guiaran. Les conté de mi fantasía, medio en broma, medio en serio: un trio sumisa, donde yo fuera la que se entrega por completo.

Ellos se miraron, y en ese instante supe que la noche iba a cambiar. "¿Y si lo hacemos realidad, carnala?", murmuró Luis, su voz ronca rozándome el oído como un beso. Mi corazón latió fuerte, el pulso acelerado entre mis piernas. Asentí, el sabor salado de la cerveza en mi lengua mezclándose con el anticipation. Fuimos a su depa en una torre con vista al skyline, el elevador subiendo lento, sus cuerpos presionándome contra la pared. Olía a su colonia masculina, a sudor fresco, y yo ya estaba mojada, lista para lo que viniera.

Esto es lo que quiero, ¿verdad? Dejarme llevar, ser suya esta noche. No hay vuelta atrás.

Adentro, las luces tenues pintaban sus siluetas como dioses. Marco me besó primero, sus labios firmes devorando los míos, lengua explorando con hambre. Luis se pegó por detrás, sus manos grandes subiendo por mi blusa, quitándomela con calma pero autoridad. "Quítate todo, sumisa", ordenó Marco, y yo obedecí temblando de placer, mi piel erizándose al aire fresco. Me quedé en tanga, pechos libres, pezones duros como piedras bajo su mirada.

Me arrodillaron en la alfombra suave, el olor a cuero del sofá cercano mezclándose con mi aroma de excitación. Marco sacó su verga gruesa, venosa, palpitante, y la puso frente a mi boca. "Chúpala, como buena chica", dijo. La tomé, saboreando la sal de su piel, lamiendo desde la base hasta la punta, gimiendo cuando Luis me jaló el pelo suave, guiándome. El sonido de mi succión llenaba la habitación, húmedo y obsceno, mientras Luis se desabrochaba, su miembro más largo rozándome la mejilla. Alterné, boca llena, babeando, el sabor almizclado invadiéndome, mi concha palpitando vacía.

Me levantaron como si no pesara nada, Marco en brazos, llevándome a la cama king size. Las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Luis se acostó primero, "Móntame, trio sumisa", y yo lo hice, empalándome en su verga dura, sintiendo cómo me abría, centímetro a centímetro. ¡Chingado, qué grande! Grité bajito, mis caderas moviéndose solas, el roce interno enviando chispas por mi espina. Marco se posicionó atrás, untando lubricante frío en mi culo, dedos probando, estirando. "Relájate, preciosa", susurró, y cuando entró, lento, el estirón delicioso me hizo arquearme. Llenos los dos, inmovilizada entre sus cuerpos sudorosos, piel contra piel resbalosa.

El ritmo empezó pausado, sus vergas frotándose dentro de mí a través de la delgada pared, pulsos sincronizados con mi corazón desbocado. Olía a sexo puro: sudor, lubricante, mi jugo chorreando por los muslos de Luis. Sonidos everywhere: mis gemidos ahogados, el chapoteo húmedo, sus gruñidos graves "¡Qué rica concha!". Marco me pellizcaba los pezones, tirando suave, dolor-placer que me hacía contraerme alrededor de ellos. Luis chupaba mi cuello, mordisqueando, dejando marcas que mañana dolerían chido.

Soy suya, la sumisa perfecta en este trio. Cada embestida me deshace, me arma de nuevo.

La tensión crecía, mis uñas clavándose en los hombros de Luis, caderas chocando con fuerza. "Más rápido, cabrones", supliqué, voz ronca. Aceleraron, camas crujiendo, cuerpos slap-slap-slap. Sentía el orgasmo building, como una ola en el Pacífico, caliente y inevitable. Marco gruñó primero, corriéndose profundo en mi culo, caliente chorros llenándome. Eso me empujó: exploté, concha apretando a Luis como puño, grito largo escapando, visión borrosa de placer. Luis siguió bombeando, hasta vaciarse dentro, semen mezclándose con mis jugos, goteando.

Colapsamos en un enredo de miembros, respiraciones jadeantes calmándose. Sus manos me acariciaban perezosas, besos suaves en frente, hombros. "Eres increíble, Ana", dijo Marco, voz satisfecha. Luis asintió, limpiándome con ternura una toalla tibia. Me sentía empoderada en mi sumisión, como si hubiera reclamado algo mío al entregarme.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor, jabón espumoso en curvas y músculos. Risas compartidas sobre lo pinche intenso que había sido. Salimos a la terraza, city lights brillando abajo, chelas frías en mano. Hablamos de todo y nada, planeando quizás otro encuentro. Pero en mi mente, el eco del trio sumisa perduraba, un secreto ardiente que me hacía sonreír.

De regreso a mi depa al amanecer, el sol tiñendo el cielo de rosa, caminé con piernas flojas pero alma plena. Olía aún a ellos en mi piel, un recordatorio táctil. Esto fue mío, lo pedí, lo viví. Y supe que volvería por más, porque en la rendición encontré mi poder más grande.

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