Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Pasiones Entrelazadas en el Ravel Piano Trio Pasiones Entrelazadas en el Ravel Piano Trio

Pasiones Entrelazadas en el Ravel Piano Trio

5979 palabras

Pasiones Entrelazadas en el Ravel Piano Trio

Estábamos en mi depa en la Condesa, ese loft chido con ventanales que dejan entrar la luz de la noche chilanga. Marco y yo llevábamos meses coqueteando con la idea de invitar a alguien más a nuestra cama, pero neta, nunca pensábamos que sería Luis, el cuate violinista que conoció Marco en un concierto. Esa noche, el aire olía a incienso de vainilla y a la comida thai que pedimos de DoorDash. La ciudad bullía afuera, con el sonido lejano de los cláxones y el metro retumbando, pero adentro, todo era calma, como el preludio de algo grande.

Luis llegó con su sonrisa pícara, cargando una botella de mezcal artesanal de Oaxaca. Órale, weyes, ¿listos para una noche de música fina? dijo mientras sacaba su laptop. Marco, mi carnal en el alma, alto y moreno con esos ojos que me derriten, le dio un abrazo de esos que duran un segundo de más. Yo, Ana, vestida con un vestido negro ceñido que dejaba ver mis curvas, sentía ya el cosquilleo en la piel. ¿Y si esta vez sí pasa algo? pensé, mientras servía los shots.

Nos sentamos en el sillón de terciopelo, las luces bajas pintando sombras suaves en las paredes. Luis conectó la laptop al sistema de sonido Bose que Marco tanto presume. Va a sonar el Ravel Piano Trio, el de La menor. Es pura pasión contenida, como un amante que te roza sin tocarte del todo. Sus palabras me erizaron la piel. Presionó play, y de los parlantes brotó el piano, cristalino y profundo, seguido del violín que gemía como un susurro erótico y el cello que vibraba en las entrañas.

El primer movimiento nos envolvió. El piano de Ravel danzaba con notas que subían y bajaban como caricias fantasma. Marco puso su mano en mi muslo, su palma cálida traspasando la tela del vestido. Miré a Luis, que cerraba los ojos, perdido en la música, su camisa blanca entreabierta mostrando el vello oscuro de su pecho. Chingón, pensé, este pendejo sabe cómo calentar el ambiente. El mezcal quemaba en la garganta, soltando las inhibiciones. La habitación se llenó del aroma de su colonia amaderada mezclada con mi perfume floral.

¿Quiero esto? Sí, carajo, lo quiero. Marco lo sabe, Luis lo intuye. La música nos guía.

El segundo movimiento empezó, más lento, íntimo. Marco se inclinó y me besó el cuello, su aliento caliente contra mi oreja. ¿Estás bien, mi reina? murmuró. Asentí, girándome para besarlo profundo, nuestras lenguas enredándose al ritmo del cello que gruñía bajo. Luis nos observaba, su mirada ardiente. Se acercó, su mano rozando mi brazo. Puedo unirme, ¿o qué? preguntó con esa voz ronca. Sí, únete, cabrón, quise gritar.

La tensión crecía como la música, que ahora aceleraba en crescendos que hacían latir mi corazón al mismo pulso. Me levanté, quitándome el vestido con lentitud, dejando que cayera al piso como una promesa. Quedé en lencería negra, mis pezones endurecidos rozando el encaje. Marco gimió, y Luis se lamió los labios. El piano de Ravel nos mecía, notas que se deslizaban como dedos invisibles por mi espina dorsal.

Nos movimos al colchón king size, cubierto de sábanas de algodón egipcio frescas. Marco me tendió boca arriba, besando mi boca mientras sus manos exploraban mis senos, pellizcando suave hasta que arqueé la espalda. Luis se desvistió, su verga ya tiesa saltando libre, gruesa y venosa, oliendo a hombre puro. Se arrodilló entre mis piernas, besando mis muslos internos, su barba raspando delicioso. Qué rica estás, Ana, dijo, y su lengua trazó un camino hasta mi concha húmeda.

El Ravel Piano Trio llegaba al clímax del tercer movimiento, el allegro con pasión que nos incendiaba. Lamí la verga de Marco, saboreando su pre-semen salado, mientras Luis me comía viva, su lengua danzando en mi clítoris como el violín de Ravel. Gemí contra la carne de Marco, el sonido ahogado uniéndose a la música. No pares, wey, no pares. El sudor perlaba nuestras pieles, el aire cargado de olor a sexo incipiente, almizcle y deseo.

Marco se posicionó detrás de mí, yo de rodillas ahora, y me penetró lento, su verga llenándome hasta el fondo, estirándome con ese dolor placentero. ¡Ay, cabrón, qué chingona! grité, mientras Luis metía su pinga en mi boca, suave al principio, luego más hondo. Nuestros cuerpos se sincronizaban con la pieza: el piano fuerte como las embestidas de Marco, el violín agudo como mis jadeos, el cello grave como los gemidos de Luis. Tocábamos un trío humano, piel contra piel, resbalosa de saliva y jugos.

El calor subía, mis paredes internas apretando a Marco, que gruñía Te voy a llenar, mi amor. Luis aceleró, follando mi boca con ternura salvaje. Sentía sus bolas contra mi barbilla, su sabor inundándome. La música rugía, notas cayendo como lluvia torrencial. Mi orgasmo llegó primero, explosivo, ondas de placer sacudiéndome entera, mi concha contrayéndose en espasmos que ordeñaban a Marco. Él se corrió dentro, caliente y espeso, gritando mi nombre.

Luis no tardó, su leche salada brotando en mi garganta mientras tragaba ansiosa, el último acorde del Ravel Piano Trio desvaneciéndose en silencio. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Marco me besó la frente, Luis acarició mi cabello. ¿Repetimos pronto? preguntó él con risa cansada. Neta, esto fue épico, pensé.

La noche avanzaba, la ciudad dormía afuera. Nos duchamos juntos, jabón y risas lavando el agotamiento. De vuelta en la cama, con el cuerpo lánguido y satisfecho, puse mi cabeza en el pecho de Marco, la mano de Luis en mi cadera. El eco del Ravel Piano Trio aún vibraba en mí, un recuerdo sonoro de nuestra entrega total. Esto no fue solo sexo, fue sinfonía. Cerré los ojos, saboreando el afterglow, lista para lo que viniera.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.