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Dos Mil Intentos

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Dos Mil Intentos

La luz tenue de las velas parpadeaba en la recámara, lanzando sombras danzantes sobre las paredes color crema de nuestro depa en Polanco. María se recargó en la cabecera de la cama king size, con el corazón latiéndole a todo lo que daba. Llevábamos diez años juntos, mi carnal Juan y yo, y esta noche era especial. En la mesita de noche, el celular brillaba con la app que habíamos bajado hace años: Try Counter. Marcaba 1999. Este iba a ser nuestro 2000 try, el intento número dos mil de perdernos el uno en el otro.

El aroma a jazmín de mi perfume se mezclaba con el sudor ligero que ya empezaba a perlar su frente. Juan entró, quitándose la camisa con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Órale, qué vato más guapo, pensé, mientras mis ojos recorrían su pecho moreno, marcado por horas en el gym. “Nena, ¿lista pa’l gran intento?”, me dijo con voz ronca, acercándose despacio. Su olor, esa mezcla de colonia Axe y hombre puro, me invadió las fosas nasales, acelerándome el pulso.

Diez años, dos mil intentos... y cada vez como la primera. ¿Cómo chingados no me canso de este pendejo?

Me incorporé, extendiendo la mano para jalarlo hacia mí. Nuestros labios se rozaron primero, suaves, como un susurro. El sabor de su boca, con un toque de tequila reposado de la cena, me hizo gemir bajito. Sus manos grandes, callosas de tanto trabajar en su taller de motos, subieron por mis muslos desnudos bajo el baby doll de encaje negro. La tela se arrugó con un roce sedoso, enviando chispas de electricidad por mi piel.

Acto uno: la chispa. Ahí estábamos, en nuestra rutina chida de amantes veteranos. Juan me había mimado con tacos de arrachera de la taquería de la esquina y una botella de Monte Xanic. Pero la tensión ya bullía desde la sobremesa, cuando saqué el celular y le mostré el contador. “¡Mira, amor, 1999! ¿Nos echamos el 2000 try esta noche?”. Él soltó una carcajada, me cargó como costal y me trajo volando a la cama. Ahora, sus dedos trazaban círculos lentos en mi entrepierna, sobre las bragas ya húmedas. Sentí el calor de su palma, el pulso de su verga endureciéndose contra mi cadera.

Le quité los jeans con urgencia, liberando su miembro grueso que saltó ansioso. Lo tomé en la mano, sintiendo las venas palpitantes bajo mi palma suave. “Estás cañón, mi rey”, murmuré, lamiendo la punta salada. Su gemido grave retumbó en el cuarto, vibrando en mi pecho. El sonido de su respiración agitada, entrecortada, era música para mis oídos. Bajé la cabeza, engulléndolo centímetro a centímetro, el sabor almizclado inundándome la boca mientras mi lengua jugaba en el glande.

Pero él no era de los que se deja consentir solo. Me volteó con gentileza, expertizando mi cuerpo como si fuera la primera vez. “Déjame probarte, morra”. Sus labios bajaron por mi cuello, mordisqueando la clavícula, dejando un rastro de besos húmedos que olían a deseo crudo. Cuando llegó a mi panocha, separó mis labios con los dedos, soplando aire caliente que me erizó la piel. Su lengua, áspera y precisa, lamió mi clítoris hinchado. ¡Ay, wey, no pares! El placer era un latido sordo, creciendo como ola en el Pacífico.

Esto es lo que amo de nosotros: no es solo coger, es conectar almas. Cada intento nos une más.

Acto dos: la escalada. La tensión subía como el volcán Popo en erupción. Juan me penetró con un dedo, luego dos, curvándolos para rozar ese punto que me hace arquear la espalda. El sonido chapoteante de mi humedad llenaba el aire, mezclado con mis jadeos y sus gruñidos. “Estás chorreando, nena. ¿Tanto te prende el 2000 try?”. Asentí, perdida en la niebla del placer, mis uñas clavándose en sus hombros anchos. Sudor salado goteaba de su frente a mi pecho, resbalando entre mis tetas firmes.

Me puse encima, cabalgándolo despacio al principio. Su verga me llenaba por completo, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso contra mis paredes internas. El roce de su pubis contra mi clítoris era fuego puro. Aceleré, mis caderas girando en círculos, el slap-slap de piel contra piel resonando como tambores aztecas. Él me amasaba las nalgas, abriéndolas, un dedo juguetón rozando mi ano sin invadir, solo tentándome. ¡Pendejo tentador! Mi cabello caía en cascada sobre su cara, y él lo inhalaba, oliendo mi shampoo de coco.

Internamente, batallaba con la emoción. ¿Y si este intento es el definitivo? No pa’ chavitos, sino pa’ sellar nuestro amor eterno. Juan lo sentía, me volteó a misionero, mirándome fijo a los ojos café intenso. “Te amo, María. Cada try contigo es el mejor”. Sus embestidas se volvieron profundas, rítmicas, golpeando mi cervix con precisión. El olor a sexo impregnaba todo: almizcle, sudor, jugos mezclados. Mis piernas lo envolvieron, talones clavados en su culo prieto. La cama crujía, las sábanas de algodón egipcio se enredaban en nuestras piernas.

El clímax se acercaba. Mis músculos se tensaban, el calor subiendo desde el estómago como tequila quemando la garganta. “¡Ya, amor, no aguento!”, grité. Él aceleró, su verga hinchándose más. Sentí las contracciones primero en mi clítoris, luego explotando en ondas que me sacudían entera. Grité su nombre, el sonido ahogado en su boca. Él se vino segundos después, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando sobre el mío. El pulso de su corrida contra mis paredes era éxtasis puro.

Acto tres: el resplandor. Nos quedamos pegados, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco. Su peso sobre mí era reconfortante, protector. Besos suaves en mi sien, sus dedos peinando mi pelo revuelto. “Dos mil intentos, nena. Y quiero dos mil más”. Reí bajito, el afterglow envolviéndonos como cobija tibia. El cuarto olía a nosotros, a victoria compartida. Saqué el celular con mano temblorosa: 2000. 2000 try completado.

Esto no es solo sexo, es nuestra historia. Cada intento un capítulo de pasión mexicana, de amor que no se apaga.

Nos acurrucamos, su mano en mi vientre plano, trazando círculos perezosos. Afuera, el tráfico de Polanco zumbaba lejano, pero aquí adentro solo existíamos nosotros. Mañana sería otro día de rutinas: él en el taller, yo en la oficina de diseño. Pero sabíamos que el próximo try nos esperaba, como siempre. Con una sonrisa, apagué la luz, saboreando el sabor residual de su piel en mis labios. Éramos imparables, mi carnal y yo.

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