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Historias Sexuales de Tríos Ardientes

6758 palabras

Historias Sexuales de Tríos Ardientes

Yo siempre había fantaseado con esas historias sexuales de tríos que se contaban en las fiestas, esas que dejan a todos con la boca abierta y el cuerpo encendido. Pero nunca pensé que me tocaría vivir una de verdad. Se llamaba Marco, mi carnal de toda la vida, el wey que me hacía reír con sus chistes pendejos y me volvía loca en la cama con esa forma suya de mirarme como si fuera la única pinche mujer en el mundo. Y luego estaba Sofia, la morra nueva del gym, con ese culo redondo que se marcaba en los leggings y unos ojos verdes que prometían pecados.

Era una noche de sábado en la Condesa, México City vibrando con sus luces neón y el olor a tacos al pastor flotando en el aire. Habíamos ido a una peda en un rooftop, música electrónica retumbando, cuerpos sudados rozándose en la pista. Marco me tenía de la cintura, su mano grande y callosa apretándome contra su pecho firme. Olía a su colonia barata mezclada con sudor fresco, ese aroma que me ponía los vellos de punta.

¿Y si le digo que la invite? pensé mientras veía a Sofia bailar sola, moviendo las caderas como si estuviera follando al ritmo de la música. Su piel morena brillaba bajo las luces, el sudor perlando su escote. Marco notó mi mirada y me mordió el lóbulo de la oreja, susurrando:

¿Te late esa mamacita, nena?

Me reí nerviosa, el corazón latiéndome como tambor. —Es cañón, ¿no? Imagínate las historias sexuales de tríos que armaríamos.

Él se empalmó al instante, presionando contra mi nalga. —¿En serio? ¿Quieres que la jalemos?

Asentí, el calor subiendo por mi entrepierna. Sofia nos vio y se acercó, sonriendo con labios carnosos pintados de rojo. —¡Hola, par de calientes! ¿Bailamos?

Ahí empezó todo. Sus cuerpos se pegaron al mío en la pista, manos inocentes al principio, rozando brazos, cinturas. El aire estaba cargado de feromonas, olor a piel caliente y perfume dulce. Marco nos guiaba, su aliento en mi cuello mientras Sofia me tomaba la mano y la ponía en su cadera. Sentí su calor a través de la tela fina de su vestido.

Salimos del lugar hechos un desastre, riendo como pendejos, caminando hacia el depa de Marco en la Roma. La ciudad nos envolvía con su caos: cláxones, risas de borrachos, el fresco de la noche calmando el fuego que nos ardía por dentro.

En el elevador, la tensión explotó. Marco me besó con hambre, lengua invadiendo mi boca, sabor a tequila y deseo. Sofia se unió, sus labios suaves contra mi cuello, chupando suave, enviando chispas por mi espina. —Esto va a estar chingón, murmuró ella, su voz ronca.

¿Estoy lista para esto? ¿Y si me da celos? Mi mente daba vueltas, pero el pulso entre mis piernas gritaba sí. Entramos al depa, luces bajas, el olor a incienso de vainilla que Marco siempre prendía. Nos quitamos la ropa como si quemara: mi blusa volando, el vestido de Sofia deslizándose por sus curvas perfectas, revelando tetas firmes con pezones oscuros ya duros. Marco se sacó la playera, mostrando ese torso tatuado que me volvía loca.

Nos fuimos a la cama king size, sábanas frescas contra pieles hirvientes. Empezamos lento, explorando. Yo besé a Marco mientras Sofia lamía mi ombligo, su lengua caliente y juguetona bajando hacia mi monte de Venus. Olía a su excitación, almizcle dulce mezclado con mi propio jugo. Marco me miró a los ojos, pidiendo permiso con la mirada. —¿Todo bien, mi amor?

Sí, wey, hazme tuya con ella, gemí.

Él se posicionó detrás de mí, su verga gruesa rozando mi entrada húmeda. Sofia se acostó frente a mí, abriendo las piernas, su coño rosado y brillante invitándome. La besé, saboreando sus labios salados, mientras Marco me penetraba de un solo empujón. ¡Ay, cabrón! grité en mi cabeza, el placer doliendo rico, estirándome hasta el fondo.

El ritmo empezó suave: Marco embistiéndome profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada, sonido húmedo y obsceno llenando la habitación. Sofia metió dos dedos en mi boca, luego los bajó a su clítoris, masturbándose mientras nos veía. —Qué rico se ve tu panocha tragándosela, jadeó ella.

Cambié de posición, montándome en Marco, su polla dura como acero llenándome por completo. Sentía cada vena pulsando dentro, el calor de su piel contra mis muslos. Sofia se sentó en su cara, él lamiéndola con avidez, su lengua chasqueando contra sus labios mayores. Ella se arqueó, tetas rebotando, gimiendo en español mexicano puro: —¡Lámeme más, pinche rico! ¡Así, cabrón!

El olor a sexo nos envolvía, sudor goteando, pieles chocando con palmadas rítmicas. Mi clítoris rozaba el pubis de Marco, building up esa presión deliciosa. Esto es mejor que cualquier historia sexual de tríos que haya oído, pensé, perdida en el éxtasis. Sofia se bajó y nos lamió a los dos donde nos uníamos, su lengua danzando entre mi ano y las bolas de él. El placer era eléctrico, corrientes subiendo por mis piernas.

Marco gruñó, volteándome para ponerme a cuatro. Sofia debajo de mí, en 69, su coño en mi cara. Lo lamí con ganas, saboreando su miel salada, mientras Marco me cogía como animal, manos en mis caderas marcando moretones de pasión. —¡Estás empapada, nena! ¡Te encanta el trío! rugió él.

Sofia gemía contra mi clítoris, succionándolo suave, dedos curvándose dentro de mí junto a la verga de Marco. No aguanto, pensé, el orgasmo creciendo como ola. Gritamos al unísono: yo primero, convulsionando, chorros calientes salpicando sus caras; Sofia temblando bajo mi lengua; Marco llenándome de leche espesa, pulsando dentro hasta vaciarse.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, respiraciones jadeantes. El aire olía a semen, jugos y sudor bendito. Marco me besó la frente, Sofia acurrucándose en mi pecho, su pelo húmedo cosquilleando mi piel. —Esto fue épico, susurró ella.

Las mejores historias sexuales de tríos empiezan así, reí yo, el corazón lleno.

Nos quedamos así horas, platicando pendejadas, caricias suaves calmando el fuego. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, supe que esto no era solo sexo: era conexión, confianza, un lazo nuevo. Marco me miró con ojos brillantes. —Te amo, y a ti también te queremos aquí siempre.

Sofia sonrió, besándonos a ambos. Salimos a desayunar tamales en la esquina, riendo de la noche, cuerpos aún sensibles. Esa experiencia nos cambió, abrió puertas a más aventuras, pero siempre con respeto y amor. Porque las verdaderas historias sexuales de tríos no son solo cuerpos: son almas entrelazadas en placer puro.

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