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Deseada por el Dragón de Tres Cuernos

6398 palabras

Deseada por el Dragón de Tres Cuernos

Yo siempre he sido una chava aventurera, de esas que no se conforman con la rutina del pinche DF. Neta, un día decidí mandarme cambiar a las playas de Quintana Roo, buscando algo más que sol y chelas. Alquilé un chalecito cerca de Tulum, rodeado de selva espesa, con ese olor a tierra húmeda y flores silvestres que te envuelve como un abrazo caliente. Ahí fue cuando encontré la entrada a esa cueva oculta, medio tapada por enredaderas. El aire olía a musgo antiguo y algo más, un aroma ahumado, como incienso quemado en una ceremonia maya.

Entré con linterna en mano, el corazón latiéndome a todo lo que daba. Las paredes estaban cubiertas de petroglifos, figuras de serpientes emplumadas y bestias feroces. Al fondo, un altar con una estatua imponente: el dragón de tres cuernos. Tres cuernos curvos saliendo de su cabeza, escamas relucientes que parecían palpitar bajo la luz de mi linterna. No era un dragón cualquiera, wey; tenía un cuerpo musculoso, humanoide pero con alas plegadas y una cola que terminaba en punta afilada. Me quedé mirándolo, sintiendo un calor subirme por el estómago, como si sus ojos de obsidiana me estuvieran follando con la mirada.

¿Qué carajos estoy pensando? Esto es una puta fantasía, pero neta, se me hizo agua la boca.

De repente, la estatua crujió. El suelo tembló leve, y un humo verde salió del altar, oliendo a jazmín mezclado con sudor masculino. Del humo emergió él, no piedra, sino carne viva. Alto, como dos metros, piel escamosa pero suave al tacto cuando extendió la mano. Sus tres cuernos brillaban, y sus ojos dorados me clavaron en el sitio.

Mamacita, susurró con voz ronca, como grava y miel. ¿Vienes a despertarme?

Mi piel se erizó, pezones endureciéndose bajo la blusa ligera. Olía a él ahora, ese aroma ahumado intensificado, mezclado con algo almizclado que me hacía apretar los muslos. —Sí... o sea, no sé, pendejo, ¿qué eres? —le solté, pero mi voz salió temblorosa, no de miedo, sino de pura anticipación.

Se acercó, su calor corporal como un horno vivo. Tocó mi mejilla con dedos ásperos pero gentiles, enviando chispas por mi espina. —Soy el dragón de tres cuernos, guardián de estos lares desde tiempos de los antiguos. Y tú, ricura, has encendido mi fuego.

Ahí empezó todo. No huí; al contrario, me quedé, hipnotizada por su presencia. Me besó el cuello, lengua bífida rozando mi piel, saboreándome como si fuera un mango maduro. Supe que quería esto, que lo deseaba con cada fibra de mi ser. —Órale, hazme tuya —le murmuré, entregándome por completo.

La tensión creció despacio, como la marea en la playa. Me quitó la blusa con garras cuidadosas, sin rasguños, solo caricias que me dejaban la piel ardiendo. Sus escamas eran cálidas, vibrando contra mis tetas cuando las apretó, pezones entre sus dedos, tirando suave hasta que gemí. El sonido de mi respiración era lo único en la cueva, ecoando contra las paredes húmedas. Olía a mi propia excitación, ese olor dulce y salado que subía desde mi entrepierna.

Me recargó contra la pared fría, contraste perfecto con su cuerpo caliente. Bajó por mi panza, lamiendo el ombligo, mordisqueando suave la piel sensible. —Qué chingona estás, gruñó, voz vibrando en mi clítoris antes de tocarlo siquiera. Sus cuernos rozaron mis muslos internos, fríos y duros, mientras separaba mis piernas. Introdujo la lengua, larga y hábil, explorando mi chochito empapado. Saboreó mis jugos, chupando con hambre, haciendo círculos en el botón que me tenía arqueándome.

Neta, nunca sentí algo así. Cada lamida era fuego líquido, subiendo por mis venas hasta explotar en mi cabeza.

Yo no me quedaba atrás. Le bajé los pantalones imaginarios —el dragón no los necesitaba, pero su verga salió imponente, gruesa, con venas pulsantes y una cabeza bulbosa que goteaba precum transparente, oliendo a sal y deseo puro. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, tan caliente que quemaba. La chupé, saboreando su esencia amarga y dulce, garganta acomodándose a su tamaño mientras él rugía bajito, cuernos inclinándose hacia atrás.

La intensidad subió. Me levantó como si no pesara nada, alas abriéndose para equilibrarse. Me penetró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada escama rozando mis paredes internas, vibrando, masajeando. —¡Ay, cabrón, qué rico! —grité, uñas clavándose en su espalda escamosa. El slap de carne contra carne llenó la cueva, sudor goteando, mezclándose con nuestros fluidos. Su cola se enroscó en mi cintura, guiando mis caderas, profundizando cada embestida.

Internamente, luchaba con el placer abrumador. Esto no es real, pero se siente tan jodidamente bien. ¿Y si no quiero que acabe? Él lo notaba, sus ojos dorados en los míos, conectándonos más allá de lo físico. —Entrégate, mi reina —me dijo, y lo hice. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo, tetas rebotando, cuernos entre mis dedos mientras lo montaba como una diosa. El orgasmo me golpeó primero, olas de éxtasis contrayendo mi cuerpo, chorros mojando su verga. Él siguió, gruñendo, llenándome con su leche caliente, espesa, que desbordaba y corría por mis muslos.

Pero no paramos. La segunda ronda fue más salvaje. Me puso en cuatro, cola azotando suave mi culo, cuernos rozando mi espalda mientras me follaba profundo. El olor a sexo impregnaba todo, sudor, semen, mi aroma femenino. Gemidos míos mezclados con sus rugidos, ecoando como truenos lejanos. Cada thrust era un latido compartido, pulsos acelerados sincronizándose.

Al final, colapsamos en el altar suave, cuerpos entrelazados. Su piel enfriándose contra la mía, alas envolviéndonos como cobija. Besos lentos, lenguas danzando perezosas. —Volverás, corazón —murmuró, cuernos acariciando mi cabello.

Salí de la cueva al amanecer, piernas temblando, chochito adolorido pero satisfecho. El sol besaba la selva, pájaros cantando, pero yo llevaba su esencia dentro, un fuego eterno. Neta, el dragón de tres cuernos me había marcado para siempre. Cada noche sueño con su toque, su sabor, esperando el próximo viaje a esa cueva mágica. ¿Y tú, wey? ¿Te animas a buscarlo?

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