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Pasión Salvaje con el Vocalista del Tri

6783 palabras

Pasión Salvaje con el Vocalista del Tri

El Foro Sol vibraba como un corazón desbocado esa noche en el DF. El aire estaba cargado de humo de cigarro, sudor y esa electricidad que solo un concierto de El Tri puede generar. Yo, con mi playera negra ajustada y jeans que me marcaban las curvas, me abrí paso entre la multitud hasta la zona VIP que mi carnal me había chingado para conseguir. La voz ronca del vocalista del Tri retumbaba en mis huesos, cada grito de "Triste canción de amor" me erizaba la piel. Lo vi en el escenario, sudado, con esa energía de rockero eterno, guitarra en mano, pantalones de cuero que dejaban poco a la imaginación. Sus ojos, fieros y pícaros, barrieron la gente y juro que por un segundo se clavaron en los míos. Sentí un calor subirme desde el estómago, como si su voz me estuviera acariciando por dentro.

Después del encore, cuando la banda se bajó, mi carnal me jaló hacia el backstage. "¡Mira, güey, ahí está el mero mero!", me dijo emocionado. Yo no podía dejar de mirarlo. Él, el vocalista del Tri, se limpiaba el sudor con una toalla, riendo con los músicos. Alto, fornido aún después de tantos años en la carretera, con esa barba canosa que lo hacía ver como un lobo experimentado. Nuestras miradas se cruzaron de nuevo. Sonrió, esa sonrisa de quien sabe el efecto que causa. Me acerqué, el corazón latiéndome a mil.

"Qué chingón estuvo el pinche show, ¿no?", le solté, tratando de sonar casual. Él me miró de arriba abajo, lento, como saboreando cada centímetro. "Gracias, nena. Tú no te quedas atrás, pareces salida de uno de mis videos". Su voz en vivo era aún más grave, vibrante, como un ronroneo que me hacía cosquillas en las piernas. Charlamos un rato, de canciones, de la vida loca del rock mexicano. Olía a cerveza, tabaco y hombre puro. Cada vez que se reía, su mano rozaba mi brazo accidentalmente, y yo sentía chispas. "Vamos por unas chelas al bar de enfrente, ¿sale?", me propuso. No lo pensé dos veces. Qué pedo, esto es lo más cerca que estaré de un sueño húmedo hecho realidad, pensé mientras lo seguía.

En el bar de Polanco, luces tenues y música de fondo suave, pedimos tequilas. Nos sentamos en una mesa apartada, piernas rozándose bajo la mesa. Él me contaba anécdotas de giras, de groupies locas en los 80, pero sus ojos no se despegaban de mis labios. Yo sentía mi piel ardiendo, el tequila bajando caliente por mi garganta, despertando todo. "¿Sabes qué? Siempre me han gustado las morras con fuego en la mirada como tú", murmuró, su mano ahora sobre mi muslo, firme pero suave. Le puse la mano encima, apretando. "Y a mí los rockeros que cantan como si me estuvieran cogiendo con la voz". Nos reímos, pero el aire se cargó de tensión. Sus dedos subieron un poco, trazando círculos que me mojaban las panties. Olía su colonia mezclada con sudor fresco, delicioso.

Salimos del bar tambaleándonos un poco, riendo como pendejos. Tomamos un taxi hasta su hotel en la Zona Rosa, un lugar chido con vistas al skyline. En el elevador, no aguantamos más. Me acorraló contra la pared, sus labios devorando los míos. Sabían a tequila y sal, ásperos pero hambrientos. Su lengua invadió mi boca, bailando con la mía, mientras sus manos me amasaban las nalgas. Gemí contra su boca, sintiendo su verga dura presionando mi vientre. "Chíngame ya, vocalista", le susurré al oído. Él gruñó, mordiéndome el cuello suave, dejando un rastro húmedo que olía a deseo puro.

En su suite, la puerta apenas cerró y ya me quitaba la playera. Sus ojos se oscurecieron al ver mis tetas libres, pezones duros como piedras. "Pinche madre, qué ricas", dijo, chupándolas con avidez. Su boca era fuego, lengua girando, dientes rozando justo lo suficiente para que me arqueara. Yo le bajé los pantalones, liberando esa verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor, su pulso acelerado. Él jadeaba, voz ronca: "Así, nena, hazme tuyo". Me arrodillé, lamiéndola desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Olía a macho excitado, embriagador. La chupé profundo, garganta relajada, mientras él me agarraba el pelo, gimiendo mi nombre inventado en el momento.

Esto es una locura, pero qué chingón. Su voz, esa misma que grita en el escenario, ahora gime por mí. Me siento poderosa, como si lo tuviera comiendo de mi mano.

Me levantó como si no pesara, me tiró en la cama king size. Me quitó los jeans y las panties de un jalón, abriéndome las piernas. Su mirada era pura lujuria. Bajó la cabeza, lengua hundiéndose en mi panocha empapada. Gemí fuerte, arqueándome, el placer como rayos eléctricos. Lamía mi clítoris con maestría, dedos entrando y saliendo, curvándose justo en mi punto G. Olía mi propia excitación, dulce y almizclada, mezclada con su aliento caliente. "Estás chingón mojada, sabor a miel", murmuró contra mi piel. Me vine rápido, temblando, gritando su apodo: "¡Vocalista del Tri, no pares!".

Pero él no paró. Se puso encima, verga rozando mi entrada. "Dime si quieres que te coja", dijo, ojos en los míos, esperando consentimiento. "Sí, chíngame duro, hazme tuya", rogué. Entró lento al principio, estirándome delicioso, cada centímetro un éxtasis. Luego aceleró, embistiéndome profundo, piel contra piel chapoteando. Sus bolas golpeaban mi culo, sudor goteando de su pecho al mío. Agarré sus nalgas, clavando uñas, urgiéndolo más rápido. Nuestros gemidos llenaban la habitación, su voz ronca ahora susurros sucios: "Tu panocha me aprieta como guante, nena". Sentía cada vena de su verga frotando mis paredes, mi clítoris rozando su pubis. El olor a sexo impregnaba todo, intenso, animal.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones. Rebotaba fuerte, controlando el ritmo, viendo su cara de placer puro. Él se incorporó, chupándome mientras yo cabalgaba. El clímax nos alcanzó juntos: yo gritando, contrayéndome alrededor de él, él rugiendo como en un solo de guitarra, llenándome de su leche caliente. Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor.

Después, enredados en las sábanas revueltas, fumamos un cigarro compartido. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. "Pinche noche memorable", dijo, besándome la piel. Yo acaricié su cabello canoso, sintiendo una paz profunda. No era solo sexo; era conexión, rock 'n' roll en carne viva. Al amanecer, nos despedimos con un beso largo, prometiendo nada pero sabiendo que esa noche había marcado mi alma. Salí al sol de México, piernas flojas, sonrisa pendeja, con el eco de su voz aún vibrando en mí.

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