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El Tri Acustico en Nuestra Piel

6443 palabras

El Tri Acustico en Nuestra Piel

Entré al bar en la colonia Roma, ese lugarcito chido con luces tenues y olor a mezcal ahumado que me ponía la piel chinita de anticipación. Era viernes por la noche, y el ambiente ya estaba cargado de risas y clinks de vasos. Me acomodé en la barra, pedí un tequila reposado con limón y sal, y justo en ese momento arrancó El Tri acústico. Dos carnales con guitarras españolas rasgueaban las cuerdas con esa crudeza rockera pero suave, como un susurro que te eriza el alma. "Piedras contra el vidrio" sonaba de fondo, y neta, sentí que la letra me hablaba directo al pecho.

Estaba yo ahí, Ana, veintiocho pirulos, con mi falda negra ajustada y blusa escotada que dejaba ver justo lo necesario, cuando lo vi. Alto, moreno, con barba de tres días y ojos que brillaban como el flash de una cámara vieja. Tocaba la armónica en una mesa cercana, siguiendo el ritmo de El Tri acústico. Nuestras miradas se cruzaron, y órale, qué chispazo. Me sonrió con picardía, tipo "te voy a comer con los ojos", y yo le devolví la sonrisa, sintiendo un calorcito entre las piernas que no era del tequila.

¿Qué pedo? ¿Ya me estoy imaginando sus manos en mi cintura mientras rasguea esas cuerdas imaginarias en mi espalda?

Se acercó con dos chelas en la mano, se presentó como Marco, treinta y tantos, músico de oficio que tocaba en bares por la ciudad. "Qué buena onda que viniste, carnala. Esta noche El Tri acústico está prendiendo todo", me dijo con voz ronca, sentándose a mi lado tan cerca que olía su colonia mezclada con sudor fresco. Hablamos de la banda, de cómo esas rolas te hacen sentir vivo, de la Ciudad de México que no duerme. Cada plática era un roce accidental: su rodilla contra la mía, su mano en mi brazo al reírse de un chiste pendejo. El pulso se me aceleraba con cada acorde que salía de las guitarras, vibrando en mi piel como promesas.

La noche avanzaba, el bar se llenaba de cuerpos bailando pegaditos. "Vamos a mover el esqueleto", me propuso, y yo simón, lo seguí a la pista improvisada. Sus manos en mi cintura, mi espalda contra su pecho firme. Bailábamos lento al ritmo de "Abuso de poder", la versión acústica que los músicos ahora tocaban. Sentía su aliento caliente en mi cuello, su verga semi-dura presionando contra mis nalgas. Neta, qué rico. Me giré, nuestras caras a centímetros, y el beso llegó natural, como si las cuerdas de esas guitarras nos jalaran uno al otro.

Sus labios eran suaves pero urgentes, sabían a cerveza y a deseo puro. Lenguas enredadas, manos explorando. La música seguía, un fondo perfecto de rasgueos que imitaban nuestros jadeos. "Vamos a mi depa, está aquí cerquita", murmuró en mi oído, y yo asentí, empapada ya de anticipación. Caminamos por las calles empedradas de Roma, riéndonos como pendejos, tomados de la mano. El aire fresco de la noche contrastaba con el fuego que nos quemaba por dentro.

Al entrar a su loft minimalista, con posters de rockeros en las paredes y una guitarra acústica en la esquina, prendió una playlist de El Tri acústico bajita. "Triste canción de amor" empezó a sonar, y nos besamos de nuevo, esta vez sin prisa. Sus manos bajaron mi cremallera, la falda cayó al suelo con un susurro. Yo le quité la playera, admirando su torso tatuado, pectorales duros que olían a hombre. Rozaba mis tetas con los dedos, pellizcando los pezones hasta ponérmelos como piedras.

¡Ay, cabrón! Sus toques son como las cuerdas vibrando, directo al clítoris.

Me llevó a la cama king size, con sábanas frescas que crujían bajo nuestros cuerpos. Se arrodilló entre mis piernas, besando mi interior de muslos, lamiendo despacio hasta llegar a mi panocha húmeda. Gemí cuando su lengua tocó mi clítoris, chupando suave, luego fuerte, como si tocara una nota perfecta. Olía mi excitación, ese aroma almizclado que lo volvía loco. "Estás riquísima, Ana", gruñó, metiendo dos dedos que curvaba justo en mi punto G. Me retorcía, agarrando las sábanas, el ritmo de la música guiando sus movimientos. Sentía el pulso en mi sien, en mi coño, todo latiendo al unísono.

No aguanté más, lo jalé arriba. Le bajé el pantalón, su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando pre-semen. La tomé en la boca, saboreando su salado, chupando la cabeza mientras él gemía "¡Qué chido, güey!". Lo mamé profundo, sintiendo cómo se hinchaba en mi garganta. Luego, me monté encima, frotando su pija contra mis labios vaginales, lubricándonos mutuamente. "Métemela ya, Marco", le pedí con voz ronca, y él obedeció, embistiéndome lento al principio.

¡Dios! Esa penetración fue fuego puro. Su verga llenándome centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Cabalgaba fuerte, mis tetas rebotando, sus manos en mis caderas guiándome. Sudábamos, el olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el humo lejano de la ciudad por la ventana abierta. Cambiamos posiciones: él atrás, doggy style, azotándome las nalgas suave mientras me cogía profundo. Cada estocada rozaba mi clítoris interno, el slap de piel contra piel ahogando la música. "¡Más fuerte, carnal!", gritaba yo, y él aceleraba, gruñendo como bestia.

Esto es mejor que cualquier rola de El Tri, neta. Su verga es mi guitarra acústica personal.

El clímax llegó en oleadas. Primero yo, temblando, mi coño contrayéndose alrededor de su pija, chorros de placer escapando mientras gritaba su nombre. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, llenándome con su leche espesa. Nos derrumbamos, jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados. La playlist seguía, ahora "Niño sin amor" en versión acústica, suave como nuestra respiración calmándose.

Nos quedamos así un rato, acariciándonos perezosos. "Eso estuvo cañón", dijo él, besándome la frente. Yo sonreí, sintiendo el afterglow en cada músculo relajado. Hablamos bajito de la noche, de cómo El Tri acústico nos unió en ese bar mágico. No era solo sexo; era conexión, esa química que vibra como cuerdas bien afinadas. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despedimos con un beso largo, prometiendo repetir. Salí a la calle con las piernas flojas, el eco de la música y su tacto en la piel, sabiendo que esa noche había sido inolvidable.

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