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Triple Pantalla Para Laptop Tres Veces Más Caliente

7216 palabras

Triple Pantalla Para Laptop Tres Veces Más Caliente

Ahí estaba yo, en mi depa chido en la Roma Norte, desempacando la caja de la triple pantalla para laptop que acababa de llegar. El pinche mensajero se había tardado una hora, pero valió la pena. Tres pantallitas delgadas, portátiles, perfectas para armar mi setup de trabajo remoto como diseñador gráfico. Me imaginaba produciendo como loco, con una pantalla para Photoshop, otra para referencias y la tercera para mails. Pero en el fondo, un calorcillo me subía por el estómago al pensar en otras usos... más cabrones.

Conecté todo rapidito. El sonido del USB encajando fue como un clic prometedor. Las pantallas se iluminaron una tras otra, reflejando mi cara de wey emocionado. Olía a plástico nuevo mezclado con el café que acababa de colar. Saqué el cel y marqué a Ana, mi morra desde hace seis meses. "Órale, ven pa'cá, carnala. Tengo una sorpresa que te va a volar la cabeza", le dije cuando contestó. Su voz ronca, con ese acento chilango que me ponía a mil, soltó una risa: "Ya voy, pendejo, pero si no es chido, te cobro el camión".

Media hora después, la puerta sonó. Abrí y ahí estaba ella, con su falda corta negra que marcaba sus caderas anchas y una blusa escotada que dejaba ver el encaje de su brasier. Traía el pelo suelto, negro azabache, oliendo a vainilla y algo floral que me hacía agua la boca. Pero no venía sola. Detrás, su amiga Luisa, una culona de ojos verdes que siempre me guiñaba el ojo cuando nos veíamos. "¿Qué onda, carnal?", dijo Luisa con una sonrisa pícara, mordiéndose el labio. Ana me jaló de la playera: "Le conté de tu jueguito nuevo y quiso venir a ver".

Las pasé a la sala, donde mi laptop ya rugía con las tres pantallas extendidas como alas de mariposa. "¡Qué chingón!", exclamó Ana, tocando una con las uñas pintadas de rojo. Luisa se acercó tanto que sentí su calor por detrás. "Imagínate usándola pa' ver tres pelis a la vez", murmuró, y su aliento me rozó la oreja. El ambiente se cargó de golpe. Puse música en una pantalla –un playlist de reggaetón suave, con beats que vibraban en el pecho– mientras en la segunda abría Netflix y buscaba algo subidito de tono. "Pa' probar", dije, como si nada.

"¿Y si esto termina en algo más que trabajo? Pinche wey, contrólate... o no", pensé, mientras mi verga empezaba a despertar.

Nos sentamos en el sofá de piel, yo en medio. Ana se acurrucó a mi izquierda, su muslo suave presionando el mío. Luisa a la derecha, cruzando las piernas de modo que su falda se subiera un cachito, dejando ver piel morena y tersa. En la pantalla central, una escena de porno artístico empezó: gemidos suaves, cuerpos entrelazados bajo luces tenues. El sonido era perfecto, envolvente, como si estuvieran ahí. "Qué barbaridad", susurró Ana, pero no apartó la vista. Su mano cayó casual en mi pierna, subiendo despacito.

Luisa no se quedó atrás. Abrió la tercera pantalla y puso una videollamada grupal. "Mira, conectémonos las tres", dijo juguetona. De pronto, nuestros celulares estaban linkeados: mi cara en una esquina, la de ellas en las otras dos. Podíamos vernos mutuamente, con fondos borrosos y luces que acentuaban curvas. "Esto es la triple pantalla para laptop en su máxima expresión", bromeé, pero mi voz salió ronca. El aire se llenó de su perfume mezclado con el mío, sudor ligero empezando a perlar.

