Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo El Hijo de Díaz Ordaz al Ritmo Ardiente de El Tri El Hijo de Díaz Ordaz al Ritmo Ardiente de El Tri

El Hijo de Díaz Ordaz al Ritmo Ardiente de El Tri

6489 palabras

El Hijo de Díaz Ordaz al Ritmo Ardiente de El Tri

La noche en el Vive Latino estaba que ardía, con el humo de los porros flotando en el aire mezclado con el olor a tacos al pastor de los puestos cercanos y el sudor colectivo de miles de almas rockeras. El Tri tronaba en el escenario principal, la voz rasposa de Alex Lora retumbando como un trueno: "Triste canción de amor". Yo, con mi falda corta negra y una blusa escotada que dejaba ver justo lo suficiente, me movía al ritmo, sintiendo el bass vibrar en mi pecho, subiendo por mi espina dorsal hasta erizarme la piel.

Ahí lo vi, entre la multitud. Alto, moreno, con el cabello largo atado en una coleta desprolija y una playera raída de El Tri que se pegaba a sus pectorales sudados. Todos a su alrededor lo jodían con apodos: "¡Ey, el hijo de Díaz Ordaz!" gritaban, riendo mientras chocaban chelas. Neta, no sé por qué le decían así. Alguien mencionó que su jefazo se parecía al expresidente, pero este wey era puro fuego norteño, con ojos cafés intensos que perforaban la noche y una sonrisa pícara que prometía problemas del bueno.

Me acerqué bailando, rozando su brazo por "accidente". Su piel estaba caliente, salada al tacto cuando mis dedos se deslizaron un segundo de más. ¿Qué pedo, carnala? ¿Quieres un trago? me dijo, su voz grave compitiendo con la guitarra eléctrica. Le sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Simón, wey. Pero que sea tequila, pa' que prenda la fiesta. Chocamos vasos, el líquido quemándome la garganta, dulce y ahumado, mientras El Tri pasaba a "Abuso de autoridad", irónico pensando en su apodo.

Conversamos gritando sobre la banda. El hijo de Díaz Ordaz, como lo llamaban sus cuates, era fan de hueso colorado. Mi apá me llevaba a todos los conciertos de El Tri desde morrillo, contó, su aliento cálido rozándome la oreja. Yo le conté de mis noches locas en la Condesa, bailando hasta el amanecer. La tensión crecía con cada roce: su mano en mi cintura guiándome al ritmo, mis tetas presionando contra su pecho firme cuando la multitud nos apretaba. Olía a hombre, a colonia barata mezclada con sudor fresco y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia.

Al final del set, cuando Lora gritó "¡Peda pa' siempre!", él me jaló de la mano. Vámonos a un lugar más chido, ¿no? Sus ojos decían todo: deseo puro, sin juegos. Asentí, el pulso acelerado, mi concha ya húmeda anticipando lo que vendría. Salimos del Vive, el aire fresco de la noche DF golpeándonos, taxis pitando y luces neón parpadeando. Tomamos un Uber hasta su depa en Polanco, un loft moderno con posters de El Tri en las paredes y una rocola vintage sonando "Las chicas son guerreras".

¿Qué carajos estoy haciendo? Este pendejo con apodo presidencial me tiene loca. Su mirada me desnuda, y yo quiero que lo haga de verdad.

En cuanto cerró la puerta, nos besamos como posesos. Sus labios gruesos, ásperos por la barba incipiente, sabían a tequila y tabaco. Me empujó contra la pared, sus manos grandes explorando mi cuerpo: bajando por mi espalda, apretando mi culo con fuerza posesiva pero tierna. Eres una chingona, murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible hasta que gemí. Le arranqué la playera, lamiendo el sudor de su pecho, sintiendo los músculos contraerse bajo mi lengua. Su verga ya dura presionaba contra mi muslo, gruesa y palpitante a través del jeans.

Lo llevé al sillón, montándome a horcajadas. Él desabrochó mi blusa, liberando mis chichis. Qué ricas, mamacita, dijo, chupando un pezón con hambre, su lengua girando en círculos que me hacían arquear la espalda. El placer era eléctrico, un fuego subiendo desde mi clítoris hasta mi cerebro. Mis manos bajaron a su bragueta, sacando esa verga morena, venosa, con el prepucio suave que corrí despacio, oliendo su aroma almizclado, puro macho en celo.

Me puse de rodillas, mirándolo a los ojos mientras la mamaba. La cabeza entraba en mi boca caliente, salada, él gimiendo ¡No mames, qué buena chupas!. La succioné profunda, sintiendo cómo latía contra mi paladar, mis jugos chorreando por mis piernas. Pero no quería que se viniera aún. Me levanté, quitándome la tanga empapada, y me senté en su verga de un jalón. ¡Ahhh, cabrón! grité, el estirón delicioso llenándome hasta el fondo. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas, el sonido húmedo de piel contra piel mezclándose con la rocola.

Él me agarraba las nalgas, guiando el ritmo, acelerando. ¿Te gusta, pinche rica? ¿Te gusta el hijo de Díaz Ordaz chingándote? reía juguetón, y yo respondía ¡Sí, wey, chíngame más duro!. Sudábamos como puercos, el olor a sexo impregnando el aire, nuestros jadeos roncos. Cambiamos: él encima, mis piernas en sus hombros, embistiéndome profundo, el colchón crujiendo. Cada estocada golpeaba mi punto G, olas de placer acumulándose, mis uñas clavándose en su espalda tatuada con un águila de El Tri.

No es solo cogida. Es conexión, como si su apodo rarito y la música nos unieran en esta locura. Siento su alma rockera en cada empujón.

El clímax llegó como avalancha. ¡Me vengo, amor! chillé, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes mojándonos. Él rugió, llenándome con su leche espesa, pulsos calientes que prolongaban mi orgasmo. Colapsamos, respirando agitados, su peso reconfortante sobre mí. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el after.

Después, tendidos en la cama con sábanas revueltas, pusimos "Piedras contra el vidrio" bajito. ¿Por qué te dicen el hijo de Díaz Ordaz? pregunté, trazando círculos en su pecho. Rió. Mi apá era maestro de historia, obsesionado con el sexenio ese. Y yo, puro rebelde como El Tri. Quedó el apodo. Hablamos horas, de sueños, de la vida en la CDMX, de cómo la noche nos había unido.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, me abrazó. Vuelve cuando quieras, rockera. Salí con las piernas temblorosas, el cuerpo satisfecho, recordando su olor en mi piel. Esa noche con el hijo de Díaz Ordaz y el espíritu de El Tri había sido épica, un chingadazo que me dejó queriendo más. Neta, la vida es pa' vivirse así: al ritmo ardiente, sin frenos.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.