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Probándote Ropa en Mis Manos

6558 palabras

Probándote Ropa en Mis Manos

Entras al probador de esa boutique chida en el centro comercial de Polanco, con el corazón latiéndote a mil por hora. El aire huele a tela nueva y a ese perfume dulzón que usan en las tiendas fancy, mezclado con el aroma de tu loción de vainilla que te pusiste esta mañana. Llevas en las manos un montón de prendas que elegiste pensando en él: tu carnal, tu Marco, ese wey alto y moreno que te hace sudar con solo una mirada. "Órale, amor, ¿me ayudas con esto?", le dices juguetona mientras cierras la cortina del vestidor amplio, ese que parece hecho para dos.

Él se ríe bajito, ese sonido ronco que te eriza la piel, y entra contigo. "Claro, mi reina, ¿qué se te ofrece?". Sus ojos cafés te recorren de arriba abajo, deteniéndose en tus curvas bajo la blusa ajustada. Te quitas la ropa despacio, sintiendo el roce fresco del aire acondicionado en tu piel desnuda. Primero te pones ese vestido rojo entallado que te marca la cintura y sube el escote justo lo necesario para volverlo loco. Te das la vuelta frente al espejo, admirando cómo la tela se pega a tus nalgas, suave como un beso. "Mírate, estás pa delantar", murmura él, acercándose por detrás. Sus manos grandes se posan en tus caderas, fingiendo ajustar la falda, pero sientes el calor de sus palmas quemándote a través de la tela.

El probador es un mundo aparte: el espejo triple refleja cada ángulo, el suelo de madera cruje levemente bajo tus pies descalzos, y afuera se oye el murmullo lejano de la gente comprando, música pop suave de fondo. Tu pulso se acelera cuando sus dedos suben un poquito, rozando el borde de tu panty. "

¿Qué pasa, wey? ¿Ya te estás probando ropa en mi cuerpo?
", piensas con una sonrisa pícara, mordiéndote el labio. Él te besa el cuello, suave al principio, su aliento cálido oliendo a chicle de menta y café de la mañana. "Estás divina, Ana. Neta, no sé cómo aguantarme".

Te pruebas la siguiente: un conjunto de lencería negra, encaje que raspa delicioso contra tus pezones ya duros. Te lo pones mirándolo fijo por el espejo, provocándolo. Él se lame los labios, su camisa blanca tensa sobre los músculos del pecho. "Ven, ayúdame con el bra", le pides, girándote. Cuando sus dedos rozan tu espalda para engancharlo, sientes la electricidad, como chispas en la piel. Se queda ahí, pegado a ti, su entrepierna dura presionando contra tu trasero. "Mmm, qué rico se siente esto", susurras, arqueando la espalda. Sus manos bajan, acariciando tus muslos, subiendo lento hasta donde la tela se moja ya de anticipación.

El deseo crece como una ola en el Pacífico, imparable. Te volteas y lo besas, hambrienta, saboreando su boca salada y dulce a la vez. Sus lenguas bailan, húmedas y urgentes, mientras tus uñas se clavan en su nuca. "No mames, Marco, me estás poniendo como loca", jadeas contra sus labios. Él te levanta contra la pared del probador, tus piernas envolviéndolo por instinto. El vestido cae al suelo en un susurro de tela, olvidado. Sientes su verga tiesa contra tu centro, frotándose a través de la ropa, el calor irradiando como fuego.

Adentro del vestidor, el mundo se reduce a olores: su sudor masculino mezclado con tu aroma almizclado de excitación, el perfume de la ropa amontonada. Tocas su pecho, desabotonando la camisa con dedos temblorosos, lamiendo la sal de su piel cuando la abres. Él gime bajito, "¡Ay, cabrona, qué chula!", y baja la cabeza para morderte el cuello, chupando hasta dejarte una marca que mañana tendrás que tapar. Tus manos bajan a su cinturón, lo desabrochas con prisa, liberando su miembro grueso y caliente que salta ansioso. Lo agarras, sintiendo las venas pulsantes bajo tu palma, el prepucio suave deslizándose.

Lo empujas al banquito del probador, te sientas a horcajadas sobre él. "Quiero probarme esta verga ya", le dices al oído, voz ronca de puro antojo. Él ríe, juguetón: "Pendeja, si sigues así me vengo antes". Pero no paras; bajas lento, guiándolo dentro de ti. El estiramiento es exquisito, te llena por completo, paredes internas apretándolo como guante. Gimes fuerte, tapándote la boca para no alertar a la vendedora. Empiezas a moverte, subiendo y bajando, el sonido húmedo de vuestros cuerpos chocando como música prohibida. Sus manos en tus tetas, pellizcando pezones, enviando rayos de placer directo al clítoris.

El ritmo aumenta, tus caderas girando en círculos, sintiendo cada roce interno, su glande golpeando ese punto que te hace ver estrellas. Sudas, gotas resbalando por tu espalda, él las lame con la lengua ávida. "

Neta, esto es lo mejor del shopping: probándose ropa y cuerpos
", piensas entre jadeos. Él te agarra las nalgas, embistiéndote desde abajo, fuerte, posesivo pero tierno. "Te amo, mi vida, qué rico te sientes", gruñe, ojos clavados en los tuyos por el espejo. Ves vuestros reflejos: ella montándolo salvaje, pelo revuelto, labios hinchados; él enterrado en ella, cara de puro gozo.

La tensión sube como volcán, tus muslos tiemblan, el orgasmo acechando. "Más rápido, wey, no pares", suplicas. Él obedece, follándote con furia contenida, el banquito crujiendo. Sientes el clímax llegar en oleadas: primero un espasmo en el vientre, luego la explosión, contrayéndote alrededor de él, chorros de placer mojándolo todo. Gritas ahogado, mordiendo su hombro. Él te sigue segundos después, hinchándose dentro, llenándote con chorros calientes que sientes palpitar. Colapsas sobre su pecho, respiraciones entrecortadas sincronizadas, corazones galopando como caballos desbocados.

Se quedan así un rato, abrazados en el vestidor caldeado por vuestros cuerpos. Él te acaricia el pelo, besándote la frente. "Qué chingón estuvo eso, amor. La mejor sesión de probándose ropa de mi vida". Te ríes suave, saboreando el afterglow, el cuerpo lánguido y satisfecho. Te vistes despacio, piernas flojas, él te ayuda con el zipper, robándote besos juguetones. Salen del probador como si nada, pagas las prendas con una sonrisa culpable, la vendedora guiñándote un ojo cómplice.

Afuera, en el bullicio del mall, caminan de la mano, el secreto ardiendo entre ustedes. Sientes su semen resbalando aún, un recordatorio íntimo y delicioso. "

¿Volveremos a probarnos ropa así?
", piensas, apretando su mano. Él te mira, pícaro: "Cuando quieras, mi reina". Y sabes que sí, que esto es solo el principio de muchas aventuras calientes en vestidores y más allá.

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