Ana giró mi cara y me besó. Sus labios carnosos, sabor a chicle de fresa y tequila de la chela que trajeron. Lengua juguetona, explorando mi boca mientras su mano apretaba mi paquete por encima del pantalón. "Estás duro, cabrón", murmuró contra mis labios. Luisa observaba en la pantalla, lamiéndose los labios. "Déjenme probar", dijo, y se lanzó. Sus besos eran fieros, dentelladas suaves en el cuello que mandaban chispas por mi espina. Olía a coco en su piel, cálida como el sol de mediodía.

El calor subía. Quité mi playera, ellas las blusas. Senos perfectos saltaron libres: los de Ana redondos y firmes, pezones chocolate; los de Luisa más grandes, pálidos con aureolas rosadas. Las pantallas reflejaban todo en triple: una con la peli gimiendo, otra con close-ups de nuestras caras en éxtasis, la tercera con música que latía al ritmo de nuestros corazones acelerados. Toqué a Ana primero, dedos hundiendo en su carne suave, bajando por su vientre plano hasta la humedad entre sus piernas. "Estás empapada, mi amor", le dije al oído. Ella jadeó, arqueándose.

"No puedo creer que esto esté pasando. Dos morras así, en mi depa, con esta pinche triple pantalla para laptop armando el show. Soy el rey del mundo".

Luisa se arrodilló, desabrochando mi jeans. Mi verga saltó libre, dura como piedra, venosa y palpitante. "Qué pinga tan rica", gruñó ella, tomándola en la mano. Calor de su palma, luego su boca: lengua plana lamiendo desde la base hasta la punta, sabor salado mezclado con su saliva dulce. Ana se unió, chupando mis bolas mientras Luisa mamaba la cabeza. Gemidos míos llenaron la sala, compitiendo con los de la pantalla. El sofá crujía bajo nosotros, piel contra piel resbalosa de sudor.

Las recosté. Quité las faldas: tangas diminutas, mojadas. Dedos en sus panochas: Ana estrecha y caliente, Luisa más jugosa, chorreando. Las hice gemir alternando, lengüetazos profundos que saboreaban su excitación –Ana a miel, Luisa a sal marina. "¡Más, pendejo!", gritó Ana, jalándome el pelo. Luisa montó mi cara, restregando su clítoris hinchado contra mi nariz, asfixiándome en placer. Olía a sexo puro, embriagador.

Cambié posiciones. Ana encima, empalándose despacio en mi verga. Su interior apretado, ondas de calor envolviéndome. Rebotaba, senos danzando, uñas clavándose en mi pecho. Luisa detrás, lamiendo donde nos uníamos, lengua en mis bolas y su ano. Pantallas testigos: triple vista del éxtasis –mi polla entrando y saliendo, caras contorsionadas, cuerpos brillantes de sudor. El ritmo aceleró, slap-slap de carne, jadeos roncos. "¡Me vengo!", chilló Ana primero, contrayéndose, ordeñándome.

Luisa la cambió. Ella de reversa, culo perfecto abriéndose para mí. Entré de un empujón, profundo, golpeando su próstata... digo, su fondo. Manos en sus nalgas, azotando suave –rojo marcado en piel morena. Ana besaba su boca, dedos en su clítoris. "¡Chíngame duro, wey!", rogaba Luisa. El orgasmo la sacudió como terremoto, gritando mi nombre. No aguanté más. Me vine dentro de ella, chorros calientes, pulsando, mientras ellas me ordeñaban seco.

Colapsamos en el sofá, tres cuerpos enredados, respiraciones entrecortadas. Las pantallas seguían: porno apagándose, videollamada congelada en sonrisas bobaliconas, música suavizándose a bolero. Sudor enfriándose en la piel, besos perezosos, risas ahogadas. Ana trazó círculos en mi pecho: "Esta triple pantalla para laptop es lo mejor que has comprado, amor". Luisa guiñó: "Repetimos cuando quieras, carnal".

Me quedé ahí, abrazándolas, el corazón latiendo fuerte aún. El depa olía a sexo y promesas. Mañana trabajo, pero hoy... hoy fui dios.

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