Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Trio con la Gordibuena Inolvidable Trio con la Gordibuena Inolvidable

Trio con la Gordibuena Inolvidable

6996 palabras

Trio con la Gordibuena Inolvidable

Era una noche de esas que no se olvidan en la Zona Rosa, con el aire cargado de reggaetón y risas que rebotaban en las luces neón. Yo, Alex, había llegado con mi carnala del alma, Luisa, esa morra que me volvía loco con su sonrisa pícara y su cuerpo atlético que se movía como fuego. Estábamos en una fiesta privada en un depa chido de Polanco, rodeados de cuates y chelas frías. Pero todo cambió cuando la vi a ella: Carmen, la gordibuena que andaba de reina esa noche.

Sus curvas eran un pinche pecado. Esa chava tenía unas nalgas que desafiaban la gravedad, tetas enormes que se desbordaban del escote rojo de su vestido ajustado, y una panza suave que invitaba a hundir las manos. Su piel morena brillaba con sudor ligero bajo las luces, y olía a vainilla mezclada con algo más salvaje, como deseo puro. Caminaba con esa confianza de quien sabe que todos la miran, meneando las caderas como si el mundo fuera suyo. Luisa me dio un codazo: "Wey, ¿la viste? Esa es la gordibuena del momento, neta que me prende". Yo asentí, sintiendo ya el cosquilleo en la verga.

¿Qué chingados me pasa? Nunca había visto a Luisa tan excitada por otra morra, pero con Carmen ahí, todo parecía posible. Mi mente ya volaba imaginando sus cuerpos chocando contra el mío.

Nos acercamos a la barra, y Carmen nos clavó la mirada con ojos cafés que prometían travesuras. Pidió un tequila con limón, y su voz ronca, con ese acento chilango puro, me erizó la piel: "Órale, carnales, ¿qué onda? ¿Vienen a divertirse o nomás a ver?". Luisa soltó una carcajada y le contestó: "Pues claro que a divertirnos, gordibuena. ¿Tú qué traes para nosotros?". Ahí empezó todo. Hablamos de la fiesta, de lo caliente que estaba el ambiente, y poco a poco el roce de sus brazos contra los míos, el roce accidental de su muslo carnoso contra el de Luisa, fue subiendo la temperatura.

Salimos a la terraza, con la ciudad brillando abajo como un mar de estrellas. El viento traía olor a jazmín de los macetones, y el humo de los cigarros electrónicos flotaba dulce. Carmen se recargó en la barandilla, su vestido subiéndose un poco para mostrar muslos gruesos que pedían ser besados. Luisa me miró con picardía: "Alex, ¿y si le proponemos un trio gordibuena? Neta que la quiero probar". Mi corazón latió como tambor. "¿Estás segura, mi amor?", le pregunté, pero ella ya estaba besando el cuello de Carmen, que gimió bajito, un sonido ronco que me puso la piel de gallina.

Esto es real, cabrón. Dos mujeres así, queriendo lo mismo que yo. Mi verga ya palpitaba dura como piedra.

De repente, Carmen se giró y nos jaló adentro, a un cuarto vacío que alguien había dejado entreabierto. La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo afuera desapareció. La luz tenue de una lámpara hacía que sus curvas parecieran esculpidas en miel. Luisa prendió la música baja en su cel, un perreo suave que vibraba en el piso. Carmen se acercó a mí primero, sus tetas rozando mi pecho, oliendo a sudor fresco y perfume dulce. "Ven, guapo, déjame sentirte", murmuró, mientras sus labios carnosos devoraban los míos. Sabían a tequila y sal, con un toque de menta que me mareaba.

Luisa no se quedó atrás. Se pegó por detrás, sus manos delgadas deslizándose bajo mi camisa, arañando mi espalda con uñas pintadas de rojo. Sentí su aliento caliente en mi oreja: "Chúpale las tetas, Alex, esa gordibuena las tiene deliciosas". Obedecí como hipnotizado. Bajé el vestido de Carmen, liberando esas chichotas pesadas que rebotaron libres. Eran suaves como masa de pan recién horneada, con pezones oscuros y duros como piedras. Los chupé con hambre, lamiendo el sudor salado, oyendo sus gemidos que subían de tono: "¡Ay, pinche rico! No pares, wey".

La tensión crecía como tormenta. Carmen metió la mano en mis chones, agarrando mi verga con dedos gorditos pero firmes. La masturbó lento, sintiendo cada vena pulsar. "Qué vergón tan chingón traes, carnal", dijo, mientras Luisa bajaba a mis pies, lamiendo mis bolas con lengua experta. El cuarto olía a sexo ya, a coños mojados y piel caliente. Me arrodillé frente a Carmen, levantando su vestido. Su panocha estaba empapada, velluda y jugosa, con labios hinchados que brillaban. La olí primero: almizcle puro, adictivo. Lamí despacio, saboreando su flujo dulce y salado, mientras ella se retorcía, sus nalgas temblando contra mi cara.

Esto es el paraíso, neta. Luisa mirándome mientras le como el chochito a esta gordibuena... no aguanto más.

Luisa se quitó la ropa rápido, su cuerpo fibroso contrastando con el de Carmen. Se besaron frente a mí, lenguas enredadas, tetas chocando con un slap húmedo. Yo me paré, verga en mano, y las penetré alternadamente. Primero a Luisa, de pie contra la pared, sus piernas delgadas envolviéndome, su concha apretada ordeñándome. "¡Más duro, pendejo!", gritaba ella. Luego a Carmen, que se dobló sobre la cama, sus nalgas gordas abiertas como ofrenda. Entré despacio, sintiendo su calor envolvente, húmedo, como terciopelo caliente. Cada embestida hacía que su carne ondulara, sonidos de piel contra piel rebotando: plap-plap-plap.

El clímax se acercaba. Cambiamos posiciones mil veces: Carmen encima de mí, cabalgándome con ritmo chilango, sus tetas bailando en mi cara, mientras Luisa se sentaba en mi boca, restregando su clítoris hinchado. Olía a su excitación agria y dulce, gemía "¡Sí, gordibuena, rómpelo!". Sudábamos todos, el aire espeso con olor a semen preeyaculatorio y jugos. Carmen llegó primero, su concha contrayéndose como puño alrededor de mi verga, gritando "¡Me vengo, cabrones! ¡Ay, Dios!". Su flujo caliente me mojó las bolas. Luisa se corrió después, temblando en mi lengua, sabor explosivo en mi boca.

Yo no pude más. Saqué la verga y eyaculé sobre sus cuerpos, chorros calientes pintando tetas y panzas. El alivio fue brutal, pulsos interminables, mientras ellas lamían mi leche, besándose con ella en la boca. Nos quedamos tirados en la cama deshecha, respiraciones jadeantes, piel pegajosa. Carmen acarició mi pecho: "El mejor trio gordibuena de mi vida, wey". Luisa rio bajito: "Repetimos cuando quieras, ricura".

En ese momento, supe que esto cambiaría todo. No era solo sexo; era conexión, fuego compartido. Mañana dolerían los músculos, pero valdría cada segundo.

Salimos de ahí de madrugada, con la ciudad despertando. Nos abrazamos en la calle, promesas susurradas de más noches así. Carmen nos dio su número, guiñando: "No se hagan, carnales. Esto apenas empieza". Caminamos a casa, el sol saliendo tiñendo todo de oro, y en mi mente, el eco de gemidos y curvas gordas me perseguía. Un trio inolvidable, neta.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.